Soy activa en redes. Realmente soy intensa mainstream y es por ello por lo que debo autocontrolarme. No tengo Instagram, ni Twitter, precisamente porque me da miedo engancharme y perder el rumbo de mi vida.
Pero con el LinkedIn he perdido la partida, excusándome en que “es por trabajo”, le dedico más tiempo del que debería y debo reconocer que me encanta, es divertido y me permite tomar la temperatura a mi sector y estar conectada a todo lo que ocurre en mi entorno.
Al ser una red profesional, se guardan las formas y uno se siente más seguro al exponer sus opiniones. La verdad es que estoy totalmente en contra de la autolapidación y no encuentro ni la necesidad ni las ganas para exponerme a la crítica ajena indiscriminada. No sé cuál es el antónimo preciso de ser masoquista, pero eso soy yo.
Este buenismo bien también tiene sus inconvenientes, y es que cualquier iniciativa es aplaudida de forma grandilocuente, todos son éxitos y hasta un despido se convierte en un libro de autoayuda. Por otra parte, nada muy alejado de escribir una columna de opinión, que en la mayoría de las ocasiones no aporta información útil, siendo el máximo fan el propio escritor, que lee y relee su propio artículo admirándose profundamente de su dialéctica.
La cuestión es que he visto cómo una gran corporación multinacional anunciaba a bombo y platillo el rediseño de su marca después de 15 años y cómo toda la red se volcaba en dar la enhorabuena a los diferentes directivos que con orgullo compartían la novedad.
Mientras tanto, yo me inquietaba leyendo los numerosos y elogiosos mensajes, ¿De verdad nadie se da cuenta de que sólo han eliminado dos líneas en la parte superior del logo de tres letras? ¿Qué brillante mente ha rediseñado este logo? ¿Cuánto han pagado por ello? ¿Es el hijo del CEO diseñador gráfico?
Sin duda, el mundo de los extremos es la tónica de los tiempos que vivimos, igual te condenan al ostracismo por publicar una foto comiéndote un filete de ternera, que te alaban por cambiar una marca, sin hacer cambio alguno. La incertidumbre como modo de vida.
Y si la red profesional carece de crítica, eso es sólo un reflejo de cómo funcionan las empresas, el pensamiento crítico ni se espera ni se busca y eso es una amenaza real. Los directivos no quieren un feedback real y perder la percepción de lo que es real es muy peligroso, pues la mente es limitada y hace identificaciones erróneas.
En un mundo cada vez más comunicado y con mayor acceso a la información, proliferan los extremismos y los sesgos informativos, precisamente porque sólo buscamos reafirmar nuestras opiniones y el logaritmo es experto en servirnos aquello que nos gusta.
No hace mucho, veíamos la televisión en familia y nos obligábamos a ver el programa que veían nuestros padres, entrado de esa forma parcialmente en su mundo. Hoy en día no tenemos interés en el mundo de nadie y reforzamos sin temor nuestras ideas y preferencias, algo también peligroso.
Si muchos sentimos un abismo entre nuestros pensamientos y el de nuestros padres, no queramos pensar cómo será esa distancia con nuestros hijos, que no sólo son nativos digitales, sino también nativos individuales.
Como el emperador con su traje nuevo, debemos tener cuidado con no alimentar en exceso el ego y con ello perder la percepción de la realidad, porque corremos el riesgo de que nadie nos avise de que vamos desnudos.