Para los lectores y compradores compulsivos de libros, desafiando el tantas veces repetido verso de T. S. Eliot, septiembre es el mes más cruel.

Las editoriales lanzan las novedades para hacerse con el espacio en las librerías, anuncian los lanzamientos del cuatrimestre, y a uno se le hace la boca agua soñando con todo lo que le gustaría comprar y leer, al tiempo que su parte más racional comienza a emitir señales fundadas de alarma, advirtiendo de la incapacidad económica para pagar tantos deseos, por cultivados que sean, y de la falta de tiempo para afrontar tantas lecturas.

En las redes proliferan ahora frases cortas sobre casi cualquier tema, a veces apócrifas, otras bien citadas, a menudo de procedencia dudosa. Una de ellas - atribuida a Schopenhauer, nada menos- sostiene que comprar libros supone adquirir el tiempo para leerlos; otra más divertida definía el optimismo como la decisión de ir a la playa con niños pequeños y llevarte un libro.

El caso es que ya asoma en el horizonte la edad de jubilación, y la tentación de ir creando una biblioteca para ese ansiado momento de expansión del tiempo libre está ahí, sobre todo ahora que la tensión alta y el colesterol malo desaconsejan comer y beber más de la cuenta.

Así que llega septiembre, con su carrusel de novedades y tentaciones, y las alegres baldas de nuestras librerías favoritas cumplen la misma función que los anuncios de juguetes en las proximidades de las fiestas navideñas: alentar nuestros sanos deseos de volver a ser felices como niños.

Sin embargo, en muchos países se ha detectado una fuerte crisis de la lectura por ocio, por placer. No estamos hablando, creo, de esas lecturas profesionales de manuales tediosos que deberían ayudarnos a saber un poco más de la última legislación aprobada o de la ubicua inteligencia artificial.

Se trata de la sana lectura porque sí, por gusto, por alejarnos del ruido y la furia que nos envuelven y atosigan. En los Estados Unidos, un estudio publicado este verano por investigadoras de la Universidad de Florida y de la UCL londinense ha puesto de manifiesto que en 2004 el 28% de la población leía a diario por placer, y que en 2023 ese porcentaje ha caído al 16%.

Además, la lectura se concentra en un perfil muy concreto (mujeres de raza blanca, con estudios y residentes en áreas metropolitanas), de manera que las autoras del estudio proponen estrategias de fomento de la lectura en otros segmentos demográficos, menos proclives o con más dificultades para hacerlo.

Este trabajo fue recogido por el New York Times, que en un texto firmado por Maggie Astor señalaba una de las grandes claves de la aportación de la lectura al bienestar mental: la opción de comentar los libros con otras personas.

De esta manera, lo que se defiende no sólo es el placer solitario y aislado de desgranar lo que nos ofrece un buen libro, sino también la oportunidad de socialización que aportan las lecturas, en diálogo con otras personas, conocidas o desconocidas.

Estados Unidos se está convirtiendo en un país extraño, cada vez más dividido y propenso a censurar libros en función de sus contenidos, a purgar bibliotecas y listas de lecturas escolares.

En España, según los informes oficiales, la lectura goza de buena salud. Podemos debatir si hay demasiadas novedades, si la oferta es exagerada, si todo el mundo -aquí incluyo instituciones públicas- quiere publicar su libro como contribución al presente y a la posteridad.

Pero tenemos la ventaja de ser el vehículo que une a 400 millones de hispanohablantes, y a las novedades españolas hay que sumar el interés que despierta siempre la narrativa hispanoamericana, fácil de traer al mercado nacional por motivos obvios.

La última encuesta de hábitos de lectura y compra de libros en España, publicada en enero de 2025, afirma que un 70% de los españoles mayores de 14 años lee libros, y que, de ese porcentaje, dos tercios lo hacen por placer (el otro tercio por motivos profesionales). Cada cual que mire a su alrededor y analice si esto puede aproximarse a la realidad o es exagerado, incluso falso.

El bono cultural joven, lo sabemos, se ha destinado sobre todo a conciertos de música infame a oídos de los adultos, más que a la compra de libros o a suscripciones a periódicos y revistas, pero había un porcentaje mínimo de gasto en libros físicos y gracias a eso uno de mis hijos tuvo el detalle de regalarme nada menos que la edición de bolsillo de 2666, de Roberto Bolaño, desaparecida de mi biblioteca. Todo un detalle, pagado con dinero público.

En Europa también hay movimiento. Un anuncio en Facebook, la red social que no debe ser nombrada, me dice que en Dinamarca se están planteando pasar el IVA de los libros del 25% al 0%, para fomentar la lectura. Pongo en cuarentena cualquier cosa que vea o lea en esa red social, así que contrasto la información y resulta ser veraz, para mi sorpresa.

Las caídas de los índices de lectura, y la convicción de que leer por placer es bueno para los individuos y la sociedad están detrás de esa decisión, por ahora en estudio. Dudo mucho que se pudiera hacer algo parecido en España: todos los sectores económicos pedirían una medida similar en cuanto bajasen sus ventas, como ya ha ocurrido en otras ocasiones.

Las bajadas de impuestos las carga el diablo. Una cosa buena de nuestro país es que funcionan los clubes de lectura, las bibliotecas públicas organizan multitud de actividades y presentaciones de libros, las librerías grandes y pequeñas se han convertido en puntos de encuentro y raro es el municipio que no cuenta con una feria del libro, una semana cultural o una programación sostenida en el tiempo de fomento de la lectura.

Unos días después de escribir esta columna sucede la polémica con María Pombo y me veo obligado a cambiar el final. Defendía Daniel Pennac el derecho a no leer, pero también sabemos por los informes PISA que una buena biblioteca en casa es el mejor predictor del éxito escolar de los niños.

De los años 30 y de La Barraca y otras iniciativas aprendimos la necesidad de llevar la cultura, en cualquiera de sus manifestaciones, precisamente a donde más difícil es el acceso a ella, que a menudo es donde más se aprecia y se necesita. Cada libro es una luz que espera ser encendida. Donde más brilla es en los sitios más oscuros.