A veces, muy de tarde en tarde, salgo a desayunar y me cruzo con otro malagueño. Es lo que ocurre cuando se tiene la oficina en la calle Cister, epicentro del turismo incansable, puerta de entrada hacia el centro de la ciudad de las disciplinadas excursiones de cruceristas, que contemplan con asombro sincero la repentina vista diáfana y lateral de la Catedral de Nuestra Señora de la Encarnación.

En más de una ocasión he tenido que pedir permiso, siempre educado, a quienes eligen justo la puerta de la oficina para hacer esas fotos bien iluminadas que más tarde compartirán en sus redes sociales, en Facebook, en Instagram, viralizando las bondades climáticas y patrimoniales de esta ciudad en la que cada vez es más complicado reconocerse.

Volvamos al principio, a ese intercambio de miradas casi furtivas con quienes suponemos que comparten ciudadanía con nosotros. La población local que frecuenta esta zona lo hace para ir a desayunar a la cafetería El Jardín, siempre en su sitio, o de camino al Ayuntamiento.

Al primer grupo se les distingue por su edad, suelen formar parte de animadas tertulias que resuelven los problemas del país a la hora del café. Antes abordaban asuntos de más envergadura, geopolíticos, sus comentarios desbordaban ambición y clarividencia.

De un tiempo a esta parte, la actualidad nacional es tan intensa, las posiciones tan conflictivas, que resulta difícil incluso opinar sobre asuntos más o menos populares, pero ajenos a las fronteras españolas.

Entre sorbo y sorbo surgen las recetas, las soluciones, alimentadas por otras recetas y soluciones ya compartidas la noche anterior por tertulianos y todólogos más mediáticos y con más seguidores.

Uno de mis sitios preferidos para desayunar en Málaga, ahora que no me lee nadie, es la cafetería Monteblanco. Hicieron una reforma, pero sin perder la identidad del local, ubicado en la esquina de Ollerías con el nacimiento de la calle Álamos.

Mantienen los cafés de toda la vida, la clientela es mayoritariamente local -con incursiones puntuales de turistas atraídos por lo que fue la esencia del malagueñismo-, y tienen unos molletes que invitan a dar gracias a Dios, porque son los molletes de siempre, de pan blanco, hermosos en su inocencia, resistentes a modas pasajeras e imposiciones de las revistas de tendencias.

Con la inapelable ayuda de la Simvastatina, suelo decantarme por contenidos poco recomendados por la medicina preventiva actual, como el lomo en manteca o la zurrapa de lomo, con peticiones ocasionales y caprichosas de jamón york con mantequilla Zas, esa mantequilla salada que estimula las papilas y ejerce un efecto similar al de la magdalena de Proust, aunque en mi casa, de pequeño, lo que de verdad me gustaban eran los bocadillos de chorizo pamplonica con triple ración de mantequilla que me preparaba mi madre para ir al colegio, bocadillos que eran devorados en los recreos a escondidas de gorrones y pedigüeños, que los había.

Los turistas no terminan de apreciar el concepto meridional de desayuno, prefieren el take away, llevarse los cafés, incluso los de especialidad, en vasos de plástico con tapadera e incómodas boquillas diseñadas en el acelerado mundo anglosajón. No saben lo que se pierden.

En Monteblanco no hay televisor, y en la radio se escucha música, casi siempre de los ochenta y noventa. Te comes tu ración de colesterol, con tu cola cao calentito y sabroso, mientras suenan Queen, George Michael o Michael Jackson, y ves a trabajadoras de un supermercado cercano, de uniforme, tarareando las canciones mientras esperan a que se enfríen sus cafés o a que les lleven a la mesa los molletes, los de ellas siempre más pequeños y más sanos que los míos, porque la música es reconocible y así no se habla ni de política, ni de First Dates ni de La Isla de las Tentaciones. Saben lo que hacen en esa cafetería, que es un oasis de profesionalidad local y buen gusto en este centro histórico rendido al turista y sus apetencias.

De regreso al trabajo pienso en el cierre de la cafetería Diamante. Por las mañanas paso por la calle Compañía en dirección a la Plaza de la Constitución, camino de la oficina. Llevo tiempo viendo desde la esquina el éxito del local, gracias a los usuarios de las viviendas turísticas que proliferan por el entorno de Pozos Dulces y la Plazuela de la Virgen de las Penas.

El turismo internacional suele ser madrugador, nada perezoso, y pasadas las siete de la madrugada ese bar recién cerrado bullía de clientes de ojos azules y rostros descansados, nada que ver con esos desayunos primerizos de los juerguistas locales, que tan a menudo acababan en gritos y escándalo, porque la clientela aún ebria pedía cafés y copas de anís y de coñac, o incluso cubalibres de ginebra, como Dios manda.

El cierre del bar Diamante, entonces, ha sido por jubilación, no por falta de clientela ni por traición a las esencias. De repente, dos chicas muy jóvenes me salen al paso para identificarse, presentarse y hacerme un par de preguntas.

Son estudiantes de español y están rellenando un formulario: necesitan saber lo que es un campero y lo que es un espeto. Son inglesas, de una pequeña ciudad a medio camino entre Londres y Oxford, y su amable simpatía me impulsa a explicarles que el campero es un bocadillo típico de Málaga, que debe llevar jamón, queso, mayonesa, lechuga y tomate, y que los espetos son sardinas atravesadas por una caña y hechas a la brasa, de olivo o encina, nada de planchas industriales o combustibles fósiles.

Mi entusiasmo las lleva a hablar entre ellas y a tomar la decisión de probar un campero cuanto antes. Quizás se enamoren de la ciudad, de lo que queda de ella, y prueben a volver, a quedarse, a buscarse un trabajo ocasional ahora que el cielo se ha despejado por fin y que todo invita a disfrutar de la juventud y sus posibilidades.

No creo que hayan leído a Kavafis, ni que sepan casi nada del Grand Tour, pero me gustaría pensar que sí. El escaparate que anuncia el cierre inminente de Abadía, templo de los libros de segunda mano, usados y de ocasión, reabre el asunto de las jubilaciones, que nunca llegan para los que necesitamos ese tiempo libre y precioso para leer y pasear. La mañana es agradable, no hay demasiado colapso y ya estoy en la puerta de la oficina. El ordenador me espera.