Lo que parecía una lección teórica de microeconomía ya se ha convertido en la amenaza más real para nuestras ciudades: hemos roto el ciclo natural de la lluvia.

Recuerdo perfectamente mi primera lección en la facultad de Económicas. Aquel día, el profesor de Microeconomía, visiblemente alterado, nos lanzó una afirmación que me dejó desconcertada: “El agua, siendo un bien libre, podría llegar a convertirse en un bien económico, sujeto a la ley de la oferta y la demanda”.

Yo, como muchos de mis compañeros, no entendí bien a qué se refería. Pensaba que hablaba de un futuro remoto, casi de ciencia ficción. Hoy sé que se refería a un futuro muy cercano. Al presente que ya estamos viviendo.

Nos quejamos de la lluvia porque nos moja, sin pensar que su ausencia prepara la verdadera catástrofe. En la naturaleza, cada gota es un eslabón vital: hidrata la tierra, alimenta los ríos, recarga los acuíferos y sostiene la vida.

En la ciudad, en cambio, esa misión se rompe. La lluvia se convierte en un fantasma inútil, expulsado de su ciclo natural, condenado a perderse… y con ella, poco a poco, también se pierde nuestro futuro.

El problema es que esa lluvia tenía una misión. Al negársela, desatamos un efecto dominó implacable: ríos secos, cosechas arruinadas, bosques en llamas, vida silvestre desapareciendo… y ciudades cada vez más asfixiadas por inundaciones y desastres.

Lo más paradójico es que la naturaleza ya nos enseñó cómo hacerlo bien. Ella absorbe, almacena, filtra y distribuye el agua con una eficiencia que ninguna infraestructura humana ha podido replicar. Cada bosque, cada humedal, cada pradera es una máquina viva que convierte la lluvia en vida.

La buena noticia es que aún podemos aprender de ella. La llamada Arquitectura Basada en la Naturaleza está devolviendo al agua su lugar: edificios que permiten la infiltración, calles que respiran, parques que capturan y guardan el agua para tiempos secos. Tecnologías verdes que no solo gestionan la escorrentía, sino que purifican el agua y la devuelven limpia al suelo.

No hablamos únicamente de prevenir inundaciones. Hablamos de un cambio de mentalidad: diseñar ciudades que cuiden el ciclo del agua es diseñar ciudades que cuiden de la vida. Porque sin agua, simplemente, no hay nada.

El futuro urbano será sostenible o no será.

Cuando el agua cotice en bolsa, será demasiado tarde para comprender que nunca debió tener precio.