Esta vez, aunque estemos inmersos en plena campaña del IRPF, vamos a hablar de impuestos que ya no existen, de gravámenes que, si bien hoy sería impensable que formasen parte de nuestro sistema tributario, fueron creados en un contexto que justificaban su existencia, al menos para sus autores.

Uno de los tributos más llamativos fue el impuesto a la soltería. Este gravamen, que ha aparecido en diferentes momentos y lugares, tenía como objetivo incentivar el matrimonio y, por extensión, el crecimiento de la población.

En la antigua Roma, el emperador Augusto impuso la Lex Julia et Papia Poppaea, que penalizaba a los hombres y mujeres solteros mayores de cierta edad, privándolos de herencias y legados. Siglos después, en la Rusia de Pedro el Grande, los hombres solteros mayores de 25 años debían pagar un impuesto anual, y en Inglaterra, durante el reinado de Guillermo III, se estableció una tasa similar para los varones no casados. Eso de quedarse para vestir santos tenía, pues, una dura condena pecuniaria.

En la Inglaterra del siglo XVIII, la luz natural se convirtió en un bien gravado. El llamado “Window Tax” obligaba a los propietarios a pagar en función del número de ventanas de sus viviendas. La medida, pensada para gravar a los más pudientes, tuvo consecuencias inesperadas: muchos edificios tapiaron sus ventanas para reducir la carga fiscal, dando lugar a las características fachadas cegadas que aún pueden verse en algunas ciudades británicas. Este impuesto, que se mantuvo durante más de un siglo, es un ejemplo de cómo la fiscalidad puede influir en la arquitectura y la vida cotidiana.

Siguiendo en territorio inglés, y en el mismo siglo, la moda también fue objeto de fiscalidad. El “Hat Tax” gravaba la compra de sombreros, un accesorio imprescindible en la vestimenta de la época. Los sombrereros debían pagar una licencia y cada sombrero vendido llevaba un sello fiscal. La evasión de este impuesto era severamente castigada, llegando incluso a la pena de muerte en casos extremos. Este tributo, como otros similares sobre cartas, relojes o perros, muestra hasta qué punto la creatividad fiscal podía llegar a los aspectos más insospechados de la vida diaria.

En la Rusia del siglo XVII, Pedro el Grande, en su afán modernizador, decidió que las barbas eran un símbolo de atraso. Para erradicarlas, impuso un impuesto a quienes quisieran conservarlas. Los barbudos debían portar una ficha especial que acreditaba el pago de la tasa. Este curioso tributo no solo buscaba recaudar fondos, sino también transformar la imagen del país y acercarla a los estándares europeos.

Quién sabe, quizá dentro de unos siglos, nuestros impuestos actuales resulten igual de extraños a los ojos de las generaciones futuras.

Lo que sí está claro es que ha habido impuestos sobre cualquier aspecto de la vida cotidiana. Se ha pagado por todo, menos por respirar… por ahora…