El primer día de colegio después de Reyes no suele ser fácil para ningún niño.
Para Marcos, a sus 9 años, no era diferente. Su problema no es que hubiera pasado mala noche de forma puntual, sino que llevaba varias semanas acumulando cansancio.
Desde Navidad, la hora de acostarse se había ido retrasando sin que nadie lo percibiera como un problema. Vacaciones, mañanas sin colegio, una “tableta” nueva y “solo un rato más, por la noche”. Nada excepcional. Nada alarmante.
En casa no había discusiones ni conflictos. Marcos no protestaba, pero cada mañana tardaba más en activarse. En el colegio, la tutora empezó a notar algo diferente: distracciones frecuentes, bostezos constantes, dificultad para seguir explicaciones sencillas.
A la tercera semana, se quedó dormido en clase. Días después, durante el recreo, tropezó bajando unas escaleras y se golpeó la rodilla, sufriendo un pequeño corte. Fue un accidente leve, sin consecuencias graves, pero suficiente para encender una señal de alerta.
En la consulta pediátrica no apareció ninguna enfermedad clásica: no había datos de ninguna infección ni de anemia ni de ninguna otra cosa. El problema estaba en el horario.
Marcos dormía, de forma sostenida, entre dos y tres horas menos de las recomendadas para su edad. No se trataba de una mala noche aislada, sino de déficit crónico de sueño.
Tradicionalmente, el sueño infantil se asocia al bienestar o al rendimiento escolar. Sin embargo, cada vez existe más evidencia de que dormir poco es también un factor de riesgo para la seguridad infantil: se reduce el tiempo de reacción, se altera la coordinación y se disminuye la percepción del peligro.
Diversos estudios indican que en la población escolar los niños con privación de sueño presentan hasta un 30–40 % más de accidentes leves, caídas o golpes durante la actividad física o el recreo. En adolescentes, el impacto es aún mayor, con incremento del riesgo de accidentes como peatones o ciclistas.
Dormir menos no solo afecta al aprendizaje: aumenta la probabilidad de hacerse daño. Este enfoque convierte el sueño en una medida y una necesidad preventiva, comparable al uso del casco o del cinturón de seguridad. No es un lujo, ni una recomendación opcional: es una herramienta básica de protección.
Este problema suele estar infravalorado, pero los datos confirman que el caso de Marcos no es excepcional. En España, más del 30 % de los niños en edad escolar no alcanza las horas de sueño recomendadas, cifra que aumenta tras los periodos vacacionales.
Las vacaciones de Navidad y la llegada de regalos tecnológicos marcan un punto crítico: el tiempo de uso de pantallas en menores aumenta entre un 20% y un 30%, especialmente en horario nocturno.
La exposición a pantallas antes de dormir interfiere con la secreción de la hormona melatonina, retrasa la conciliación del sueño y fragmenta su calidad.
El resultado no siempre es un niño somnoliento, sino un niño irritable, disperso o aparentemente desmotivado, lo que favorece interpretaciones erróneas sobre su conducta o capacidad.
Su impacto es silencioso en el sistema sanitario y educativo. El déficit de sueño infantil tiene consecuencias que van más allá del ámbito familiar. Desde una perspectiva de salud pública, se asocia a un aumento de consultas pediátricas por cefalea, dolor abdominal, cansancio inespecífico o problemas de conducta.
Diversos estudios europeos estiman que hasta el 15% de las consultas por dificultades de atención o comportamiento en atención primaria, están relacionadas con hábitos de sueño inadecuados y no con patología neurológica o psiquiátrica.
En el entorno escolar, la falta de sueño contribuye al bajo rendimiento académico, dificultades de aprendizaje mal interpretadas y derivaciones innecesarias a apoyo educativo o sanitario. Mejorar los hábitos de sueño es, por tanto, una intervención de bajo coste y alto impacto, tanto para las familias como para los sistemas educativo y sanitario.
Las recomendaciones son claras y consistentes. La Organización Mundial de la Salud establece que los niños en edad escolar deben dormir entre 9 y 11 horas diarias, y los adolescentes entre 8 y 10 horas.
La American Academy of Pediatrics aconseja evitar pantallas al menos una hora antes de acostarse y mantener horarios estables incluso en vacaciones. La Asociación Española de Pediatría insiste en que los dispositivos electrónicos no deben permanecer en la habitación durante la noche.
En el caso de Marcos, los cambios fueron simples, pero firmes: adelantar la cena, retirar la tableta por la noche, mantener horarios regulares. No hubo castigos, ni prohibiciones dramáticas. Hubo concienciación.
En pocas semanas, el cansancio desapareció, el rendimiento escolar mejoró y no ocurrieron nuevos accidentes. El periodo post-Reyes invita a revisar no solo lo que regalamos, sino qué hábitos acompañan a esos regalos. La tecnología no es el problema; lo es su uso sin límites, ni horarios. Dormir no compite con aprender, jugar o crecer. Dormir los hace posibles.
La moraleja es sencilla y basada en evidencia: proteger el sueño infantil es una decisión de salud, seguridad y educación. A veces, el mejor regalo no tiene pantalla, ni envoltorio. A veces, el mejor regalo, es apagar la luz a tiempo.