La gastronomía se ha estandarizado porque ya no hay sitio para la originalidad. Son las franquicias y los oportunistas los que imponen cartas iguales, mientras que los chefs que intentan sacar la cabeza con propuestas personales la pierden de tajo en el empeño.

Básicamente el cocinero de Luis XVI haciendo el imbécil para que nadie le reconozca fuera de esa multitud de fogoneros similares, casi idénticos. Ya no hay nada, o casi, que te deje con la boca abierta porque el precio final te borra la sonrisa.

Los menús, la estética, la informalidad atractiva o el formalismo clásico siempre derivan en lo mismo por mucho que aparentes ser de dinero sobrado: un clavo gordo y traicionero.

Las consultoras del sector, que poco tienen ya que consultar más allá de lo que todos sabemos y no queremos ver, fijan el incremento medio de los precios del producto en casi un 120 por ciento en los últimos seis años, lo que aclara que, desde 2021, todos seamos aparentemente unos tiesos.

El turismo foráneo se impone en los restaurantes de siempre, a los que usted iba desde que no levantaba un palmo del suelo, pero el español de a pie se queda sentado viendo el Mundial de fútbol con unas croquetas de origen indiscriminado y un vino peninsular a coste de lo regular, malo, malísimo o letal. Unos respiran con dinero holgado y los demás suspiran por ir al bar de abajo sin poder bajar.

Veo los precios y observo al tipo de al lado cómo se echa las manos a la cabeza. Un kilo de pargo cuesta ya 30 euros cuando hace muy poco se llevaba a su negocio dos y pico por el mismo precio.

Un maldito pulpo de ocho patas, animal feo donde los haya, te sale a 35 euros el kilo y tira porque le toca, o una miserable ensaladilla rusa de las de siempre, patatas, mayonesa y cuatro cositas más, probablemente impida que sus hijos vayan a la universidad. La dispersión del nacional es comprensible, salvo que el restaurador congele el coste antes de irse a freír puñetas con toda la equipación.

La culpa, como siempre en este país, no es de nadie pero es de todos. Los impuestos abusivos, los salarios al alza, las grandes superficies, el híper que te estrangula sin necesidad de cordada, el intermediario, los hosteleros que subieron el cafelito en apenas 24 horas de cien pesetas a un euro, la cruda competencia continental, el marroquí artero, el francés irritado, el alemán unionista y la madre que parió a los asirios.

Pero es el consumidor final -como siempre, vamos- el que carga definitivamente con todos los conflictos, con todas las rémoras, con todos los extras, con todos los aumentos inexplicables y sin nadie, ni siquiera su madre, que le dé una palmada en la chepa por valentía. El tonto que saca la cartera poco abultada antes de perder hasta su identidad sin necesidad de olvidar el carné. Ese que lo costea todo y se va con nada de apetito.