La vida es una tómbola y nunca sabes muy bien qué te puede suceder. Hace años fui al cine con mis sobrinos a ver aquella película titulada Una serie de catastróficas desdichas, del escritor Daniel Handler, más conocido por su pseudónimo de Lemony Snicket.
El título original en inglés hacía referencia, más bien, a una serie de eventos desafortunados, todo lo contrario de lo que tuvo que ocurrir para que el pasado 15 de octubre acabara en el sur de Lugo, en el Palacio de Sober, inaugurando un foro sobre turismo sostenible. Pocos lugares mejores que la Ribeira Sacra para tratar este tema.
El caso es que alguien de la Universidad de Santiago de Compostela que me había escuchado en otro evento sobre internet y menores le habló de mí a los responsables de la Unión de Consumidores de Galicia, y cuando me invitaron dije que sí.
Hace un tiempo publiqué algunas cosas sobre turismo, y siendo de Málaga algo se sabe sobre el tema, aunque sea por contacto directo sobre el terreno, por ese trabajo de campo cotidiano.
Trabajar en el centro de Málaga, presenciar día a día las consecuencias del éxito desmedido, las calles invadidas, las terrazas llenas de parejas cenando a la hora de nuestra merienda, o sufrir la increíble historia de las aceras menguantes (por el avance imparable de las terrazas de los bares) puede aportar algo a quienes, en otros lugares de España, piensan en los beneficios innegables del turismo, pero también en cuestiones como la sostenibilidad.
En el año 1998 hice un estudio comparando los datos de la Encuesta de Ocupación Hotelera de la provincia de Málaga y otros destinos que podían ser similares. Encontré que, al margen de Madrid y Barcelona, los destinos insulares (Baleares y las dos provincias canarias) tenían un comportamiento distinto al de los destinos peninsulares.
Y también que había una evidente diferencia entre Málaga, Gerona y Alicante: la calidad de la planta hotelera, que al ser mejor en Málaga permitía crear más empleo directo y mitigar un poco la estacionalidad.
En aquellos años el reto era conseguir la llegada de más turistas durante más tiempo, para facilitar la estabilidad del empleo en el sector. Y en ese punto se encuentran ahora mismo muchos otros destinos de España, que ven en el turismo una oportunidad económica y social, incluso un revulsivo demográfico, porque la masificación turística o turistificación va por barrios y es un problema de algunos destinos, pero no de la mayor parte del territorio nacional.
En 2013 di varias conferencias sobre la entonces llamada economía colaborativa, cuyos efectos negativos en ciudades como San Francisco o Nueva York ya se dejaban notar. Nadie hizo caso a las advertencias que llegaban sobre los efectos colaterales del auge de las plataformas -con Airbnb a la cabeza- y ahora sufrimos la situación.
La conversión de la vivienda en un activo financiero; la primacía del alquiler vacacional sobre el residencial, debido a su alta rentabilidad; la expulsión de los vecinos de sus barrios y ciudades en favor de los turistas; la sustitución del ordenamiento urbano y la planificación por el servilismo administrativo hacia los operadores económicos y fondos multimillonarios de inversión: todo esto ya se sabía en 2013, pero doce años después la respuesta de las administraciones públicas, encargadas de conciliar los legítimos intereses de la inversión privada con los no menos legítimos intereses de la sociedad, los ciudadanos y el tejido empresarial local, ha sido lenta, tibia, confusa e ineficaz. De aquellos polvos vienen estos lodos, que en algunas ciudades conocemos realmente bien.
En Ibiza tuve la oportunidad de explicar en 2019 lo que yo mismo llamé la metáfora del crucero: un crucero estándar dispone de 6.000 plazas, de las que 1.500 corresponden a la tripulación y el resto a los pasajeros.
Si vendes todas las plazas a los pasajeros, el crucero ni siquiera puede salir del puerto. Se hizo el silencio. En 2019 los trabajadores de la temporada alta ibicenca usaban roulottes y cámpings, en 2025 hasta 1.500 personas tuvieron que recurrir a un asentamiento chabolista, desmantelado por las autoridades. En algunas zonas de Málaga el precio de la vivienda es ya un obstáculo para conseguir personal en temporada alta. Imagino que nadie hará nada, más allá de lamentarse.
Terminé hablando de la tecnología, de las posibilidades que ofrece la digitalización para la gestión de los destinos, pero también de iniciativas privadas como el Global Destination Sustainability Index o la metodología del Resident Sentiment Index.
En el primer caso, los destinos más sostenibles apuestan por la certificación en sostenibilidad de todos los actores que intervienen en la actividad turística territorial; en el otro caso, una investigación exhaustiva permite detectar qué sienten los residentes, los que viven todo el año en el destino, sobre las consecuencias del turismo.
Aunque detrás haya consultoras privadas, estudiar estos documentos y tratar de aprender algo de ellos es gratis. Y, para terminar, defendí que no hay turismofobia en España, pero sí una crítica legítima, mesurada y razonable a los impactos negativos del turismo en localidades muy concretas.
Lo mejor, sin duda, de asistir a estos eventos es conocer a verdaderos expertos, escucharlos y aprender de ellos. Juliana Caicedo Buitrago, de la Universidad Alfonso X, que intervenía en representación de la Asociación de Internautas, introdujo con oportunidad y acierto el concepto de gobernanza.
La profesora de ciencias políticas Erika Jaráiz Gulias, de la Universidad de Santiago de Compostela, estuvo brillante al defender que un asunto como el turismo había pasado de ser un tema de discusión y debate político a fijar posiciones políticas, es decir, que un issue se ha convertido en un cleavage, en términos de ciencia política.
Y también sostuvo que una cosa es politizar un debate -algo imprescindible, porque en democracia las cuestiones se debaten en la esfera política- y otra instrumentalizarlo para utilizarlo contra las instituciones, o contra la sociedad civil que protesta.
Su aportación finalizó con una idea muy relevante: estamos echando la culpa al turismo de problemas que son estructurales, como la falta de capacidad de los servicios públicos, el escaso desarrollo de los planes de vivienda protegida o las carencias en inversión en infraestructuras.
En otra línea, con la que estoy muy de acuerdo, Pablo Díaz Rodríguez, profesor de antropología social de la Universidad de La Laguna, aportó que se está utilizando la etiqueta negativa de turismofobia para estigmatizar las razonables protestas sociales por la turistificación, y también que es necesario deconstruir las clasificaciones, puesto que ya se sabe que los antiguos turistas de sol y playa hoy también hacen ecoturismo, por ejemplo, y que los “guetos turísticos” hoy por hoy ya no existen porque las viviendas han diseminado la actividad por todo el territorio.
Sostuvo este profesor que en las Canarias mucha gente percibe que el turismo apenas deja en las islas unas migajas del negocio, cada vez más insuficientes.
Finalmente, con Jesús Conde García, profesor de urbanismo en la Universidad de La Coruña, coincidí en el viejo debate sobre los usos del suelo: los hoteles deben comprar suelo terciario, mientras que se ha permitido el uso turístico incontrolado de viviendas ubicadas en suelo residencial. ¿Permitiríamos que en la vivienda de al lado alguien instalase un alambique para fabricar bebidas alcohólicas? ¿O cualquier otro tipo de actividad de carácter industrial que conlleve cumplir una regulación y unos riesgos? No parece nada razonable, y no lo es.
Podría seguir escribiendo, pero se agota el espacio. Por la tarde, mis amabilísimos anfitriones, Miguel López Crespo y Francisco Longarela, me llevaron al mirador de Santiorxo, sobre el Sil. En ese entorno más que sostenible y casi vacío, apareció un joven con una camiseta artesana del Dépor donde destacaba una consigna frontal: “somos el puto Dépor, hermano”.
El Málaga le acababa de ganar 3-0 en La Rosaleda a su equipo y le pedí que nos hiciésemos un selfie. Cuando le dije que era de Málaga, justo antes de la foto, nos reímos con ganas.
Nadie quiere acabar con el turismo, que permite este tipo de encuentros casuales y alegres, pero cuidado con hablar de turismofobia cuando se plantean protestas razonables sobre el servilismo administrativo hacia los grandes (o famosos) inversores, el aparcamiento de las licencias y autorizaciones urbanísticas que hacen funcionar la ciudad, la ausencia de planificación y regulación o las evidentes incomodidades y desequilibrios que causa un turismo basado en la cantidad, en la necesidad de romper cada año el récord de visitantes.
No es turismofobia, es tan sólo sentido común y de pertenencia, y defensa de los derechos ciudadanos. Por si alguien lo ha olvidado.