Un gato dentro una caja de cartón.

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Mascotario

¿El seguro de los gatos cubre el tratamiento del PIF? Todo lo que necesitas saber para contratar la póliza correcta

Existen muchos tipos de seguros con coberturas diferentes que los dueños tienen que revisar atentamente.

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Angelica Rimini
Publicada
Actualizada

Basta una fiebre que no cede, una tripa hinchada o un gato que deja de jugar de un día para otro para que la consulta veterinaria se convierta en un escenario de máxima tensión.

Cuando el diagnóstico es PIF (peritonitis infecciosa felina) y el profesional habla de tratamientos largos y caros, la pregunta puede llegar tarde: "¿Lo cubre el seguro?". La respuesta aquí no es tan simple como muchos tutores creen.

Los seguros para gatos pueden cubrir el PIF, pero todo depende de cuándo se contrató la póliza, de si la enfermedad ya daba la cara y de cómo estén redactadas las exclusiones por patologías graves y medicamentos especiales.

Existen muchas modalidades de seguros veterinarios, con límites y carencias que pueden dejar fuera justo aquello que el tutor necesita cuando más miedo tiene: la posibilidad de pagar un tratamiento que, hoy, ya no es ciencia ficción.

Dos pólizas diferentes

En el caso de los gatos, como con los perros, también conviene distinguir dos productos que a menudo se confunden. El seguro de salud veterinaria reembolsa los gastos por enfermedad o accidente del propio animal (consultas, pruebas, hospitalización, medicación).

Mientras que las pólizas incluyen, además, coberturas de responsabilidad civil por daños a terceros. Para el PIF, lo relevante es la parte de salud, que es la que decide si se cubren o no las pruebas diagnósticas, las estancias en la clínica y los fármacos antivirales.

Sobre el papel, una PIF que aparece cuando el gato ya está asegurado encaja en la definición de "enfermedad grave": requiere analíticas específicas, ecografías, a veces punciones y un seguimiento estrecho durante semanas o meses.

Sin embargo, muchas aseguradoras colocan esta patología en la zona delicada de las enfermedades de alto coste y exigen que se cumplan al milímetro las condiciones de antigüedad de la póliza y ausencia de signos previos.

Enfermedad preexistente o nuevo diagnóstico

El punto crítico, igual que en otros seguros de salud, está en las enfermedades preexistentes: toda patología que se manifestaba antes de contratar la póliza o durante el período de carencia.

Si el gato ya tenía fiebre recurrente, pérdida de peso o derrames compatibles con PIF, o si el veterinario había anotado sospechas en la historia clínica antes de la firma del seguro, la compañía puede excluir el reembolso del tratamiento, incluso aunque el diagnóstico definitivo llegue después.

Por el contrario, cuando se trata de un animal joven y clínicamente sano en el momento de la contratación, y la PIF aparece meses o años más tarde, muchas pólizas sí contemplan el proceso como una enfermedad cubierta, siempre que no se superen los topes anuales de gasto.

De nuevo, el momento en que se contrata marca la diferencia entre tener una red de seguridad o enfrentarse a la factura en solitario.

Tratamientos caros y zonas grises

En los últimos años, la llegada de antivirales específicos ha cambiado el pronóstico del PIF: hoy se describen tasas altas de recuperación cuando el tratamiento se inicia pronto, pero a costa de fármacos que pueden suponer varios miles de euros por gato.

Ahí entra en juego otra línea fina de las pólizas: muchas prometen cubrir "los medicamentos prescritos por el veterinario", pero otras excluyen tratamientos considerados experimentales o que no figuren aún en determinados registros oficiales.

En la práctica, esto crea un escenario de zonas grises: un mismo tratamiento puede estar íntegramente reembolsado en una aseguradora, cubierto solo en parte en otra o directamente quedar fuera en una tercera, pese a que el veterinario lo considere la mejor opción.

Qué debe revisar el dueño antes de contratar

Igual que ocurre con los perros y la responsabilidad civil, la clave para el tutor felino está en leer la letra pequeña antes de que llegue el problema.

Es fundamental comprobar si la póliza incluye enfermedades víricas graves sin exclusiones específicas, qué período de carencia se aplica y si el contrato pone límites a medicamentos de alto coste o de uso especial.

También conviene asegurar al gato cuando todavía está sano y joven, guardar los informes veterinarios y consultar con la compañía ante el mínimo síntoma preocupante para no dar pasos que puedan interpretarse como enfermedad previa no declarada.