Una imagen de las dos hermanas.

Una imagen de las dos hermanas. Cedida

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Las hermanas Inma y África cambiaron hace 10 años el paro y la UCI por el diseño y la costura: “Somos la luna y el sol"

Patadekoala acaba de cumplir una década llevando a las casas de sus clientas bolsos, riñoneras o complementos para el pelo confeccionados a mano desde su taller de Rincón de la Victoria.

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Las hermanas malagueñas Inma y África crearon en 2016 Patadekoala, una marca artesanal de bolsos y complementos hecha a mano desde su taller en Rincón de la Victoria.

Inma dejó el paro tras una separación y África su trabajo como enfermera en la UCI para emprender un proyecto de costura enfocado en conciliar con la vida familiar.

El negocio aboga por el trato personalizado, el uso de materiales locales o sostenibles y evita intermediarios o grandes plataformas como Amazon.

Gracias al apoyo del programa Málaga de Moda, la firma ha dado el salto internacional vendiendo ya sus productos artesanos en tiendas de España, Oporto e Italia.

Una está centrada más en la costura y la otra, en el diseño. Una se bloquea cuando tiene que hablar en público y la otra podría estar horas delante de un micrófono. Inma y África son dos hermanas malagueñas muy diferentes, “como la luna y el sol”, que comparten desde hace una década Patadekoala, una marca de bolsos, riñoneras, mochilas y complementos para el pelo que confeccionan a mano en su taller de Rincón de la Victoria.

El proyecto arrancó en septiembre de 2016, en uno de los momentos más difíciles de sus vidas. Inma había estudiado para ser administrativa, tenía dos hijos y se había quedado en paro. Atravesaba además una separación y quería volver a trabajar sin dejar a sus niños todo el día al cuidado de su madre. Por las mañanas limpiaba algunas casas para sacar algo de dinero y salir adelante.

Por su parte, África trabajaba como enfermera en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI), tanto en la sanidad pública como en la privada, y se sentía quemada. “Me cuestioné mucho la profesión porque es totalmente vocacional, pero no me sentía cuidada ni valorada por el sistema”, recuerda.

Desde pequeña, África había sido una niña muy inquieta y siempre había hecho manualidades. A sus sobrinos les cosía camisetas bordadas. Un día de aquel septiembre, Inma se presentó en su casa con una petición concreta. Quería que le enseñara a coser baberos y chupeteros.

“Fue como, venga, pues yo te enseño”, explica África. Nadie habló entonces de montar una empresa, ni se les pasaba por la cabeza. Inma necesitaba un apoyo económico en una etapa complicada de su vida y su hermana, una válvula de escape, un hobby.

Las dos hermanas.

Las dos hermanas. Cedida

Desde cero

El punto de partida fue literal. Según cuenta África entre risas, su hermana no sabía diferenciar entonces una aguja de un alfiler. Para que aprendiera a usar la máquina de coser, que nunca había tocado, le pintaban guías con bolígrafo sobre la tela.

Inma recuerda aquella etapa como “oscura”. La separación le pesaba y su cabeza estaba en otra parte. Lo que hoy cose en cinco minutos le costaba entonces horas. Al principio usaban la máquina de su madre y, al poco tiempo, ya tenían dos, una en cada casa.

Por las noches, cuando acostaba a sus hijos, Inma se ponía vídeos para aprender a colocar cremalleras y botones. Su madre se desplazaba hasta su casa para quedarse con los niños mientras ella practicaba. Cuando se le pregunta qué sintió al terminar su primera pieza, no lo duda. “Pasé de creer que no era capaz a ser capaz de todo”, asegura.

Las primeras clientas fueron amigas y compañeras del hospital, que les encargaban un babero para un nieto o un chupetero para el bebé de una conocida. La sorpresa llegó la primera vez que les compró alguien de fuera de su círculo. “¡Que nos han comprado y no nos conocen!”, repetían. Después llegaron las mochilas y los coleteros, porque África siempre quería probar cosas nuevas.

A partir de ahí, aquel pasatiempo empezó a funcionar como un negocio. Durante un tiempo no cobraron nada. Cuando Patadekoala comenzó a dar algo de dinero, la primera en llevarse un sueldo fue Inma, porque era quien lo necesitaba más en ese momento. África seguía con su trabajo en el hospital como respaldo. “Al principio no era un sueldo digno, era una limosna”, recuerdan.

Ambas hermanas en el taller.

Ambas hermanas en el taller. Cedida

La luna y el sol

En la web de la marca se describe a Inma como meticulosa y desordenada, y a África como inquieta y ordenada. El reparto de tareas se fue cerrando casi sin hablarlo. Si una no hacía bien algo, la otra se lo quitaba.

Inma cuenta que no doblaba ni envolvía bien los pedidos y que a su hermana le daba "mucho coraje". Al final, el empaquetado dejó de ser cosa suya. Con la remalladora pasó lo contrario. A Inma no le gusta, así que la usa África.

Desde el principio se impusieron una norma, la de que cada una hiciera lo que más le gusta. África lo explica con su experiencia en el hospital. "Siempre he creído que si tú tienes a tu personal contento, va todo mucho mejor", defiende.

La convivencia laboral también pasa por aceptar los días malos. Ninguna presiona a la otra. Saben que un día puede surgir un problema con los hijos o que, como dicen ellas mismas, los días de regla tengan las "manos tontas".

Batallas de diseño

En el taller, África pone las ideas y su hermana las convierte en costura. Ese paso del papel a la máquina es el origen de casi todas sus discusiones. "Tengo muchas cosas fantasiosas en la mente", admite la mayor. Hay diseños que lucen preciosos en el boceto y que luego resultan imposibles de coser, o que llevan tantas horas de trabajo que no salen a cuenta.

Por el camino se quedaron unos bolsos de estilo origami que nunca llegaron a fabricarse y un modelo de mochila con cuerdas del que no vendieron ni una unidad.

Con las diademas, la historia fue distinta. Inma no quería hacerlas, y África, que las lleva casi a diario, estaba convencida de que funcionarían. "Te la pones un día que estás mal y te alegra la cara", defiende.

Así que un día cosió una, se la enseñó a su hermana y le anunció que ese iba a ser el nuevo complemento de la marca. Pasó meses buscando un proveedor cuyas diademas no hicieran daño detrás de las orejas, y ahora las acolchan a mano para que resulten cómodas. Hoy están entre sus productos estrella.

La otra batalla que se repite cada temporada es la del bolsillo interior con cremallera. Inma no puede con él, pues resulta muy complicado de tejer, y cada vez que preparan algo nuevo propone eliminarlo. África no cede. Llegó a preguntar a sus clientas en una encuesta y la respuesta le dio la razón. "Soy la hermana mayor y punto", remata entre risas.

El espacio

Durante 5 años, Patadekoala funcionó en casa de Inma. En plena pandemia, África decidió que necesitaban más espacio. En la vivienda convivían los dos niños, la perra y, en verano, su madre. "Era imposible crecer para llegar a tener un sueldo digno", explica.

En 2021, África empezó a buscar un local en Rincón de la Victoria donde trasladar el taller. Los alquileres que encontraba eran demasiado caros para lo que la marca podía pagar en ese momento, así que tomó otra decisión. Compró ella misma un local, como inversión personal, y se lo alquila a Patadekoala.

Dar con el espacio fue rápido. Lo que vino después, con la obra y los trámites, se les hizo cuesta arriba. Las hermanas recuerdan esa etapa como muy dura, en la que pasaron "muchas cosas desagradables" justo cuando más ilusión tenían por estrenar su taller.

El taller está en una urbanización residencial. Tiene luz todo el día, ventanales sin edificios enfrente, árboles y pájaros. Las hermanas creen que esa claridad se traslada a sus colores. Patadekoala es una explosión de alegría. Durante años no tuvieron ni un tejido blanco y solo recientemente han incorporado tonos neutros. "Patadekoala es una extensión nuestra", afirma África, que lo define como "el taller más bonito del mundo".

Las dos hermanas en el taller.

Las dos hermanas en el taller. EEM

Es un taller, no una tienda. Las hermanas soñaban al principio con un espacio de venta, incluso con una tetería con rincón de biblioteca, una idea que África aún no descarta. El proyecto nació para conciliar y sigue funcionando así. Trabajan por las mañanas, porque Inma quiere estar con sus hijos, que ya van al instituto. Cuando hay que apretar, como en Navidad, vuelven por las tardes o los fines de semana.

Muchas clientas que las conocen por Instagram descubren al recoger un pedido que el taller está en Rincón de la Victoria. "Les da mucha alegría cuando saben que estamos aquí", cuentan.

Comprar a los pequeños

Las hermanas apuestan por proveedores cercanos, aunque reconocen que encontrarlo todo en Andalucía es "casi imposible". La mayoría de sus tejidos son nacionales y algunos, europeos. La mercería, las cremalleras, los cartones y las bolsas los compran en el entorno local.

No compran en Amazon salvo en casos extremos. Podrían pedir las cajas a China por la mitad de precio y no lo hacen. "Va en contra de nuestra forma de pensar, de vivir y de actuar", explica África.

Sus etiquetas las hace desde hace 8 o 9 años una artesana llamada Encarni. "Ella vive de hacer etiquetas. ¿Por qué me voy a ir a una fábrica?", plantea África. Inma aplica el mismo criterio. Cuando encontró en Amazon una aguja para la máquina y vio que la vendía La Canilla, una tienda especializada en costura desde hace décadas, la compró directamente en su página web.

Una nota escrita a mano

Frente a la moda rápida, Patadekoala apuesta por el trato personalizado. Para las hermanas, la ventaja para la clienta empieza por saber quién hace la pieza y por qué. Si surge un problema, escriben y alguien lo soluciona. "No hablan con una máquina, hablan con personas", subraya África.

Ella lleva las redes y responde personalmente a cada mensaje. También mete una nota escrita a mano en cada caja, aunque tenga que deshacer el paquete que ya ha cerrado su hermana. A quien repite le da las gracias por volver. "Seguramente Amazon te da un cupón de descuento. Yo te mando una cartita a mano", compara.

Semanas después de cada compra escriben a las clientas para preguntarles cómo les va el producto. Muchas mejoras han salido de ahí. El bolsillo interior fue una petición de las compradoras, igual que alargar la cinta de la riñonera para que no se viera un broche.

Su perfil principal son mujeres de entre 40 y 55 años o más, que valoran lo hecho a mano en España, conocen la historia de la marca y priorizan la comodidad. Las riñoneras grandes, las mochilas antirrobo y las bolsas de playa familiares, en las que cabe lo de toda la familia, están entre sus artículos más vendidos.

Lo mejor del negocio, dicen, la fidelidad de su clientela. Una vecina llegó hasta el taller para comprar una riñonera nueva, porque en pleno verano "seguía usando la de pana". Se compran sus complementos y no se los quitan jamás. Otras renuevan una y otra vez el mismo producto porque les encanta y tras años de uso acaban reventándolo.

A fuego lento

El tiempo desde que nace una idea hasta que un bolso sale del taller depende del producto. Cuando compran una tela nueva, primero la prueban. Inma se cose un monedero o un bolso y lo usa para comprobar cómo responde al roce. Entre el diseño y la venta pueden pasar uno o dos meses.

Al principio se obligaban a crear un complemento nuevo un día a la semana, aunque terminaran frustradas. Lo consideran un grave error que la experiencia les ha permitido subsanar.

En el taller tienen una máquina de coser industrial de última generación. Su principal avance es que corta el hilo sola y remata las puntadas de inicio y final con un programa. No tienen maquinaria en cadena. Las cremalleras se colocan a mano y muchas piezas, como las diademas, se terminan con aguja y dedal, como siempre han hecho nuestras abuelas.

La dureza del emprendimiento

Las dos coinciden en que emprender es "súper duro". África escuchó críticas que le preguntaban si se creía diseñadora. Durante años, otros se refirieron a su trabajo como "cositas" o "manualidades". "En su momento hacía daño", reconoce. También les duele que no se valore el precio de algo hecho a mano.

Hicieron un curso de emprendimiento y elaboraron un plan de empresa, con su cliente ideal incluido. Creen que esos cursos no cuentan toda la verdad. "En esta realidad de montar una empresa tú tienes vida. Tienes problemas, enfermedades, niños", enumera África.

A quien les decía que siendo dos personas en el emprendimiento todo era más llevadero, ambas respondían que, de igual forma, también tenían que sacar dos sueldos, un aspecto que cuando echas a andar es más que complicado.

También creen que sufrieron la desventaja de ser pequeñas. Las empresas de mensajería abaratan los envíos a partir de 150 al mes. Al principio, un envío les costaba el doble y las clientas les pedían que lo ofrecieran gratis, como las grandes plataformas. Invirtieron en publicidad y en profesionales de marketing sin resultado. Uno que sí les funcionó dejó de trabajar con ellas porque no le eran "rentables". Ahora ellas saben de ello y les va hasta mejor.

Su consejo para quien quiera emprender en Rincón de la Victoria es tener un buen ahorro y estar dispuesta a dejarse la piel. "Nos gusta. Nos lo pasamos bien. Pero hemos llorado también", resumen.

Europa como mercado

El programa Málaga de Moda, de la Diputación de Málaga, les abrió la puerta de las ferias. Sin esa ayuda, aseguran, ir a una feria de moda habría sido "impensable". Gracias a esa visibilidad venden ya en tiendas de distintos puntos de España, en Oporto y en Italia.

"Nos vemos muy chicas en un mundo tan grande", confiesan. Lo que más le emociona es que los compradores den una vuelta por el recinto de IFEMA y regresen a su stand. Le ocurre lo mismo en el mercado de la Plaza de la Merced.

En su primer desfile, recuerdan, caminaron tensas, "como dos esqueletos que no se movían", y lloraron "mucho". En su última visita a Madrid, una tienda de Oporto apostó por ellas. "Nos sigue asombrando". Ambas prefieren estar en menos tiendas, pero que las representen a más en las que Patadekoala no esté bien representada.

La meta de estas dos hermanas malagueñas no es más que seguir dando a conocer lo hecho a mano y los complementos duraderos. Quieren crecer manteniendo su "tranquilidad mensual". No aspiran a gestionar cientos de tiendas, no les interesa.

Abogan por seguir adelante con sus principios por bandera. No usan materiales de origen animal, aunque podrían trabajar con cintas de piel. Buscan tejidos de algodón certificados, evitan el plástico y sus cajas son de cartón kraft.

Con los años también han aprendido a decir que no. “Antes decíamos que todo lo que venga, bienvenido sea. Nos han engañado muchas veces y ya hemos dicho que había que cambiar el chip”, explican.

Ha habido años muy malos, y ante cada bache han reaccionado igual. “No nos hemos venido abajo. Simplemente hemos dicho, bueno, pues tenemos que pensar qué otra cosa podemos hacer”, cuentan.

Para lo que venga, piden poco. Seguir llevándose bien, seguir riéndose juntas y seguir abriendo cada mañana la puerta del que, para ellas, es el taller más bonito del mundo.