El pasado mes de septiembre conseguí —por fin— ascender el Aneto, el techo pirenaico y segunda montaña más alta de la Península, tras nuestro Mulhacén. In situ, pude comprobar el retroceso de los glaciares pirenaicos y especialmente del complejo glaciar Aneto-Maladeta. Es una pena ver lo que queda de ese glaciar que en algún momento ocupó una superficie de más de 700 hectáreas.

Recordé que tenía un libro de finales de los años 80 del siglo pasado, titulado «Los tresmiles del Pirineo», en el que había bastante información sobre estos glaciares. Reproduzco a continuación un par de párrafos de dicho libro:

«Es un hecho que nada cambia tan rápidamente de aspecto como un glaciar. Todos los pireneístas saben que, de un verano a otro, las condiciones de la travesía de un glaciar pueden ser muy distintas y que el paso de una rimaya, fácil en algunos periodos, puede resultar ardua en otros. Nada tienen en común, los glaciares actuales, con sus precursores del cuaternario, cuando el hielo llenaba completamente este trozo del mundo que es el Circo de Gavarnie, con 900 m de grueso […]. De esto hace treinta mil años, cuando los mamuts se paseaban por las tierras de Toulouse.

Los glaciares que conocemos alcanzaron su desarrollo máximo hacia la mitad del siglo XIX. […] Desde mitad del siglo XIX, nuestros glaciares han retrocedido casi continuamente. Los años 1905-1912 fueron marcados por una disminución del ritmo de la retrocesión. Hubo hasta un ligero adelanto. Pero a mediados del siglo XX, los glaciares más importantes habían perdido, según determinadas evaluaciones, un 40% de su volumen desde mediados del siglo XIX. Algunos que, en 1912 aún existían, habían desaparecido, y otros, como el del Seil Dera Baquo, se habían partido. El año 1949, que marcó el punto más bajo, fue seguido de un proceso de relativa estabilización y hasta, localmente, de una ligera reconstitución de los glaciares (entre 1957 y 1979). Pero la sucesión de veranos cálidos y de inviernos pobres en nieve pone otra vez a nuestros glaciares en una dura prueba».

A finales de los ochenta todavía no estaba de moda el cambio climático, —aunque yo había aprobado en 1978 el francés de segundo de BUP traduciendo un discurso de Cousteau sobre el calentamiento de los océanos y la catastrófica subida del nivel del mar—; por lo que todavía no era un tema que condicionara sobremanera nuestras vidas, de forma que podemos suponer que las conclusiones expuestas gozan de gran objetividad. Y me interesa recalcar una, a mi juicio, muy interesante: el deterioro de los glaciares pirenaicos comienza a mediados del siglo XIX.

No parece, por lo tanto, razonable atribuir el inicio de ese retroceso a las emisiones contemporáneas de gases de efecto invernadero (GEI). Otra cuestión distinta es determinar cuánto han contribuido éstas a acelerar durante las últimas décadas un proceso que había comenzado mucho antes.

En la Sierra Nevada andaluza, tenemos testimonios escritos de grandes masas glaciares a mediados del siglo XVIII, quedando a principios del siglo XX un único glaciar en la cara norte del Veleta, según un riguroso estudio realizado por Hugo Obermaier. Dicho glaciar desapareció a mediados del siglo XX, y finalmente tras la sequía extrema de 1995 desapareció el nevero perpetuo que lo cubría, sin que quedara ningún resto de hielo fósil debajo. Conservo fotos de dicho nevero en pleno mes de agosto y tenía paredes de más de 6 metros de alto.

Tampoco parece que podamos asociar el inicio del deterioro de los glaciares más meridionales de Europa con el incremento contemporáneo de las emisiones de GEI.

En un viaje reciente por el valle de Chamonix (Francia) pude contemplar el retroceso de glaciares enormes del macizo del Mont Blanc. Pero lo que pocas veces se recuerda es que este conjunto de glaciares alcanzó su máxima extensión entre 1818 y 1850, coincidiendo con el final de la Pequeña Edad de Hielo. En esa época las lenguas de los glaciares descendían mucho más hacia el fondo del valle. Por ejemplo, la Mer de Glace era visible directamente desde las inmediaciones de Chamonix y el glaciar de Bossons llegaba muy cerca de las zonas habitadas. Desde entonces, y de forma muy acelerada en las últimas décadas, los glaciares han retrocedido varios kilómetros y han sufrido una pérdida masiva de grosor.

Tres macizos diferentes y una coincidencia difícil de ignorar: Pirineos, Sierra Nevada y Alpes comenzaron su retirada glaciar al final de la Pequeña Edad de Hielo, mucho antes de que las emisiones industriales alcanzaran los niveles actuales. El calentamiento reciente puede haber acelerado enormemente el proceso; lo que difícilmente puede sostenerse es que sea el culpable.

Pero este proceso también está permitiendo redescubrir cosas que parecían un mito. En 2022 quedó al descubierto el paso de montaña del Col de Tsanfleuron, situado justo en la unión de los glaciares de TsanfleuronyScex Rougey sepultado desde la época romana. Una intensa ola de calor y un invierno inusualmente seco provocaron que el hielo que unía ambos glaciares se derritiera por completo, cuando el año anterior todavía tenía 15 metros de espesor.

Este paso, documentado desde la época romana, no había estado expuesto al aire libre desde hacía algo más de 2.000 años, coincidiendo con el «Período Cálido Romano». Lo interesante de esta noticia, en mi opinión, es que no podemos hablar de hielo fósil, sino que, como mucho, tendría 2.000 años, lo que en geología es prácticamente nada.

Investigaciones publicadas en revistas científicas indican que vivimos actualmente en un periodo cálido —interglaciar— y que, guiándose exclusivamente por los cambios en la órbita de la Tierra y la inclinación del eje terrestre, este periodo terminaría en un intervalo de entre 10.000 y 50.000 años, dependiendo de cuanta importancia se atribuya a la acumulación antropogénica de dióxido de carbono en la atmósfera respecto de la alteración de este ciclo natural.

Resulta evidente que el retroceso de los glaciares a nivel mundial es generalizado. Vemos ejemplos en los Alpes, los Andes, el Cáucaso o el Himalaya; así como en el deshielo del permafrost en Siberia e Islandia o en el aumento del volumen de agua en los lagos de Alaska.

Pero también existen excepciones locales y temporales —algunos glaciares han avanzado durante determinados periodos en Groenlandia o Patagonia—, lo que recuerda que la dinámica glaciar no responde de forma idéntica en todos los lugares.

Quiero detenerme en el caso del Himalaya nepalí, país y montañas que tuve oportunidad de conocer y de los que me quedé prendado. El primer ministro de Nepal llamó la atención internacional a finales de septiembre de 2026 en su discurso ante la Asamblea General de la ONU, donde exigió justicia climática y compensaciones a los grandes países emisores de carbono, justo tras las inundaciones del 26 de agosto de 2026 que fueron extraordinariamente graves. Naciones Unidas cifra, con datos posteriores, más de 1.450 fallecidos y más de 5.000 desaparecidos, y vincula el desastre a una inundación repentina desencadenada por deshielo glaciar.

Nepal aporta menos del 0,1 % de las emisiones mundiales y, sin embargo, acaba de sufrir una de las mayores catástrofes de su historia reciente. De ahí que su Gobierno reclame que los grandes emisores financien mediante subvenciones —y no nuevos préstamos— la adaptación y reconstrucción de los países más vulnerables, e incluso haya propuesto a China e India un mecanismo específico de resiliencia para el Himalaya.

Y aquí aparece la paradoja: que el clima haya cambiado siempre no significa que nuestra actividad no pueda estar acelerando ahora ese cambio, ni que quienes menos han contribuido a él sean necesariamente quienes menos sufran sus consecuencias.

España representa apenas algo más del 0,5 % de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero. La Unión Europea, en su conjunto, ronda actualmente el 6 %, frente a algo más del 8 % de India, alrededor del 11 % de Estados Unidos y cerca del 30 % de China. Y, sin embargo, es Europa la que ha asumido los compromisos más exigentes de reducción de emisiones, siendo hoy aproximadamente un 36 % inferiores a las de 1990. El debate ya no consiste, por tanto, únicamente en cuánto debemos reducir las emisiones, sino también en hasta dónde puede llegar esa reducción sin comprometer la competitividad, la industria, el empleo y el propio crecimiento económico.

Y es precisamente en este punto donde empieza a aparecer una idea que hace apenas unos años habría resultado difícil de defender abiertamente: el «decrecimiento sostenible». Bajo formulaciones más amables —poscrecimiento, suficiencia o reducción planificada del consumo— se plantea que las economías desarrolladas deberían dejar de perseguir indefinidamente el aumento de la producción y aceptar una ralentización deliberada de determinadas actividades para reducir su impacto ambiental.

Dicho de forma menos académica: una especie de parada lenta de la economía en nombre del clima.

El decrecimiento es quizá una de las expresiones más acabadas de esa nueva cultura política —llamémosla verde o simplemente posindustrial— que ha conseguido convertir el crecimiento económico, durante décadas considerado una de las principales expresiones del progreso, en algo de lo que parece necesario disculparse.

Quizá la conclusión no sea negar el cambio climático, porque el clima cambia y las evidencias de un calentamiento reciente son difíciles de discutir. Tampoco parece sensato negar que nuestras emisiones estén contribuyendo a acelerarlo. Pero una cosa es reconocer esa influencia y otra bastante distinta convertir al clima anterior a la Revolución Industrial en una fotografía fija, como si los glaciares hubieran permanecido inmutables durante milenios hasta que empezamos a quemar carbón y petróleo.

Los glaciares avanzaron y retrocedieron mucho antes de nosotros. La Pequeña Edad de Hielo los hizo crecer hasta mediados del siglo XIX y desde entonces comenzaron a retirarse. Ahora lo hacen, además, a una velocidad extraordinaria. Las dos afirmaciones pueden ser ciertas al mismo tiempo.

Tal vez el verdadero problema comience cuando una cuestión científica enormemente compleja deja de admitir matices. Porque el clima no entiende de consignas, ni de culpables únicos, ni de titulares. Su historia se mide en cientos de miles y millones de años. Y nosotros apenas llevamos siglo y medio midiéndolo con cierta precisión.