Ulises llevaba veinte años fuera de casa. Diez en Troya y otros tantos dando tumbos por el Mediterráneo. Al salir de la isla de Calipso, Poseidón, que no le perdonaba lo del cíclope, le hizo trizas la balsa. Nadó dos días y dos noches hasta la costa de los feacios, se arrastró entre unos matorrales junto a la desembocadura de un río y se quedó dormido sobre un montón de hojas.

Sin barco, sin hombres, sin botín y sin ropa. Un rey, desnudo. Dirán Vds. que La Odisea de Nolan me ha dejado KO, pero esta parte, como tantas otras, no sale en la peli. Sigo recomendándola a todos como ejercicio de catarsis. Pero el Quijote o el Mundo de Ayer también sirven siempre que se entre a la obra con ganas de revisitar las partes que han valido la pena en nuestras vidas. Las partes suculentas del jamón que comimos y compartimos, la hiel que tuvimos que tragar. Comer amargura, dicen los chinos.

A la mañana siguiente bajó al río Nausícaa, la hija del rey Alcínoo, con sus criadas, a lavar la ropa de la casa. Atenea se lo había sugerido en sueños. Siempre Atenea, la que decapitan en Troya. Terminada la colada, se pusieron a jugar a la pelota en la orilla. Un mal lanzamiento la mandó al agua, las muchachas gritaron y Ulises se despertó.

Salió de los matorrales tapándose con una rama, sucio de salitre, con una pinta que espantaría a cualquiera. Las criadas salieron corriendo. Nausícaa se quedó. Le escuchó, le dio ropa, comida y aceite para lavarse, y le explicó cómo llegar al palacio y a quién suplicar. Le pidió, eso sí, que no entrara en la ciudad a su lado, por el qué dirán. Sensata, la princesa.

Los feacios eran el pueblo más avanzado del mundo homérico. Sus naves no necesitaban piloto ni timón: conocían el pensamiento de los hombres y los llevaban a donde querían ir, envueltas en niebla, sin miedo a naufragar. Esto hoy se llama ADAS4 y solo va en San Francisco y en algunas ciudades chinas.

Homero imaginó la navegación autónoma hace veintiocho siglos. Y lo más interesante es para qué la usaban. Escucharon al náufrago, le cantaron, le dieron regalos, lo embarcaron dormido y lo dejaron en Ítaca. La tecnología más avanzada de su tiempo, al servicio de un desconocido que lo había perdido todo. Las leyes de la hospitalidad de Zeus. Poseidón se lo cobró convirtiendo en piedra la nave a la vuelta. Ya les he traído aquí la Odisea alguna vez, por Helena, que siempre es la excusa. Hoy toca la otra cara.

Nausika es el nombre que eligieron Pedro Mier y los suyos para su plataforma, Tecnología para el Bien Común, y el viernes celebraron su encuentro anual en el CaixaForum de Barcelona. El día antes, el jueves, yo había presentado en el 75 aniversario del CEAM, el Centre d'Estudis i Assessorament Metal·lúrgic, el libro de la ponencia que me encargaron: «Duplicar sin duplicar costes». Dos días seguidos hablando de lo mismo desde dos orillas. Una, las personas. La otra, la fábrica. Conviene juntarlas.

La pregunta de fondo la puso Dani Rodrik, desde Boston, a las siete de la mañana de allí. Los telares de Manchester tardaron casi un siglo en subir los salarios y la esperanza de vida de quienes los movían. Entre medias, niños en las fábricas, jornadas de catorce horas y barrios obreros que daban miedo.

Lo que repartió las ganancias no fue la máquina de vapor. Fueron los sindicatos, la jornada reducida, las leyes de seguridad, la escuela pública. Instituciones. La tecnología no se repartió sola entonces y no se va a repartir sola ahora. Y esta vez no hay un siglo. «La primera fase de la Revolución Industrial duró ochenta años. Hoy está ocurriendo en uno o dos», dijo hace unas semanas en la CBS Daron Acemoglu, Nobel de Economía de 2024. La prensa americana resumía su aviso sin anestesia: si el Gobierno se queda mirando, el paro en Estados Unidos podría triplicarse en una década.

Hace un año, en Europa no existe, les conté que se ponía de largo. Nausika nació del Grupo de Reflexión que Pedro Mier creó en 2019 en Ametic para defender la reindustrialización a través de la digitalización. Medio centenar de píldoras después, terminado su mandato, el grupo siguió por su cuenta y amplió el foco a la educación, la salud y el empleo.

Una pérdida, como tantas otras, relacionadas con la defensa de la industria española, de la actual directiva de Ametic que se está dejando comer por Adigital, Aesemi, Digitales y otras que lo hacen mejor. Mier lo llama un think and do tank y lo resume en una frase que firmo: «No es suficiente el bien, hay que aspirar al bien común».

En una columna dominical les recordé algo que me gustó mucho, ordenando los papeles de su padre encontró unas reflexiones sobre el compromiso de los empresarios en las patronales, en aquella época Aniel: “No es bastante con no hacer el mal. Hay que hacer el bien”. Una frase llena de sentido para momentos de zozobra. Para la brújula moral.

La productividad, dice, es la condición sine qua non de la riqueza. «La clave está en cómo se reparte». Sara de la Rica, Xavier Ferràs, Guillermo Dorronsoro, Emma Fernández, Francisco Marín, Felipe Romera, José María Lassalle, Antón Costas. Gente que se reúne dos viernes al mes a las ocho y media de la mañana para pensar en lo que a casi nadie le da votos. Pero ¿a quién le interesa las cosas importantes de verdad? ¿Quién quiere apagar el ruido de las redes, de los medios, de las urgencias del día a día por lo insignificante para pararse a escuchar y pensar cómo vamos y cómo ir mejor?

Ferràs (mi admirado Toro Sentado del Ind+I) abrió fuego con la geopolítica. La ley de Moore como motor subterráneo del mundo, la hipercompetición entre Estados Unidos y China, y Europa, a su juicio, «en el diván del psiquiatra». España a la cola en esfuerzo de I+D, a la mitad de donde debería estar. Tardaremos 150 años en estar donde hay que estar porque avancemos una décima al año.

Los datos de la OCDE no le quitan razón: un 1,50 % del PIB frente al 5,13 % de Corea. «Como dice mi buen amigo Guillermo, se me llevan los demonios». Corea no subió porque el mercado se enamorará de ella, sino por cuarenta años de políticas estables de educación, ciencia y tecnología.

Y en mitad de la charla, desde el escenario, soltó: «lo que comentábamos con Ezequiel». Que la IA física se está haciendo más en Asia. Modelos pequeños aplicados a problemas concretos, industriales, a la manera del kaizen japonés, mientras Estados Unidos persigue la superinteligencia en centros de datos que piden un gigavatio, una central nuclear cada uno. Bravo. Es lo que defiendo.

Pero hay un diagnóstico que se repite en todos los foros y que no compro: el de una industria europea vieja, lenta y perdedora. Los números dicen otra cosa. Con la misma vara de medir a los dos lados del Atlántico, valor añadido real por hora trabajada y quitando ordenadores y electrónica, la manufactura de Alemania, Francia, Italia y España creció un 1,19 % anual entre 2007 y 2019. La estadounidense, un 0,58 %.

Desde 2019, con el golpe energético, que nos dieron los norteamericanos y sus borregos haciendo volar Nordstream, Estados Unidos ha recuperado terreno, y en nivel por hora seguimos detrás. Pero el metal español mejoró su valor añadido por hora un 10,6 % entre 2019 y 2023, y el catalán, según mi estimación, un 14,2 %. La media de la Unión, un 5,7 %.

No estamos tan mal, con excepción de una Francia y una Alemania dirigidas por los chicos de Rothchild y Blackrock. ¿Se habían enterado ustedes? Dice Rodrick que no nos obsesionemos con el hype de la IA ni perdamos de vista el fin de todo, que la gente viva mejor.

La brecha con Estados Unidos existe, pero no está en la fábrica. Nació en producir y usar tecnologías de la información, y hoy cerca del 80 % de la diferencia de crecimiento entre la zona euro y Estados Unidos está dentro de cada sector, no en que tengamos los sectores equivocados.

Lo ha medido Bart van Ark para el BCE. Programación y consultoría: un 10,3 % anual de productividad allí, un 1,5 % aquí. El problema europeo no es inventar. Es absorber. Y cuando a las empresas españolas que se plantearon usar la inteligencia artificial y no lo hicieron se les pregunta por qué, el 82,4 % contesta lo mismo: falta de competencias. En la Unión, el 70,3 %.

Mientras tanto, de las 383 recomendaciones del informe Draghi se ha aplicado plenamente el 15,1 %. El diagnóstico lo tenemos. Lo que falta es hacer. Venga Úrsula, déjate de juegos de guerra de pagos a chusma para que proteja nuestras fronteras y céntrate un poquito. Mucha resiliencia y mucha reindustrialización, pero desde 2009 en la UE más el Reino Unido se han cerrado más de 30 refinerías de gasolina y diésel perdiendo el 25% de la capacidad de refino del continente. Ahora no tenemos. Pero todos calladitos echando la culpa a Putin.

Dorronsoro, que lleva el Observatorio de Buenos Empleos de Nausika, puso en pantalla lo que dicen sobre el trabajo los grandes jefes tecnológicos. Altman, Nadella, Huang, Musk. Ni una mujer en la panda. Con matices, el mensaje de fondo es el mismo: esto va a salir bien, y vosotros, adaptaos.

Rodrik lo despachó como la narrativa más peligrosa y engañosa que circula. La tecnología no cae del cielo. La deciden ingenieros y empresas, y su dirección se puede elegir. Puso un ejemplo que yo había metido en el libro, en la página de la fábrica del futuro. En 2018 Elon Musk quiso una planta de Tesla casi sin personas, se le atascó la producción y tuvo que rectificar en público: «Sí, la automatización excesiva en Tesla fue un error. Mi error, para ser precisos. Los humanos están infravalorados».

Una fábrica a oscuras es una frontera, no la norma. No hay un solo caso documentado de planta sin personas, tampoco entre las 238 de la red de fábricas faro del Foro Económico Mundial. Lo que cambia es dónde está la gente: en la línea, en la sala de control o en el mantenimiento y la programación.

Rodrik describió dos maneras de meter tecnología en una empresa. La de Taylor, que vigila a cada trabajador, mide cada movimiento y trocea el trabajo. Y la otra, que da información y autonomía a los equipos para que decidan. La segunda es más productiva. Lo sabemos los que hemos dirigido plantas. Los campeones ocultos alemanes son un 29 % más productivos y tienen un 38 % más de margen que empresas comparables, sin gastar más en I+D sobre ventas. No invierten más. Absorben mejor.

Lo apliqué en Premo y ahora en Premium. Mejor dibujar un futuro compartido, retos compartidos y dar autonomía para innovar y crear valor.

Rodrik ha cambiado de opinión. Durante años defendió la manufactura como fuente de buenos empleos. Hoy sostiene que la industria «no será un sector que absorba mano de obra, sino que la expulse», y que los buenos empleos tendrán que salir de los servicios: cuidados, comercio, logística, hostelería, turismo.

Mis datos le dan la razón. En 1955 la manufactura catalana daba trabajo a 554.100 personas. En 2023, a 470.200. Entre 1980 y 2019 perdió un 35,1 % del empleo industrial mientras cada ocupado multiplicaba por once el valor que producía. Por eso mi meta no es más empleo industrial. Es hacer el doble con la misma gente. Doblar la productividad en diez años exige crecer un 7,2 % anual.

El metal español lo hizo al 2,6 % entre 2019 y 2023, y el catalán al 3,4 %. Hay que multiplicar el ritmo por 2,8 en España y por 2,1 en Cataluña. ¿Y el empleo? En el agregado, el efecto de los robots sobre el empleo es casi nulo, y la empresa española que se robotiza aumenta su plantilla neta alrededor de un 10 %. El empleo lo pierden las que no lo hacen. No creo que expulsemos gente si crecemos en productividad para atender a un mundo que sigue creciendo en demanda. El Sur Global Crece. Lo de “the West and the rest” nos lo tenemos que pensar bien.

La fábrica ya no es la gran contratadora. Es otra cosa: la escuela donde se aprende a absorber tecnología. Lo que se aprende en planta acaba en los servicios. El viernes lo vimos en dos ejemplos. Elena García Armada, premio popular del Inventor Europeo en 2022, ha puesto de pie con sus exoesqueletos de Marsi Bionics a niños que no podían andar. Robótica, electrónica de potencia, control y medicina, todo junto.

Y Lourdes González Perea, de Fundación ONCE, nos contó que sus robots guía acompañan a personas ciegas o en silla de ruedas por la T4 de Barajas y que han estado probándose en la estación María Zambrano de Málaga: te esperan en la puerta, te llevan al andén, a la cafetería o al baño, y llevan la maleta. Eso es IA física. No un humanoide que hace volteretas en un vídeo de Shenzhen, sino máquinas que multiplican las capacidades de personas concretas.

De humanoides de tamaño completo se vendieron en todo el mundo unos 7.000 en 2025, según la Federación Internacional de Robótica, que admite que la mayoría de sus aplicaciones siguen siendo especializadas y a menudo necesitan teleoperación humana. El G1 de Unitree, el más popular, cuesta 13.500 dólares, levanta unos dos kilos por brazo y aguanta dos horas de batería. Para aprender, perfecto. Para producir, todavía no. Su cierre fue redondo: la tecnología, como factor multiplicador de capacidades y no como merma.

En la fábrica la receta para una pyme es la misma. El foso de la IA física no es el modelo, que se descarga. Es el dato de proceso, que es tuyo. Y lo abierto ya gana a lo cerrado: OpenVLA, con 7.000 millones de parámetros, supera en 16,5 puntos de tasa de éxito a RT-2-X de Google, cerrado y con 55.000 millones.

Pre entrenar uno de estos modelos de visión, lenguaje y acción exige del orden de un millón de trayectorias, fuera del alcance de cualquier pyme. Afinarlo para una tarea concreta de tu planta, entre 25 y 100 demostraciones. Se graban en un formato abierto, el LeRobotDataset de Hugging Face, ficheros Parquet para posiciones y esfuerzos y vídeo MP4 sincronizado, que no te ata a nadie: si cambias de robot, no pierdes los datos. Se aprende con una pareja de brazos de prácticas.

Y luego, a la línea, con robot certificado según la ISO 10218: la IA propone la trayectoria, pero la parada de emergencia y los límites de par siguen en el controlador, de forma determinista. Modelo abierto, afinado con tus datos y ejecutado en tu rack. Los modelos chinos ya suman el 41 % de las descargas de Hugging Face y Qwen es la base del 69 % de los ajustes finos.

Lo abierto no se usa. Se gobierna: hay que leer la licencia de los pesos y no solo la del código, porque no todo lo que se llama abierto sirve para producir. Tenemos 183 robots por cada 10.000 empleados de la manufactura, más que China con su nueva serie, 166. Eso sí, en 2025 China instaló 354.200 robots y nosotros unos 4.300. Ochenta y dos veces más. La brecha no es de escala.

Las mesas de Nausika llegaron, por caminos distintos, al mismo sitio. En educación, Clara Sanz, que fue secretaria general de Formación Profesional y sacó adelante la ley de FP, reivindicó la memoria sin complejos: nadie puede evaluar una respuesta de la IA si no tiene con qué contrastarla. «No se trata de competir con la IA en memorizar, sino de tener conocimientos propios para no ser esclavos de la IA».

Propusieron un consejo independiente que revise el currículo cada año, sin cuotas de partido ni de territorio, con una regla sencilla para el Gobierno y las comunidades: adoptar o explicar. Y una pregunta que Javier Rodríguez Zapatero contestó sin rodeos. ¿Tenemos el docente que necesitamos? No. Se entra en Magisterio con una de las notas de corte más bajas, el máster de profesorado ha fracasado y la formación continua, que cuesta un dineral, está mal invertida.

Proponen que sea obligatoria y que incluya estancias en empresa. Firmo. Me acordaba de esas cosas ignoradas que pasan en la España vaciada. La semana pasada hubo una huelga de profesores en Huesca. Una profe de matemáticas suspendió al hijo de un inspector de educación. Le impuso aprobar a todos los alumnos.

Los docentes, a los que decimos que debemos empoderar se indignaron y se fueron a una huelga (convocada por la totalidad de las organizaciones sindicales: CSIF, CGT, CCOO, HUSTE-STEA, UGT y ANPE) secundada por apenas un 30%, que se dejó su salario sin cobrar por defender la dignidad, la autoridad y el criterio del profe que aprueba o suspende.

Las autoridades educativas aragonesas, de momento han dado la razón al inspector y sus argumentos formales, que pueden que sean correctos en la forma, pero indignantes en el fondo. Al denunciante, para más inri, le ha caído un expediente, y así nos va. ¡Qué lejos estamos de las recomendaciones de Nausika en educación!

En salud, el 57,7 % de los españoles mayores de quince años tiene alguna enfermedad crónica y la espera media para la primera consulta con el especialista es de 102 días. La mesa de salud recordó que validar un producto sanitario lleva años y dinero, y que el tiempo y el dinero juegan contra la pyme innovadora.

Sus herramientas: la compra pública de innovación y los entornos de pruebas regulatorios. Es exactamente mi primera palanca: un Estado cliente y evaluable que compre con especificación abierta y pague por resultados. Raquel Yotti pidió que los profesionales sanitarios dejen de ser meros compradores de tecnología y entren en todo el ciclo de la innovación. Y el Real Decreto 415/2026 de evaluación de tecnologías sanitarias, aprobado en mayo, va en esa dirección. Algo se mueve.

En empleo, Dorronsoro no quiso hacer profecías. Quiere observar, con datos y hablando con los trabajadores, porque hay mucho que se pone medallas. Su ejemplo a seguir fue Singapur: al cumplir los cuarenta, el Estado ingresa a cada ciudadano 4.000 dólares singapurenses para formarse y, si estudia a tiempo completo, le paga la mitad de su sueldo, con un tope de 3.000 al mes, hasta dos años. Nosotros, en campaña, hablamos de vivienda y de pensiones. De educación y de innovación, nada. Lo dijo Rodríguez Zapatero, y tiene razón.

Hace un año, en una tertulia en La Rambla, un querido tecnólogo vasco me dijo: «No te empeñes, Ezequiel. Europa es un powerpoint». Rodrik vino a darle la vuelta el viernes. Dejen de obsesionarse con ir por detrás en la frontera de la IA. El dinero de la electricidad no lo hizo quien la inventó, sino quien la usó para electrificar fábricas.

Europa ganó la telefonía móvil con un estándar abierto, el GSM, cuyo memorando se firmó en 1987, no porque tuviera mejores laboratorios que los americanos. Modelos abiertos, ¿les suena? Europa existe ahí donde usa. ¿Les suena? Es lo que les vengo contando: la industria europea no es el problema. La adopción a la mayor velocidad posible y al menor coste, sí.

En la sala del viernes había de todo. Tecno-optimistas, que nos dicen adaptaos. Tecno-pesimistas, que ven venir el paro. Dorronsoro se declaró tecno observador; los de IND+I, colaboradores. Yo no soy ni agorero ni observador. Soy industrial, un doer, como dicen los americanos. Y lo que he aprendido en planta es que el valor está en adoptar la IA física cuanto antes y al menor coste posible. Los buenos empleos de Rodrik no salen de mirar la tecnología desde la grada. Salen de usarla antes que el de enfrente.

Nunca ha sido tan barato. En la robótica tradicional, alrededor del 75 % del coste de un robot no es el robot: es la integración, la puesta en marcha y la ingeniería. La IA física, definida por software, recorta esa factura a menos de la mitad, reduce un 70 % el tiempo de ingeniería necesario para enseñarle una tarea y acorta el plazo de amortización de cinco a siete años a uno. Lo dice la Boston Consulting Group.

Y lo que crece no es el humanoide: más de la mitad de los directivos que ha encuestado Capgemini señalan los robots móviles autónomos, los brazos industriales y los cobots como lo que más va a crecer en sus empresas, muy por delante de los robots con forma humana. El motor no es ahorrar sueldos. Es que no encuentran gente. Si hay un país donde esto tiene sentido hoy, es este: la electricidad industrial más barata de los grandes de Europa y unas empresas europeas que, según The Economist, han doblado su inversión anual en España entre 2021 y 2025 respecto a los cinco años anteriores. El tren pasa. ¿Lo cogemos o lo vemos pasar?

¿Y los empleos? El mejor operario para entrenar, supervisar y mantener un robot es el que ya conoce el proceso, porque sabe dónde se atasca la línea y por qué sale una pieza mala. Recualificarlo es más barato que buscar fuera a quien no existe. Los datos acompañan: desde principios de 2023 el empleo manufacturero de la Unión ha caído un 2 %, hasta 28 millones, cuatro quintas partes en Alemania, pero los puestos cualificados, ingenieros y técnicos, han crecido un 7 %.

Ese es el buen empleo de Rodrik en la fábrica de hoy: el que programa, entrena y gobierna la máquina. Hasta China, que automatiza como nadie, lo ha escrito en su plan quinquenal, que obliga a «prevenir y resolver los riesgos de desempleo a gran escala», y su regulador de ciberseguridad pide a los desarrolladores no aplicar la IA «con el objetivo de sustituir el empleo humano». Meituan ya forma a sus repartidores para manejar drones. Automatizar poniendo primero a las personas no es una consigna de Davos. Es una política industrial.

Todo esto se puede empezar el lunes. En el CEAM propuse diez acciones con tres actores y un indicador cada una. A las empresas: medir la productividad junto a la producción y las horas, nombrar un responsable de IA y robótica propio o compartido, empezar por un problema de proceso y contratar la energía a largo plazo.

Al CEAM: un piloto con un grupo de empresas medianas que compartan formación y un equipo técnico mutualizado, pliegos de compra con interfaces abiertas, ampliar la Encuesta de Coyuntura que publica desde 1971 con productividad y adopción de IA y robots, y medir el piloto frente a un grupo de comparación y publicar el resultado, sea cual sea.

La Administración: comprar con especificación abierta, reconocer fiscalmente la innovación de proceso y pagar la capacidad compartida solo tras la incorporación verificada. Lo que Dorronsoro llama observar, yo lo llamo medir mientras se hace. Lo que Nausika llama bien común, yo lo llamo hacer el doble con la misma gente. Es lo mismo.

Al despedirse de Ulises, Nausícaa solo le pidió una cosa: que se acordara de ella cuando llegara a su tierra, porque a ella le debía la vida. Al cerrar el viernes, la presentadora deseó que dentro de diez años podamos decir que en Barcelona nació algo importante de lo que todos fuimos actores. Yo cerré la víspera en el CEAM con algo parecido: si dentro de unos años el CEAM puede publicar que sus empresas producen el doble con la misma gente, este aniversario habrá servido. A un mes de las elecciones del 29 de noviembre, el mensaje que nos venden sigue siendo el mismo: la tecnología llega, adaptaos. No. Decidamos qué queremos hacer con ella. No «pensar en». Decidir. Y hacer.