Una niña y un gato.

Una niña y un gato. Istock

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Los expertos coinciden en cómo lograr una buena convivencia entre gatos y niños: la clave está en el control del miedo

Alexia, educadora de gatos, explica cómo solucionar los problemas que pueden surgir cuando un niño empieza a caminar, correr, gritar.

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La convivencia entre gatos y niños pequeños puede convertirse en un verdadero desafío familiar. Si bien con los bebés recién nacidos no suele haber inconvenientes, los problemas comienzan cuando el niño empieza a caminar, correr, gritar y hacer movimientos inesperados por la casa.

Muchos padres se alarman y piden ayuda cuando su mascota, que siempre se había comportado de manera ejemplar, de repente empieza a perseguir o atacar a su hijo.

El cambio de actitud del animal rara vez es injustificado. Alexia, experta en comportamientos felinos, aclara que el gato no cambia "porque sí", sino que es su entorno el que lo ha ido desbordando poco a poco.

Con la llegada de un niño, el animal suele pasar a un segundo plano, perdiendo su rutina de juegos, atención y momentos de calma. "El gato empieza a acumular tensión y se queda sin ese momento de interacción que le ayudaba a regularse emocionalmente. Cuanto más tiempo pasa así, peor se siente mentalmente".

Instinto de supervivencia

Es fundamental entender que, cuando un gato ataca, su estado emocional está completamente desbordado. No actúa por celos ni por venganza, sino que entra en un "modo supervivencia".

Al ser felinos, responden ante situaciones que perciben como peligrosas defendiéndose, tal como lo harían en la naturaleza. Los movimientos bruscos, los llantos y las carreras de los niños pueden ser la gota que colma el vaso para un animal estresado.

La experta lo explica claramente: "El gato no se lo espera, se asusta, entra en pánico y ataca. No porque odie al niño, no porque esté loco, sino porque para él eso ha sido una amenaza real".

Además, cuando el niño reacciona al ataque gritando o moviéndose bruscamente para defenderse, el gato interpreta estos gestos como una pelea y siente la necesidad de seguir defendiéndose.

Confundir el acoso con juego

Un error muy común es permitir que los niños manipulen al animal de forma brusca —como tirarle de la cola o perseguirlo—, confundiendo el acoso con el juego. Muchos gatos soportan estas invasiones en silencio hasta que no pueden más y reaccionan.

Cuando el ataque ocurre, la solución habitual de los padres suele ser aislar o encerrar al gato para proteger al niño. Sin embargo, la experta advierte sobre las consecuencias de esta medida.

"Ese encierro, lejos de calmarle, le hace sentirse aún más inseguro, más frustrado y más reactivo. Y tarde o temprano esa tensión se convierte otra vez en agresividad". Al encerrarlo, el animal siente que ha perdido su hogar y se le impone un castigo que es incapaz de comprender.

Responsabilidad

El abandono de las necesidades del animal no tiene justificación. La llegada de un hijo no anula la responsabilidad que se adquiere al adoptar una mascota. Es indispensable enseñar a los niños cómo tratar a los gatos y dedicar tiempo a la estimulación positiva del animal.

En sus declaraciones finales, la profesional hace un duro pero necesario llamado de atención a los propietarios: "El gato no llegó a tu vida por casualidad, tú lo elegiste, y eso significa que, pase lo que pase, tienes la obligación de seguir cuidándolo, respetándolo y haciéndolo sentir seguro".

Aunque no existe una receta mágica ni un protocolo único —porque cada caso es diferente—, buscar la ayuda de profesionales cualificados y establecer un plan adaptado a la situación puede lograr que el gato vuelva a ser un animal tranquilo, relajado y feliz dentro del núcleo familiar.