Ana María pintando un ratón y algunas de sus últimas creaciones.

Ana María pintando un ratón y algunas de sus últimas creaciones. CEDIDAS

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Los mágicos ratones de Campillos crecen y ya son más de 700: “Los niños nuevos del pueblo me piden uno en casa"

Ana María Raich, una jubilada de origen colombiano, ha llenado el pueblo de estos adorables animales. Familias van hasta la localidad a echar el día buscándolos por sus calles.

Más información: La historia tras los mágicos ratones de Campillos: “Tenía que agradecer a los niños lo que han hecho por mi nieta"

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La artista Ana María Raich ya ha superado los 700 ratones pintados en rincones, fachadas y comercios de Campillos (Málaga).

La iniciativa nació en agradecimiento al pueblo por el buen trato y cariño brindados a su nieta con síndrome de Down.

Tanto los vecinos como los turistas juegan a buscar los dibujos en las calles, siguiendo las pistas que la autora comparte en Instagram.

A pesar de haber comenzado con la idea de pintar solo 24 ratones, la autora asegura que seguirá aumentando la familia ratonil mientras pueda.

Hace algo más de dos años, la localidad malagueña de Campillos empezó a llenarse de pequeños ratones pintados en fachadas, rocas, farolas y comercios. Entonces eran unos 50 y su autora, Ana María Raich, desde el total anonimato, apenas se creía la acogida que estaban teniendo entre los vecinos.

Hoy la familia ratonil de este municipio malagueño se ha multiplicado. Cuando se le pregunta por la cifra exacta de ratones que figuran por el municipio, la artista responde que lleva "722 sitios hechos", aunque también confiesa que es un número "a revisar" porque alguno "se ha podido perder por el camino".

Lo dice porque algunos ratones han ido desapareciendo con el paso de los años. No porque a ningún vecino del pueblo les disgusten, al revés. Raich descarta entre risas que se trate de vandalismo. Hay vecinos que han ido pintando sus fachadas "y sin querer han acabado borrados".

Lejos de quedarse sin su ratón, muchos de ellos le escriben para que vuelva a pintarlo. Este mismo lunes, una señora le pidió que se lo hiciera de nuevo porque había puesto un revestimiento en la fachada y el dibujo se había borrado. Lo mismo ocurrió en el gimnasio del pueblo, donde ya ha vuelto a pintarlo.

Una nueva generación de buscadores

La ilusión que despertaron los animalitos de Raich en 2024 sigue intacta. Cuenta Ana María que "ahora hay niños que eran muy pequeños o no habían nacido cuando empecé y quieren su ratón". "Para los niños sigue siendo emocionante verlos", declara.

Los que llegan de fuera también caen en el juego. Según relata la autora, a quienes visitan el pueblo y empiezan a encontrarlos les gustan tanto que acaban buscándolos. Bromea con que, cuando se enteran de que son más de 700, "se ponen un límite" y se marcan un objetivo más asumible, encontrar unos 100.

Una especie de búsqueda del tesoro que recuerda a los famosos gnomos de Wroclaw, en Polonia, donde los turistas van por las calles con mapas para lograr capturar con sus cámaras a todos, y que convierte Campillos en un buen plan para una escapada de otoño. La autora comparte las nuevas apariciones y da pistas sobre su ubicación en su cuenta de Instagram, @donde.estan.los.ratones.

Admite que "el verano no ayudó para que la familia ratonil siguiera creciendo". Con todo, cada vez que logra salir a la calle, asegura, vuelve a casa "con otro ratón pedido". Y no tiene intención de parar. "Mientras pueda los seguiré haciendo", promete la septuagenaria.

La idea inicial de Ana María era pintar 24 ratones. Antes de coger los pinceles habló con el Ayuntamiento de Campillos, que le dio permiso para trabajar en las fachadas municipales a cambio de imprimir y difundir su cuento, '¿Dónde están los ratones?'. En él, Adolfo, el hijo del Ratón Pérez, se enamora de una ratoncita y toda la familia empieza a construir sus casas en los rincones del pueblo.

Detrás de la iniciativa hay una historia muy personal. Ana María llegó desde Colombia en 2020 para pasar 3 meses con una de sus hijas, que residía en Campillos por trabajo, y ayudarla con su nieta Manuela, que tiene síndrome de Down. Aquella estancia se convirtió en una nueva vida en Málaga.

La manera en la que los niños del pueblo acogieron a Manuela hizo que su abuela se sintiera en deuda con ellos. Los ratones fueron su forma de devolverles ese cariño. Hoy es la propia Manuela, que ya es algo mayor, quien se lo agradece a ella. Cuenta Ana María que su nieta, cada vez que pasa junto a uno de los ratones, le dice "gracias, lela". Y ya con ese detallito, todo esfuerzo ha valido la pena.