Hay una edad en la que creemos que nuestra madre es injusta, incluso cruel en sus decisiones. No entendemos sus límites, ni su forma de protegernos. En esos momentos pensamos que es una “mala madre”. Pero la vida es paciente. Espera. Y un día, cuando la enfermedad la vuelve frágil y dependiente, todo cambia: aquella mala madre se convierte en una madre enferma, dependiente. Es entonces cuando la vida nos coloca frente a un espejo incómodo y revelador, nuestra madre nos necesita y es ahora cuando tenemos que devolverle todo lo que ella ha hecho por nosotros.

Los que nacimos en los años 70 y tenemos la suerte de tener con nosotros a nuestros padres, empezamos a mirarles de otra manera. Ya no nos parecen tan invencibles. La preocupación por su salud aparece, primero tímida, luego constante.

Es cierto que la esperanza de vida ha aumentado, especialmente en las mujeres. Se suele decir que los 70 de hoy son los 60 de hace años. Vivimos más y, sin duda, mejor gracias a los avances médicos, los hábitos saludables y un cambio de mentalidad que ha llevado a toda una generación a vivir sus años de madurez con más vitalidad, más autonomía y, sobre todo, con una nueva forma de entender el paso del tiempo.

Sin embargo, cuando a nuestros mayores le llega la enfermedad, la vida cambia de golpe. A veces empieza con una caída aparentemente sin importancia, un cansancio que cesa o una dolencia crónica. Le sigue alguna visita al médico, realización de pruebas, esperas. Y, casi sin darte cuenta, entras en un bucle que lo transforma todo. Tu tiempo deja de ser tuyo. Te conviertes en cuidador. Veinticuatro horas al día, pendiente, alerta.

Es entonces cuando recuerdas todo lo que tu madre hizo por ti: estuvo ahí cuando eras tú la que enfermabas, sacó adelante tus estudios, te orientó, te acompañó, te sostuvo, cuidó de tus hijos como si fueran suyos. En realidad, nunca dejó de cuidarte.

Hay personas que pasan a ser cuidadoras con una entrega que conmueve. Patricia vive con su madre y vive para cuidarla. Es una mujer llena de energía y de amor. Conmueve ver cómo la quiere y cómo la cuida: cada noche en vela, atenta a que no falle la luz porque necesita un respirador; buscando la manera de colarle pequeñas alegrías, como aquella sorpresa de cumpleaños rodeada de amigos. Una entrega silenciosa, constante, hecha de gestos cotidianos, donde el amor es incondicional

Mi amigo Pedro organiza su vida en función a las necesidades de su madre, aunque, a penas, le reconoce. Su pasión es viajar, pero como el dice, “las circunstancias mandan” y de momento nos conformaremos con el grupo de whatsapp “Hablemos de París”. Cada día es un ejercicio de paciencia y amor.

Mi amiga Geli acompañó a su madre hasta los cien años. Incluso le creó redes sociales donde compartía su vida cotidiana, como aquel árbol de Navidad hecho con flores de croché. Cuando su madre falleció, Geli enfermó. Como si hubiera resistido todo ese tiempo sostenida por una coraza invisible, tejida por la responsabilidad de cuidar, sin permitirse caer porque su madre la necesitaba.

Son muchas las historias. Muchas las personas que cuidan de sus madres “malas”, enfermas, dependientes. Madres que, además, cargan con otro peso: el de sentirse una carga. El de pedir ayuda sin querer hacerlo. Madres que miran a sus hijas e hijos con una mezcla entre gratitud y culpa.

Desde ese momento en el que empiezan a necesitar compañía para ir al médico, para hacerse pruebas, para lo más básico. En ese instante en el que entienden que su autonomía se desvanece. Debe de ser duro. Mucho. Sobre todo cuando se dan cuenta que la enfermedad ya no es un episodio, sino un cambio radical en sus vidas y la de las personas que le rodean.

Ellas son las primeras que sufren. Por su salud, sí, pero también por lo que implica depender. Por lo que sienten que dejan de ser.

Y, sin embargo, si la vida nos concede años, todos pasaremos por ahí.

Todos necesitaremos que alguien nos cuide.

Quizá por eso, en este Día de la Madre, también habría que pedirles algo a ellas. A esas madres “malas” que un día fueron las mejores: Tener un poco de paciencia, ser buenas enfermas y sentiros tranquilas porque es bello ver como tu hijo o hija ha recibido tanto amor de tu parte que ahora te lo devuelve.

Este artículo va por nuestras madres enfermas pero también por tantas hijas e hijos como Patricia, Pedro o Geli que son los mejores cuidadores y las mejores personas.

PD. Mami, espero que sigas teniendo tan buena salud y espíritu eternamente. Feliz día de la madre.