Durante 48 horas de esta semana fui un hombre con superpoderes. No es una metáfora cómoda: es la descripción más exacta que encuentro.

Una inteligencia artificial llamada Fable 5 me permitió producir, yo solo y en dos días, lo que antes habría exigido un equipo y varias semanas: un manual de formación de nivel experto en gestión de proyectos; la propuesta de un libro sobre salud digital apoyada en la investigación de los principales centros de pensamiento de Europa; el manual de acogida en tres idiomas incluido el mandarín, de una compradora china de Shanghái, con nuestros productos, proveedores, costes y oportunidades, para que aprendiera todo cuanto antes; un informe para tres consejos de administración; el plan maestro de una tercera ronda de inversión; y un programa entero de coordinación del área de tecnologías digitales. No eran promesas ni demostraciones: era trabajo terminado, sobre la mesa, de una calidad que me dejó —lo confieso— a la vez eufórico y un poco asustado.

El "milagro de productividad" del que hablan los economistas, esa subida cercana al 2% anual que en Estados Unidos algunos llaman ya el milagro Lázaro, dejó de ser una abstracción para convertirse en algo que tocaba con los dedos.

Esta semana, en un palacio de La Granja de San Ildefonso, conté parte de ese entusiasmo a un grupo de empresarios excelentes, los de CRE100DO. Les hablé de cómo duplicar su productividad sin duplicar sus costes, hacer más con menos y los animé, incluso, a tener fuego propio: a entrenar modelos abiertos, a no depender de nadie.

Proyecté una diapositiva que decía, con la seguridad del converso reciente: "El verdadero riesgo no es el precio de la inteligencia artificial; es que decidan cuándo podemos usarla".

No imaginé que la realidad iba a darme la razón antes de la cena. Aquella misma tarde, a las 17:21 horas de Washington, el Gobierno de Estados Unidos, invocando la seguridad nacional, ordenó suspender el acceso a Fable a cualquier ciudadano extranjero, dentro o fuera del país.

Para cumplir, hubo que apagarlo para todos. Yo soy uno de esos ciudadanos extranjeros. La herramienta más extraordinaria que he usado en mi vida se apagó por decisión de un gobierno que no es el mío, por un motivo de seguridad que ni la propia empresa fabricante dice entender del todo: sostiene que el supuesto fallo es menor, que está disponible en otros modelos y que esa misma capacidad la usan a diario quienes defienden los sistemas. Duró poco.

Pero no es de la máquina de lo que quiero hablar hoy, o no solo. Porque aquel mismo día, en La Granja, aprendí algo que durará más, y me lo enseñó un hombre. Escuché a Ismael Clemente, el pacense que levantó Merlin Properties, la mayor inmobiliaria cotizada de la península, desde un despacho de banco y una idea.

Clemente habla campechano y cita a economistas de altísima reputación sin despeinarse; lo mismo te explica una curva de tipos que recuerda los cubos con alcachofa con que se duchaba la gente en los pueblos sin agua. Tiene la marca de la Compañía de Jesús hasta el tuétano.

Me recordó mensajes de Dorronsoro con formas distintas. Y contó, sin dramatismo, una historia que se me clavó. Estando en lo más alto de un gran banco, le pidieron recortar a su equipo en España para que la entidad ganara todavía más de lo mucho que ya ganaba. La oficina que de verdad pesaba era la de Nueva York, pero el pato lo pagaban él y los suyos, que eran mucho más rentables. Se negó, y se fue. Y tras su marcha, aquel al que el banco también quería apartar olió la historia y se fue detrás; y luego otro, y otro, hasta que el equipo entero salió con él. Está en su biografía, no es solo su relato: dimitió en 2012 antes que ejecutar el recorte, fundó Magic Real Estate y, dos años después, Merlin.

Me identifiqué hasta el tuétano. Despedir a los tuyos por avaricia, por querer ganar más sobre lo que ya es mucho, es un trauma moral que te destruye por dentro. Y Clemente lo redondeó con una confesión que no es frecuente oír en una sala de empresarios: que muchas veces necesita tiempo para rezar, para pedir discernimiento. No es beatería; es humildad. Es el reconocimiento de que no lo sabemos todo, de que no somos infalibles, de que hay decisiones tan complejas que exigen una brújula que el balance no da.

Pidió a su equipo compromiso y que se dejaran las pestañas; defendió que se incentive la creación de valor y no su mera extracción; criticó, con razón, a los consejos y consejeros typical Spanish; y reconoció expresamente el mérito del empresario y de las familias empresarias, esos que arriesgan lo suyo. Nos animó a correr y a tener deuda, pero con la deuda a raya.

Toda una escuela en hora y media. Dice que está en el IBEX pero que no es de La Moraleja, más bien de la Cañada Real, que ni tiene chofer, ni dircom ni esas cosas como una descomunal diferencia salarial entre el de arriba y los de abajo. Dice que si quieres que la gente haga cosas has de dar ejemplo y que los soldados solo obedecen y siguen a soldados, no a los senadores de Roma que recostados hablan de la guerra mientras liban. Lógico.

En un momento, hablando de los niños de nuestros pueblos, Clemente tocó una tecla que me devolvió a la infancia. Aquellos vecinos con los que jugábamos, los que rompían los indios y los pistoleros que comprábamos por cinco duros en el quiosco de Frasquita, aquellos de los que pensábamos, que un día tendríamos que ocuparnos, buscarles oportunidades, formarlos, emplearlos… algunos de ellos son hoy los que nos gobiernan.

Y lo hacen, demasiadas veces, sin el concurso del mérito ni del conocimiento, sin más brújula en la cabeza que el interés propio y el de la secta —el partido—, con desprecio de la historia, del análisis comparado de lo que otros modelos consiguen, del progreso compartido y del bien común.

El poder sin brújula, otra vez, pero esta vez con el carné en la mano. Puso a todos los partidos y a la clase política a caer de un burro, hizo la defensa que hacemos todos de los muchos que se entregan al servicio público honestamente, pero sin meritocracia vamos a hundirnos en la mediocridad más absoluta.

Me acordé entonces del Papa, que esa misma semana terminaba en Canarias su viaje por España. León XIV había pasado por Madrid, por mi Barcelona, y cerraba en Tenerife el 12 de junio pidiendo lo que la política sin brújula ha tirado por la borda: diálogo, reconciliación, "desarmar el lenguaje", respeto a la dignidad de cada ser humano sin exclusiones, atención a los jóvenes y verdad y reparación para las víctimas.

Su primera encíclica, Magnifica Humanitas, firmada el 15 de mayo, advierte precisamente contra el mesianismo tecnológico, contra el espejismo de que la máquina nos salvará. Justo lo que yo sentí, y lo reconozco, en mi euforia de cuarenta y ocho horas. La fe, dijo el Papa, no puede ser una reliquia del pasado. Y pensé que solo una fe muy honda pudo guiar a Gaudí a poner todo su talento en un templo que veo cada día desde casa y que esta semana, al encenderse sus torres, me hizo llorar. Talento puesto al servicio de algo que te sobrevive: esa es, también, una forma de brújula.

Mientras escuchaba a Clemente hablar de los cubos y las alcachofas, me veía yo en Bobadilla, en casa de mi abuela, con el baño de cinc, esperando a que mi padre terminara de cavar con su primo Paquito el pozo del patio. En mi pueblo el asfalto llegó tarde, el agua corriente más tarde y, por fin, ya siendo yo un mozo, llegó la magnífica agua del Nacimiento de la Villa, la del Torcal de Antequera. Ya lo conté una vez en esta columna, hablando de gente buena. Lo recuerdo no por nostalgia, sino porque quien viene de no tener agua sabe dos cosas que conviene no olvidar: que el progreso es real y se agradece, y que llega cuando alguien, con mérito y sentido del bien común, decide que llegue. No cae del cielo ni lo trae una máquina.

Y ahí está la lección de la semana: el poder y la brújula. Vivimos un tiempo de poder desatado —máquinas que multiplican, empresas que doblan su margen, una técnica casi mágica— y de brújulas rotas.

Tuve el poder de la máquina y me lo apagaron sin un proceso justo; tuve delante la brújula del hombre, que renunció al beneficio antes que a la lealtad. Y entendí que, sin lo segundo, lo primero no sirve de nada, y hasta puede hacer daño. Porque la inteligencia de frontera es ya, nos guste o no, un bien estratégico controlado, como lo fue el cifrado en los años noventa —cuando Estados Unidos clasificó los programas de encriptación como munición de guerra— o como lo son hoy los chips más avanzados. El acceso ya no lo decide el mercado: lo decide un Estado, y la nacionalidad importa. Para un europeo, tener la mejor inteligencia del mundo no es una relación comercial: es un privilegio revocable.

La pregunta, como siempre, acaba siendo española. Vamos a tener la energía que el mundo necesita para encender esta inteligencia: Amazon acaba de elevar a 33.700 millones de euros su inversión en centros de datos en Aragón, y detrás vienen Microsoft, Blackstone y Repsol.

Seguimos sin liberar plenamente los bombeos reversibles, incluso donde ya hay una presa, agua, conductos, ¡todo!, subir agua cuando sobra energía es imposible sin un montón de permisos. Pero la energía sin modelo propio es la plata de Potosí, una materia prima cuyo valor se acumula siempre en otra parte; y peor aún, una energía que enciende un fuego ajeno que nos pueden apagar.

Clemente nos recordó que el Private Equity se ha comprado España. La energía no puede estar en manos de un Ministerio de Transición Ecológica, debe estar en Industria y bajando cada año para ganar competitividad contrarrestar inflación, ganar soberanía.

Necesitamos las dos cosas que esta semana vi separadas. La primera, fuego propio: apostar de verdad por los modelos abiertos y soberanos — LINUX, RISCV, ROS, Mistral, Llama, Deep Seek, el español Alia—, en consorcio entre empresas, porque varias juntas pesan lo que una grande, para no quedarnos nunca a oscuras cuando otro cierre el grifo. Y la segunda, más difícil de legislar: una brújula.

La de Clemente, que premia el mérito y la lealtad y reza para discernir; la de la encíclica, que nos recuerda que ninguna máquina nos salva; la del bien común, que es lo contrario del interés de la secta. La de las buenas personas de todo credo, agnósticas o ateas pero pertrechadas de valores humanistas. Los de Erasmo y Tomás Moro, los de los padres de la UE. Los de Salamanca, los de Rafael Altamira y Cremea.

Salí de La Granja, cojeando, con dos cosas en la cabeza: una máquina que me había hecho gigante durante 48 horas y que ya estaba apagada, y un hombre que un día se hizo pequeño —se fue, renunció, perdió— por no traicionar a los suyos.

Pensé en el baño de cinc de mi abuela, en el pozo que cavó mi padre, en el agua del Torcal que tardó, pero llegó. En esos ascensores sociales que la mediocridad ha estropeado. Dice que ahora solo le funciona contratar a hijos de cracs que han visto a su padre y a su madre dejarse las pestañas y que saben que vivir en una casa con piscina es caro y requiere conocimiento, mérito y esfuerzo.

Dice que los hijos de los cracs suelen ser, en honor a Mendel, otros cracs y que ya vienen con las pilas puestas desde casa. Y pensé que el problema de España nunca fue de superpoderes: tendremos la energía, tendremos las máquinas, hasta tendremos los datos.

Lo que está por ver es si tendremos la brújula, el mérito, la voluntad, la generosidad, el talento bien formado, bien dispuesto y la visión compartida. Porque el fuego, si no es tuyo, te lo apagan; y el poder, si no lo guían el mérito y el bien común, no ilumina nada: solo deslumbra un rato, lo justo para no ver el precipicio. Duró poco, sí. Ojalá la lección dure más.