Esta semana hemos vuelto de San José, en pleno Silicon Valley, en el OCP Global Summit, la cumbre del Open Compute Project, donde los grandes de la nube y sus proveedores se ponen de acuerdo sobre cómo se construye un centro de datos. Del 12 al 15 de octubre, entradas agotadas, con Lisa Su, de AMD, e Ian Buck, de Nvidia, en el plenario inaugural. Entre los patrocinadores estaba Submer, la empresa de refrigeración por inmersión nacida en Barcelona. Y entre los expositores, una fila de industriales que hablan de potencia y de calor antes que de silicio: Danfoss, Eaton, Legrand, Rittal, Stäubli, Gates, Nidec. En el escenario del segundo día, hablando de energía, Paolo Catapane, de ABB, y Peter De Bock, de Eaton.

Lo más llamativo es de dónde vienen algunos. Cinco días antes de la cumbre, Valeo anunciaba que presentaría allí, con OVHcloud, un intercambiador de aluminio para enfriar centros de datos, con un 38 % más de capacidad de refrigeración y un 25 % menos de consumo de ventiladores que las soluciones de cobre, según sus propios ensayos. MAHLE, otro proveedor de automoción ha desarrollado con Infineon un enfriador líquido para los módulos de potencia de las fuentes de alimentación de esos centros; sus primeros prototipos llegaron en cuatro meses y Infineon los está probando.

Su consejero delegado, Arnd Franz, cuenta que espera un negocio de automoción original plano y que el crecimiento vendrá de fuera del coche. Roger Busch, su director de ventas y tecnología, dice que ve «potencial real» en la refrigeración de centros de datos. No sé si eso es ya un «pool creciente» de industriales. Sí sé que dos grandes proveedores del coche europeo han mirado al armario del servidor y han visto un cliente. Reinventarse. ¿Les suena?

Y tienen razones. Bernstein calcula que un gigavatio de capacidad de IA cuesta unos 35.000 millones de dólares (Nvidia habla de entre 50.000 y 60.000). Las GPU se llevan el 39 % y las redes el 13 %. Pero cerca de un tercio es potencia y sistemas eléctricos: generadores y turbinas, el 6 %; transformadores, el 5 %; sistemas de alimentación ininterrumpida, el 4 %. Por rack, un GB200 NVL72 cuesta unos 5,9 millones de dólares, de los que 3,4 son computación y 2,5 son infraestructura física.

La refrigeración pesa solo un 4 %, y conviene decirlo, porque el cuento de «el calor es el negocio» es más bonito que cierto, al menos con los datos de 2025, anteriores al salto al líquido. El chip es lo más caro. No es lo único. Y el resto del gigavatio, la potencia, el frío, la distribución, la precisión mecánica, es industria. Industria de nicho, de alta mezcla y bajo volumen, hecha a medida del cliente y del emplazamiento, que es justo donde Europa lleva dos siglos sabiendo competir.

Europa no va a ganar la carrera del silicio. La brecha con Estados Unidos y China en IA es amplia y puede crecer, y ese, no la energía ni China, es un riesgo real. Europa pone dinero en que nos guarden las fronteras y en comprarle armas a Ucrania antes que en esta carrera. Pero el Economist del 27 de septiembre, cuenta algo que el pesimismo imperante olvida. No estamos tan mal. La manufactura sigue siendo el 16 % del valor añadido de la UE, estable.

El empleo manufacturero ha caído un 2 % desde 2023, hasta 28 millones, y cuatro quintas partes de la caída son alemanas. El empleo cualificado, ingenieros y técnicos, ha subido un 7 %. Crecen farmacia, aeroespacial y electrónica, y Schneider, ABB, Siemens y Prysmian se benefician del tirón de los centros de datos. Los fabricantes europeos exportaron 460.000 millones de dólares en servicios en 2024, un 21 % más en dos años. Alemania es el tercer país del mundo en robots por empleado, tras Singapur y Corea.

El dolor se localiza en la automoción. La producción de coches en la UE está un 17 % por debajo de la anterior a la pandemia y cinco fabricantes europeos han emitido alertas de beneficios este año. La energía industrial, antes de subsidios, cuesta en Francia y Alemania el doble que en Estados Unidos o China. Y el superávit chino con la UE en bienes se ha más que duplicado desde 2019, hasta 420.000 millones de dólares.

Pero Simon Evenett, de IMD, ha mirado las cien mayores importaciones alemanas desde China y solo once han crecido más de un 25 % en volumen mientras bajaban más de un 10 % en precio. Y tres cuartas partes del crecimiento de las exportaciones chinas son componentes e intermedios, baterías, brazos robóticos, que son una amenaza para quien los fabrica y un abaratamiento para quien los compra. La imagen la pone Marco Mensink, de Cefic, con un cable de la china Orient Cable cuyo polímero aislante es de la austriaca Borouge: «la única parte del cable que no pueden hacer, todavía».

Hasta aquí hemos hablado de lo que rodea al chip dentro del centro de datos. Hay otra mitad, la que rodea al chip fuera: la fábrica donde se hace casi todo lo demás. Y ahí el argumento es todavía más favorable, aunque pase más desapercibido, porque la IA física, la que mueve robots, no se parece a la que escribe textos.

Los humanoides son el espectáculo. Un robot de Unitree, llamado Superman, corrió el 17 de agosto a 12,66 metros por segundo, más rápido que Usain Bolt, y se estrelló contra un muro; dos días después su fabricante debutó en Shanghái con una subida del 460 %. Las empresas chinas venderán este año unos 50.000 humanoides, más del triple que el anterior, que han dominado el hardware y que el software es otra cosa.

Para entrenarlos, China ha construido 53 centros dedicados, la mayoría en dos años, y otros 34 están en obras o planificados, según Interact Analysis. Una vieja ventaja china, la cadena de suministro, vuelve a jugar a su favor: ya en 2025 el semanario inglés recordaba que las firmas chinas dominan la fabricación de componentes de los cuerpos mecánicos. Los dos grandes proveedores no chinos de esas piezas, por cierto, son uno alemán, Schaeffler, y uno sueco, SKF.

El título del informe «I, Robot» de Arthur D. Little, de 2026, es categórico: los humanoides captarán la atención; la IA física especializada captará el valor. Capgemini preguntó, entre enero y febrero de este año, a 1.678 directivos de empresas de más de 1.000 millones de dólares de ingresos. Dos tercios consideran la IA física una prioridad a tres o cinco años, el 79 % ya trabaja con ella, un 27 % ha desplegado o escala, y solo un 4 % opera a gran escala. Los robots que más crecerán son los móviles autónomos, los brazos industriales y los cobots, muy por delante de los humanoides. Casi la mitad apunta a la flexibilidad como ventaja principal: reconfigurar la producción más rápido que con la automatización fija. Y el motor de la inversión no es el coste laboral sino la escasez de mano de obra. En Europa, recuerda el informe, la relación entre mayores de 65 y población en edad de trabajar pasará de 28 a 43 por cada 100 en 2050, y la población entre 25 y 54 años caerá en 35 millones.

La clave está en una sigla que usted ya conoce si ha pisado una fábrica española: HMLV, high mix, low volume. Alta mezcla, bajo volumen. Series cortas, cambios constantes de producto, piezas a medida. Es el terreno en el que un robot clásico, programado con milimétrica paciencia para repetir el mismo gesto un millón de veces, no compensa, y en el que un robot que aprende de una demostración, o con una instrucción en lenguaje natural, sí.

BCG y el Foro Económico Mundial distinguen entre robótica basada en reglas, la del soldador de carrocerías; robótica entrenada, que aprende por refuerzo o por imitación; y robótica contextual, que razona y actúa ante un entorno nuevo. Y señalan que la simplificación del despliegue está abriendo la puerta a las pymes.

Foxconn, con gemelos digitales y control adaptativo de fuerza, ha reducido un 40 % el tiempo de despliegue y un 15 % el coste operativo en tareas como atornillar o insertar cables; son cifras de BCG, y de una empresa gigante, pero indican la dirección. McKinsey ve para 2040 robots capaces de cambiar de tarea en horas con solo ver cómo la hace un humano, y recuerda que, hasta ahora, por cada dólar gastado en un robot, se gastaban cinco en seguridad e infraestructura. Esa ecuación está cambiando. Y es la que más favorece al fabricante pequeño y al integrador que sabe de planta.

Aquí Europa tiene algo que decir. Arthur D. Little sostiene que Europa y Japón son comparativamente fuertes en automatización de sistemas industriales, integración y robótica aplicada, y débiles en modelos de IA de frontera; y que China construye su ventaja con escala, densidad de proveedores y coordinación. BCG habla de un «corredor de confianza» para los humanoides europeos, con seguridad, cumplimiento y diseño centrado en las personas, y cita a Neura Robotics, en Alemania; a PAL Robotics, en España, con décadas de experiencia en robots de servicio con ruedas; y a 1X, nacida en Noruega.

Sostiene también que la mayor ventaja europea está en los proveedores de componentes de precisión y en la claridad regulatoria. Siemens ha probado en su fábrica de Erlangen un humanoide británico, el HMND 01 Alpha, en logística interna; BMW despliega en Alemania otro, el AEON de Hexagon, en producción. Nada de eso es masa. Todo es nicho, y el nicho es la especialidad de la casa.

Y el empleo. Hay una letanía que dice que estas máquinas nos dejarán sin trabajo. The Economist, en 2022, recogía tres estudios en sentido contrario: Yale, con datos de la industria japonesa entre 1978 y 2017, encontró que un robot más por cada mil trabajadores aumentaba el empleo de la empresa un 2,2 %; el Banco de Corea, que la robotización movía empleos fuera de la manufactura sin reducir las vacantes totales; y el MIT, con empresas finlandesas, que el uso de tecnologías avanzadas generaba contratación. Los resultados no son una ley de la naturaleza, y el propio semanario avisaba de que habría perdedores. Pero la evidencia dista de ser la que dicen los titulares. Y la escasez de mano de obra que recoge Capgemini no es la de un país sobrado.

Nada de esto me sorprende, porque lo vengo escribiendo aquí desde hace años. En 2023, al hablar de la Mittelstand alemana, recordamos que sus campeones ocultos siguen creciendo, aunque menos, e invirtiendo en todo el mundo, apoyados en un ecosistema que combina universidad, formación profesional dual e institutos como Fraunhofer; que en España pocos conocen a los nuestros; y que Orkestra, el Instituto Vasco de Competitividad, tenía mapeados 46 líderes mundiales de nicho solo en el País Vasco.

En «El oficio de innovar» fui más concreto y propuse un PERTE de los centros de datos, esta vez no para chips y memorias, sino para que buena parte del valor lo hiciera nuestra industria, desde las fuentes y los armarios hasta los SAI y la gestión térmica. Allí mencioné a Power Electronics, Zigor, Salicru, Premium, Ingeteam, Simon, Velatia o a Kayter y las industrias frigoristas de Lucena. No digo que ya suministren a un hiperescalar; digo que son campeones en las tecnologías que ese mundo necesita. En julio de 2025 Hitachi anunció 80 millones de euros en sus fábricas de transformadores de Bollullos de la Mitación y Córdoba, y el transformador es el 5 % del gigavatio. La esperanza está ahí.

El manido informe Draghi dice que hacen falta entre 750.000 y 800.000 millones de euros adicionales al año, hasta el 5 % del PIB, y la electricidad europea es de dos a tres veces más cara que la americana o la china, con cuellos de botella de redes y permisos largos como causa de fondo.

Advirtió de una «lenta agonía» si no se actuaba. Letta calculaba hasta 700.000 millones de euros de ganancias de eficiencia a 2030 con un mercado único que lo fuera de verdad, y proponía una quinta libertad, la de la investigación, la innovación, los datos y el conocimiento, y una Unión de Ahorros e Inversiones para que el capital europeo financie la escala de las empresas europeas. Ninguno de los dos hablaba de centros de datos, y no se lo atribuyo. Pero dibujaron el terreno: energía, redes, escala, capital. Dos años después, ese terreno sigue sin pisarse.

Y en ese terreno estamos nosotros. Red Eléctrica ha concedido 18,52 gigavatios de acceso a demanda en la red de transporte; 6.329 megavatios, un 34,2 %, son para centros de datos. Las solicitudes acumuladas rondan los 22 gigavatios, aunque eso es cartera, no demanda.

En Málaga, Meridian Data Centers prepara en la ampliación del Parque Tecnológico un campus de hasta 1.257 millones de euros, 100 megavatios de capacidad informática y hasta 150 de consumo, declarado de interés estratégico por la Junta, con 710 empleos en obra y 254 en explotación, según El Español.

El Ayuntamiento, recoge el mismo diario, pide al Gobierno planificación energética y refuerzo de red. Ángel Recio contaba el 26 de agosto que la capacidad eléctrica es, por ahora, insuficiente, y que ya se habla de burbuja en el sector. También que Templus, en el polígono del Guadalhorce, amplía de 2 a 3 megavatios un centro que será el segundo de España con refrigeración sin agua. Savills sitúa a Málaga como la ciudad española con más potencial para estos centros y la undécima del mundo.

Un campus así es una oportunidad enorme. También puede ser una nave con aire acondicionado de importación. La diferencia la decide quién suministra la subestación, los transformadores, los armarios, la electrónica de potencia, las tuberías, el cableado estructurado y el frío; es decir, si lo que rodea al chip, la parte más industrial del gigavatio se hace aquí o se trae de fuera.

Qué haría yo

Red y energía, con plazo. Permisos más rápidos para subestaciones y líneas, contratos de compra de energía a largo plazo para industria y centros de datos, y una norma de «úsalo o piérdelo»: el punto de conexión que no se construya en el plazo acordado, se libera. Si 6.329 megavatios están concedidos y ninguno funciona, el cuello de botella no es solo técnico. Y España tiene una carta que casi nadie juega: The Economist cuenta que, gracias a la solar barata, las empresas europeas doblaron su inversión anual en España entre 2021 y 2025.

Que el centro de datos traiga cadena de valor. Quien reciba el sello de interés estratégico debería presentar un plan de proveedores en potencia, frío y electrónica de potencia, con industria española y europea. No como cuota, que Bruselas no la admitiría, sino como plan verificable, como se pide un plan de empleo o de impacto ambiental. Cada megavatio de IT que se instale aquí sin esa cláusula es un megavatio que se importa.

Reconversión de la automoción. Los ingenieros que saben de intercambiadores, de motores y de electrónica de potencia a 400 y 800 voltios no están de más en el coche eléctrico: están de menos en el servidor. Valeo y MAHLE no pueden ser excepciones. Bosch ya ha propuesto un sidecar de 2MW. Una ventanilla única de reconversión, con formación y compra anticipada, para que el proveedor de coche que mire al armario del servidor encuentre a quién llamar.

Robots a medida para la pyme. Si la IA física abarata la alta mezcla y el bajo volumen, la ventaja se la llevarán las empresas que la apliquen primero. Un programa de adopción para pymes industriales, con integradores locales, financiación de demostradores y robótica como servicio, para que el taller de Antequera pueda probar lo que ya prueba Foxconn. Con medida y sin humos: Capgemini avisa de que solo el 4 % opera a gran escala.

Estar en la mesa de los estándares. Si el OCP decide cómo se distribuye la potencia a 800 voltios o cómo se enfría un rack líquido, los europeos tienen que sentarse. Un consorcio de proveedores de potencia, térmica y precisión que no vaya a las cumbres a mirar, sino a proponer.

Capital, compradores y formación. Un mercado de capitales que financie la escala de los campeones de nicho, como pedía Letta, y compradores públicos y privados que los elijan. Incentivos económicos y fiscales para las consolidaciones para ganar escala. Y FP dual en electrotecnia, electrónica de potencia, y termodinámica: el empleo cualificado sube, pero hay que formarlo aquí.

El día que los chinos puedan hacer también el polímero de Borouge, ya no quedará cable que contar. Hoy, la parte del servidor y de la fábrica que no se hace en Taiwán ni en Shenzhen es la que lo enchufa, la que lo enfría, la que lo mide y la que lo adapta a cada cliente. Esa es nuestra ventana. No dura para siempre, y la cierra quien llega antes, no quien más lo merece. No estamos tan mal, hay partido. Hay esperanza, y hay trabajo. Esto no va de ser los mejores, va de ser los más ágiles.