Daniel Pink, en su conocido libro Drive, pone negro sobre blanco una idea que a veces se nos olvida a los que lideramos empresas: "El ser humano no se mueve de verdad solo por dinero, premios, bonus o castigos (…)".

Cierto sería que cuando el trabajo exige entrega, vocación, creatividad, compromiso y altura moral, el dinero deja de ser el motor principal y pasa a ser, más bien, una condición necesaria pero no la principal.

Llegado a este punto conviene hacernos algunas preguntas incómodas. ¿Debe un docente enseñar mejor solo porque se le prometa un incentivo económico? ¿Puede un docente implicarse y motivarse de verdad si todo lo que recibe desde arriba son instrucciones, controles y reproches? ¿Puede un centro educativo avanzar si trata a sus profesionales como meros ejecutores de órdenes? Mi respuesta a todas las preguntas sería un no rotundo.

Hablo desde la experiencia de quien asume la responsabilidad como persona de vértice de un grupo escolar que mantiene en plantilla a 485 empleados, la mayoría de ellos docentes.

Teniendo claro que el producto de cada día no sale por una cadena de montaje, sino que se va formando día a día en el aula, con el apoyo emocional a su alumnado, en la conversación con la familia, en la preparación de una clase, en la tutoría, en el patio, en los pasillos, en el comedor, en las excursiones que hace con los alumnos...

Por eso, cuando hablamos de motivación en el mundo educativo, no podemos caer en el reduccionismo de creer que todo se arregla pagando más o controlando más. Sin duda, las condiciones laborales deben ser dignas, competitivas y justas. Faltaría más. Pero una vez dicho esto, el verdadero reto directivo consiste en crear un ecosistema donde el profesional quiera dar lo mejor de sí mismo.

Volviendo a la teoría de Daniel Pink, centra todo en tres elementos claves: autonomía, maestría y propósito. Tres palabras fáciles de entender, pero de una profundidad extraordinaria si se llevan al terreno de la gestión real de un centro educativo.

La autonomía en este caso es la libertad de cátedra que todo docente debe invocar y exigir, pero con sentido, ya que hay departamentos y dirección educativa que son quienes marcan las reglas del juego en todo lo relativo a la programación general de aula, etc.

Además, en todas las organizaciones serias y competentes hay normas, procedimientos, objetivos, indicadores y rendición de cuentas. Sin orden, cualquier proyecto termina convertido en una suerte de caos y despropósito.

Ahora bien, una cosa es ordenar y otra muy distinta un control absoluto, ya que el docente necesita margen para desplegar su talento, las metodologías, conectar con su grupo, innovar en el aula y construir su propio estilo de impartir la clase.

Ya se sabe que un exceso de burocracia y de control mata la creatividad y, de paso, la implicación del docente. Y un docente sin creatividad termina impartiendo clases rutinarias, previsibles y, en demasiadas ocasiones, aburridas.

No olvidemos que el alumno de hoy no es el alumno de hace treinta años. Vive rodeado de estímulos, información inmediata y dispositivos que le permiten acceder a casi todo a golpe de pulgar.

El segundo elemento es la maestría. Un buen profesional no quiere quedarse estancado. Quiere sentir que avanza, que aprende cada día, que aquello que ayer le costaba hoy lo realiza con solvencia.

En el caso de los docentes, la maestría tiene una dimensión especial, porque enseñar exige estar siempre aprendiendo. Ya se sabe que el profesor/a que deja de aprender también deja de enseñar.

El tercer elemento es el propósito. Y aquí entramos en el territorio más noble de cualquier organización educativa, que no es otro que formar personas preparadas para vivir con criterio, responsabilidad, autonomía y sensibilidad social.

Ahora bien, junto a la autonomía, la maestría y el propósito, yo añadiría un cuarto elemento que denomino lealtad a la institución, a los directivos y compañeros. Y no hablamos de lealtad como obediencia ciega, asentir a todo o mantener una actitud genuflexa frente a quien dirige.

Nada más lejos de lo que se le debe pedir a un profesional de la educación. Lealtad en combinación con discrepancia, advertimiento de errores y propuestas de cambios. Ser leal en ningún caso es pasar desapercibido o practicar el pasotismo.

Ahora está muy de moda el síndrome del burnout, o empleado quemado. Cierto es que nadie debería frivolizar con el desgaste emocional que puede producir la docencia, especialmente en estos tiempos de hiperexigencia, familias sobreprotectoras, burocracia creciente y alumnos cada vez más complejos.

Ahora bien, un docente quemado no puede ser nunca un buen profesional si su estado termina contaminando su desempeño, la relación con los compañeros y su compromiso con el aula.

El liderazgo exige que cuando termina el curso escolar llega también el momento de hacer balance. No solo de resultados académicos, ratios, matriculaciones o encuestas de satisfacción. También de actitudes, de compromiso, de cumplimiento del programa académico y de lealtad al proyecto por parte de los integrantes de la plantilla.

En definitiva, quienes han mostrado una desafección manifiesta hacia la empresa que los sostiene y quienes, además, han evidenciado una falta de lealtad que se ve a leguas, en esos casos, habrá que reconducir su actitud y, si persiste, deberemos invitarles a salir de la organización.

En el centro escolar la falta de compromiso del docente no solo la paga la empresa, también la pagan los alumnos, las familias, los compañeros docentes que sí cumplen y el propio centro escolar, cuya reputación cuesta años construir y apenas unos meses en erosionarse.

Un centro educativo privado no puede permitirse tener en su seno profesionales que no creen en el proyecto, que no respetan a quienes lo dirigen y que convierten cada decisión empresarial o pedagógica en una oportunidad para el reproche.

En conclusión, liderar no es mandar. Liderar es más bien marcar rumbo, pero permitiendo que los buenos profesionales desplieguen su criterio. Es fomentar la autonomía, la maestría y el propósito, pero también recordar que ninguna organización educativa puede sostenerse si quienes la integran no sienten un mínimo de respeto, orgullo de pertenencia y lealtad hacia ella. Porque un docente motivado y leal no solo trabaja mejor, sino que contagia entusiasmo, y ese entusiasmo cambiará la trayectoria vital de sus alumnos.