Un niño con un perro.

Un niño con un perro. Istock

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La ciencia lo confirma: convivir con un animal reduce en un 20% la probabilidad de tener conductas agresivas

Los niños que crecen con perros aprenderán más fácilmente a gestionar sus emociones y a ser empáticos con los demás, deteniendo así la probabilidad de acoso escolar.

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Angelica Rimini
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El hogar se ha convertido en la primera línea de defensa contra una de las mayores sombras del sistema educativo: el bullying.

Según los últimos datos del informe PISA, el 15,8% del alumnado en España sufre acoso al menos varias veces al mes. Ante este escenario, la Fundación Affinity señala un aliado inesperado pero fundamental que ya convive con muchas familias: el animal de compañía.

Recientes evidencias científicas sugieren que el vínculo con una mascota no solo aporta compañía, sino que actúa como un "entrenador" emocional que fortalece a los niños frente a las dinámicas de violencia.

Menos problemas emocionales y más empatía

Un estudio publicado en The Journal of Pediatrics, que analizó a más de 7.800 niños, arroja datos reveladores: convivir con un perro reduce en un 20% la probabilidad de mostrar problemas socioemocionales relevantes.

Aunque un perro no es una "solución mágica" que detenga el acoso escolar de forma directa, sí actúa sobre los cuatro pilares que suelen fallar en los casos de bullying:

  • Habilidades sociales: Mejora la cooperación y la capacidad de compartir.
  • Relación con iguales: Facilita la integración con otros niños.
  • Competencia emocional: Ayuda a gestionar la frustración y el miedo.
  • Déficit de empatía: El cuidado de un ser vivo enseña a leer señales no verbales y respetar límites.

"Cuidar de un perro implica aprender a reconocer señales emocionales. En ese proceso se fortalece la empatía, que es la base de cómo los niños se relacionan entre sí", explica Loreto Sánchez, psicóloga colaboradora de la Fundación Affinity.

El "amortiguador social" frente al estrés

Para un niño, el perro es un espacio seguro. A diferencia de lo que ocurre en el patio del colegio o en las redes sociales, el animal no juzga.

Esto permite que el menor ensaye conductas sociales (acercarse, comunicarse, interpretar gestos) sin miedo al rechazo, reforzando una confianza que luego trasladará a la escuela.

El hallazgo es especialmente potente en hogares con hijos únicos. En estos casos, el animal asume el papel de un "compañero de juegos", facilitando el aprendizaje de conductas prosociales que, de otro modo, podrían tardar más en desarrollarse.

El valor de la compañía en el aislamiento

El impacto de este vínculo se entiende mejor a través de historias reales. Claudia Figuerola, quien sufrió tres años de insultos y aislamiento durante la ESO, recuerda a sus perros Bram y Peton como sus salvavidas.

"Me sentía muy sola y, al llegar a casa, mis perros eran mis mejores amigos. Con la gente me costaba hablar, pero con ellos me salía de forma natural", explica Claudia. Su testimonio subraya cómo la mascota ayuda a gestionar el dolor y ofrece un apoyo emocional que reduce la sensación de vulnerabilidad extrema que busca el acosador.

El Dr. Jaume Fatjó, director de la Cátedra Fundación Affinity de la UAB, advierte que este potencial protector solo se activa si los adultos intervienen adecuadamente. No basta con "tener" al animal; los padres deben modelar la relación para que el niño aprenda a entender y cuidar al perro con respeto.

En definitiva, integrar a un animal en la familia no solo alegra el hogar, sino que dota a los niños de una "mochila emocional" más resistente, preparada para construir relaciones basadas en la empatía y la paz.