En el ámbito político, empresarial o familiar, quien no gobierna, se ve gobernado. Gobernar es el acto de tomar decisiones con autoridad, ordenar recursos escasos, mediar entre intereses diversos, anticipar riesgos y mantener el rumbo. Implica visión a largo plazo, reglas claras, legitimidad en las decisiones y capacidad para sostener la cohesión de un colectivo.
¿Gobernamos el patrimonio como gobernamos la empresa?
Muchos empresarios dedican su vida a levantar compañías, generar empleo y aportar valor a la sociedad. Gobiernan sus negocios con estrategia y responsabilidad. Sin embargo, cuando se trata de su patrimonio personal y familiar, esa misma disciplina a menudo desaparece.
En lugar de estar gobernado, el patrimonio se convierte en una suma de decisiones inconexas, con resultados dispersos entre inmuebles, productos financieros e inversiones poco coordinadas. La lógica empresarial se diluye en su vida patrimonial. Esta contradicción revela una oportunidad: si se es capaz de gobernar una empresa, también se puede —y se debe— gobernar el patrimonio con criterios similares de visión, orden y responsabilidad.
Gobierno y liderazgo estratégico
Gobernar el patrimonio familiar no es solo administrar activos, sino ejercer un liderazgo estratégico. Implica definir objetivos, establecer principios, elegir a los gestores adecuados y hacer seguimiento. Como en otros ámbitos, la gestión puede delegarse; el gobierno, no. Esta tarea también conlleva una responsabilidad intergeneracional: preservar y orientar los recursos con sentido para las generaciones futuras.
También supone mediar entre los distintos intereses del grupo familiar y mantener un legado que va más allá de lo económico. Gobernar el patrimonio requiere instituciones familiares —consejos de familia, reglas de sucesión, protocolos— que consoliden el proyecto común y aporten estabilidad en el tiempo.
Los tres bolsillos patrimoniales
Muchos empresarios concentran su riqueza en un solo bolsillo: el empresarial. Otros confían en exceso en el inmobiliario, especialmente cuando el negocio empieza a generar excedentes. Y muchos descuidan el financiero, por desconocimiento o malas experiencias. Este desequilibrio responde más a la familiaridad que a una verdadera estrategia de gobierno.
Una estructura patrimonial sólida parte de la diversificación consciente. El Talmud babilónico ya recomendaba dividir el patrimonio en tres partes: tierras, negocios y efectivo.
Esta sabiduría milenaria cobra especial relevancia en el contexto económico actual, donde podríamos hablar de activos inmobiliarios, inversión directa en empresas y patrimonio financiero y líquido. Esta referencia histórica no solo aporta perspectiva, sino que refuerza la necesidad de una distribución estratégica de activos en el presente.
Este tercer bolsillo —el financiero— suele ser el más relegado, aunque es el más líquido, diversificable y flexible. Bien diseñado, es clave para dar estabilidad al conjunto, facilitar la transmisión patrimonial y actuar como contrapeso en tiempos de incertidumbre. Pero sin una mínima educación financiera, el empresario tiende a evitarlo o usarlo mal, desaprovechando su potencial estratégico.
Una tarea indelegable
Gobernar el patrimonio familiar es estructurarlo con coherencia, integrando visión, fiscalidad, mecanismos de sucesión y una combinación óptima de liquidez, rentabilidad y riesgos asumidos. Implica sentarse al frente del "consejo de administración" del patrimonio con la misma responsabilidad con la que se lidera una empresa.
La clave está en asumir que el gobierno del patrimonio no es una suma de decisiones tácticas, sino una disciplina estratégica. Un proceso deliberado que requiere visión, método y diálogo. Gobernar el patrimonio es, sencillamente, aplicar a nuestra riqueza la misma inteligencia que aplicamos a nuestros negocios.