No podemos pasar por alto que vivimos en un entorno donde el conocimiento está por doquier, por lo que ya no basta con acumularlo o memorizarlo, más bien que sea accesible y comprensible en nuestros alumnos, y una vía efectiva es mediante la adquisición de competencia digital.
Así, que, dejémonos de discursos vacíos y caer en la trampa de olas o modas que intenten cambiarnos el paso. Concretamente hace unos años lo correcto era tener que llenar de pantallas las aulas y ahora lo cool es tener las aulas sin pantallas como abogan los anti-tecnologías.
Llegados a este punto ¿qué hacemos? Y es aquí cuando invoco a los autores Siemens y Downes sobre la teoría del conectivismo, que nos indica que el aprendizaje no es un acto íntimo per se, sino un fenómeno que ocurre en redes (humanas y tecnológicas), permitiendo que el conocimiento se distribuya y actualiza constantemente.
El conectivismo pone el dedo en la llaga cuando infiere que la revolución digital (acelerada por la pandemia y encierro forzoso) cambió las reglas del juego, dándole especial relevancia a la ubicuidad, y que fue posible gracias a la videollamada que empezó a usarse de manera intensiva en los colegios con el objetivo de mantener el contacto alumno-profesor. Esto supuso un cambio significativo en la forma de aprender y de enseñar.
Ciertamente, el conectivismo provoca en los docentes algo de ansiedad y pérdida de control (el control al que estaban acostumbrados, claro está). Pero lo más honesto sería llamarlo cambio de control, o lo que es lo mismo, pasar del monopolio de la clase magistral a tener cintura para debatir y orientar, aplicando más que nunca la mayéutica.
Por tanto, el conectivismo bien entendido no resta autorictas al profesor, más bien lo obliga a ser más profesor que nunca, porque el valor ya no está en recitar o memorizar datos, sino en entrenar el pensamiento crítico del alumnado.
Los principios conectivistas ponen el acento en el hecho de que el conocimiento nace de la diversidad de opiniones, que el proceso es cíclico: conectar–reinterpretar–compartir–volver a conectar. Además, nadie pone en duda que el conocimiento no solo reside en el ser humano, también en comunidades, redes o bases de datos, y es ahí cuando el proceso toma interés, pues las decisiones de dónde buscar es parte del aprendizaje; porque lo que hoy es válido mañana puede quedar obsoleto.
Aquí aparece un riesgo que a veces se camufla bajo la retórica tecnológica, cuando se confunde “estar conectado” con “estar aprendiendo”. La conectividad es condición sine qua non, aunque no es garantía de éxito en el proceso enseñanza-aprendizaje, pero sin duda es una apoyatura para los docentes y discentes, siempre que vayan de la mano y en un sentido correcto.
Cierto es que Internet y, más si cabe, la IA generativa, puede provocar en los alumnos caer en la tentación de cortar y pegar, buscar respuestas instantáneas y tutoriales que sustituyan comprensión por imitación.
Por tanto, el conectivismo no debería convertirse en una coartada para la vaguería cognitiva, más bien la potenciación de la capacidad intelectual de nuestros alumnos. De hecho, el profesorado debe subir el listón a la hora de encargar trabajos de investigación en sus alumnos, ya que disponen estos de herramientas y apoyo que antes no se tenían, por tanto, el output debe ser de mayor calidad.
En conclusión, el alumno de hoy cuenta con mayores apoyos, y es por esta razón por la que deben rendir más y, como consecuencia directa, el profesor debe ser más exigente a la hora de marcar el límite del aprendizaje que deben alcanzar sus alumnos.
El conectivismo no es una moda pedagógica, es una descripción bastante fiel del ecosistema que vivimos. La IA, además, no solo amplía el acceso, más bien reconfigura la búsqueda. Ya no preguntamos a un buscador con datos indexados, más bien dialogamos con sistemas que sintetizan. Y en este nuevo escenario nos obligamos a rediseñar la educación, de modo que los centros educativos tienen que adaptarse y evolucionar sin remisión.
Ahora bien, en mi condición de docente puedo aseverar que el conectivismo es útil, sí, pero también puede ser una trampa si no se acompaña de método y seguimiento estrecho. En la literatura sobre el tema se señala que el aprendizaje en red plantea debates epistemológicos y, de paso, exige condiciones para que no se quede en una intención.
Pero sobre todo tiene un punto ciego del que hablamos menos de lo que deberíamos, nos referimos a la desigualdad de acceso, de uso y costumbre. Conectarse no es solo tener wifi y un terminal conectado, es sobre todo saber buscar fuentes fidedignas, discriminar las que no lo son y tener criterio para evaluar respuestas.
Si no cuidamos estos aspectos la brecha digital-educativa se ampliará inexorablemente. En ese caso podemos hablar de pobreza educativa cuando el alumno no domina la IA generativa o bien no accede a las novedades que se están imponiendo. De hecho, aparece un gap importante en los alumnos de secundaria y bachillerato cuando no usan la IA generativa o bien la usa de un modo incorrecto, y no digamos en la etapa universitaria.
Al final, la pregunta no es si adoptamos conectivismo o no. La red y la IA ya está aquí, dentro y fuera del aula. La pregunta correcta es si la escuela se atreve a asumir su misión más urgente a la hora de formar ciudadanos capaces de vivir en un mundo donde hay una situación de sobre información, en el que la verdad compite a diario con información sesgada, interesada y en ocasiones imperfecta.
Quizá el mayor aporte del conectivismo sea recordarnos que educar y formar a menores de edad va en línea de que cada alumno o alumna desarrolle una brújula interior que le oriente en el vasto mundo del ciberespacio. Cuando esto ocurre habremos hecho algo más valioso, me refiero a potenciar en nuestros alumnos la competencia de aprender a aprender.