Mi sobrino mayor celebraba su cumpleaños –42 ya, quién lo diría– y decidimos darle una sorpresa y presentarnos en la Feria de Málaga para estar con él y con otros sobrinos y amigos a los que conozco desde hace tiempo.

Aunque mis hijos tienen que estudiar para los exámenes de septiembre –han hecho el primer curso en la Universidad de Córdoba–, la idea de ir a la gran feria del sur de Europa, ver a sus primos y disfrutar de una larga noche de barra libre subvencionada por su padre y sus primos –ya mayores y trabajando– les sedujo y desbordó su incipiente sentido de la responsabilidad.

Al fin y al cabo, el organizador de la excursión era su propio padre, el vigilante atento de sus perezas estudiantiles, y la cosa se resolvió no sin cierto debate familiar, como se pueden ustedes imaginar.

El caso es que cogimos el tren a las 16:28 horas, cruzando el cordobés Parque de los Patos a una temperatura capaz de convertir aquella zona ajardinada en una suerte de jungla monzónica.

Llegamos a Málaga y, previo paso por casa de mi madre para dejar unas mudas para la mañana siguiente –uno es veterano y sabe que es imposible volver limpio de la Feria malagueña– nos fuimos al Real.

En el tren, y antes del tren, mis hijos mayores me comentaron que los planes de sus amigos para el próximo verano es ir de crucero para aprovechar la barra libre y disfrutar de un camarote compartido al estilo de los hermanos Marx.

Pensé que en mi época el sueño de los estudiantes universitarios primerizos no iba más allá de poder disponer de un coche de segunda mano, símbolo de movilidad y libertad, y habitáculo incómodo de los primeros escarceos sexuales.

Cómo ha cambiado la cosa. Ahora los chavales se mueven en patinetes o en transporte público o en Uber y Cabify cuando la hora lo requiere, y tiene uno la impresión, quizás equivocada, de que mi generación le daba mucha más importancia al sexo.

Quién sabe. Lo que sí tengo claro es que yo no voy a dejar de vivir razonablemente bien para que mis hijos se peguen la vida padre, y ellos también lo saben.

Mi única objeción a esos planes de navegación en cubiertas de barra fija se la haría a esas familias que renuncian a una cerveza en una terraza o a ir al cine y al teatro o a pegarse un viaje de descanso y placer para que sus hijos puedan hacer lo que ellos nunca imaginaron a su edad. Eso lo tengo muy claro.

La caseta elegida era Malafama o La huella. Al entrar ya supe que podía aspirar a ser el cliente de más edad, algo que me suele ocurrir con cada vez más frecuencia. Recordé alguna película de Pasolini –ya imaginan cuál- y me vi rodeado por una estridente combinación de músculos, brazos tatuados, sonrisas facilonas y algún que otro implante de silicona.

Pensé en aquel magma de deseos por conciliar en el tren de regreso a Córdoba, ya por la mañana, mientras leía una entrevista al consejero de Justicia de la Junta de Andalucía, en la que se mostraba cierta alarma por la posibilidad de que nuestra comunidad autónoma pudiese dejar de ser la más poblada de España en un plazo no muy lejano.

Las recetas apuntadas –incentivos a la natalidad, acceso más fácil a la vivienda para los jóvenes, políticas de conciliación– parecen poco prometedoras y eficaces.

En el taxi que nos llevó a la Feria, su conductor nos contó que una chica muy formada y conocida suya, que acaba de ser contratada por una empresa de Málaga Tech Park, sólo ha sido capaz de encontrar para vivir en Málaga una habitación, con salón, baño y cocina compartida con otras personas, y por 500 euros mensuales.

Aquí no hay quien viva y, además, los jóvenes ya no quieren casarse a los 26 años, como antes, porque prefieren ahorrar para viajar, ir a festivales, pegarse sus buenas fiestas y tratar de sacar a la vida el jugo que a todos nos gusta tanto. Poco que objetar a esto.

A partir de aquí, se abre la veda para criticar a la juventud. Pero he visto a mis siete sobrinos estudiar y esforzarse, y los veo en sus buenos puestos de trabajo, en Málaga, en Madrid, en Barcelona.

Dos tienen ya hijos, otros quizás no los tengan, pero todos tienen las cosas claras y su propio calendario. Son responsables, cumplen con su trabajo y disfrutan siempre que pueden, al igual que sus amistades, y eso no los hace ni mejores ni peores que nosotros o que nuestros hermanos o nuestros padres.

En la cola del taxi de regreso a casa, mientras mis hijos alargaban la noche en compañía de sus primos más noctámbulos, entablé una amena y agradable conversación con una chica de Lepe, encantada con la Feria de Málaga.

Muy pronto se unió el chico que nos precedía en la cola, que resultó ser marroquí, cuando yo estaba convencido de que era colombiano o venezolano, por su aspecto y acento.

Estuvimos hablando más de quince minutos y, al final, el chico marroquí y yo compartimos taxi porque íbamos a la misma zona, por la Plaza de Bailén.

Él era homosexual, nos lo dijo en la conversación, y pensé en Ibtissam Lachgar, la activista lesbiana marroquí detenida hace unos días y en los sueños de libertad que países como España ofrecen a las personas perseguidas por sus ideas y orientación sexual en los países intolerantes.

Hubo un tiempo en el que fue Francia el paraíso de la libertad para los españoles que querían respirar un aire menos enrarecido, menos opresor, y parece que todo se ha olvidado.

Esa misma noche de Feria se acercó el mejor amigo de mi hijo mayor desde infantil, que la víspera había regresado de Marruecos con su madre de ir a ver a su familia.

Ambos se escaparon del colegio El Mapa con cuatro o cinco años y se fueron a un parque infantil cercano, sin más complicaciones ni alarmas. Cada vez que vamos a Málaga quedamos con él, un chico estupendo que estudia medicina y ha aprobado todo el primer curso en la convocatoria ordinaria.

Los lazos familiares, los lazos de amistad, también se fortalecen en noches como la que vivimos el lunes, rodeados de primos, de amigos, de personas a las que queremos y a las que la vida nos ha llevado a ver menos de lo que queremos y necesitamos.

Fue una visita fugaz a la Feria de Málaga, pero uno de mis hijos me acaba de decir que ha sido para él la mejor noche del verano, y esa frase demuestra que valió la pena. Ya estudiarán mañana.