Decidí en su día agrupar mis reflexiones en Ágora, bajo la denominación de “Un liberal zurdo”, porque resumía lo que soy, sin pensar en que pudiera llegar a sentirme tan aludido, con todo lo que escucho estos días, que no puedo dejar de dar un paso al frente, sin esconderme, pues -a mi edad- cobarde, lo que se dice cobarde, no lo soy.

Fui, en mi infancia, un zurdo contrariado. Nací en 1956, cuando en España imperaba un dictador “por la gracia de Dios”, y -qué curioso- en la escuela de mi pueblo de la Mancha profunda, me obligaron a escribir con la derecha. Entonces no era consciente, pero tenía una letra horrible. Tras pasar por las monjas irlandesas, que se encargaban de los alumnos de los jesuitas de Madrid antes de entrar en Bachillerato, terminé en el Palo -el colegio de la Compañía de Jesús en Málaga-.

El profesor de inglés, al descubrir que, a mis once años. tenía más nivel que mis nuevos compañeros -ellos estaban con el “I am, you are”- me dio unos cuadernos Rubio para que, en sus clases, me dedicase a corregir mi escritura. Se lo agradezco, no sabéis cómo, aunque siguiese con ese vicio impuesto de no escribir con la izquierda. No eran tiempos los años sesenta del siglo pasado para un cambio tan radical.

Después llegué a la Facultad de Derecho de la Universidad de Granada en 1973. Todavía vivía Franco y, sin querer polemizar - ¿o sí? –, aún se sentía la bota de la dictadura. Entre aquella represión universitaria y carreras perseguidos por los “grises” por el mero hecho de protestar sin violencia, intenté ir descubriendo quién era yo. Tras algunas lecturas y muchas discusiones, preñadas de cigarros, cañas y rones, llegué a la conclusión de que, para mí, podría conformar un adecuado ideal político ser “liberal en lo político, socialdemócrata en lo económico y radical en lo social”.

Me consideraba -entonces- de centro, pero dada la evolución que he percibido en la sociedad española, en la que yo consideraba mi afín, con esos rescoldos de nacionalcatolicismo que no terminan de apagarse, he terminado por sentirme muy cómodo en lo que se llama liberalismo de izquierda. Sí, lo reconozco, soy un zocato liberal, y a mucha honra.

Por eso, ahora que nos quieren volver a reprimir a los que tendemos a la izquierda, dado que lo he vivido, tanto en lo político como en la forma de escribir, me horroriza que vuelva a pasar, lo que me hace volver al Ágora -que he tenido abandonada por haberme dedicado a otros menesteres, como escribir alguna novela- para recordar que la democracia no consiste en el gobierno de la mayoría, si no respeta a las minorías, y que no se puede ser cristiano sin “amar al prójimo como a ti mismo”, quizá el mensaje más apasionante que se le ha mandado a la humanidad, aunque algunos lo llamen conciencia social.

Ojalá nadie lo olvide y logremos respetarnos, gane quien gane las próximas elecciones. Al menos, los “zurdos” como yo, así lo deseamos. Y los diestros -llamadme ingenuo- espero que también.