La IA está diseñada por nosotros. Aprende con y de nosotros. Es capaz de extraer patrones gracias a los millones de datos que analiza, pero ¿qué pasará cuando la IA aprenda más allá de ellos? ¿Acaso somos perfectos? ¿Qué es la perfección? Ocaso o amanecer, la delgada línea del equilibrio perfecto.

Actualmente el sesgo está presente en cualquier debate de IA y más aún, si de datos humanos hablamos (será que el sesgo en industria no interesa tanto). Somos personas, somos subjetivos, es innato. Reconocer esto, es parte de asumir la Historia y de entender que hay hechos que son, fueron y serán por siempre. Querer omitir información o suprimir el sesgo en ciertos ámbitos, es sesgar.

La inteligencia artificial reemplazará el trabajo rutinario, imitará algunas funcionalidades cognitivas, como el aprendizaje y la resolución de problemas. En general será capaz de imitar cualquier situación que requiera analizar situaciones y ofrecer soluciones. Aprovechemos para usar todo nuestro potencial, mantengamos intacta nuestra capacidad para gestionar, para la resolución creativa de problemas, para la comunicación efectiva/afectiva, el aprendizaje adaptativo y apoyarnos en la emoción y la reflexión.

Del recuerdo añorado evocado, al carrete infinito de los teléfonos inteligentes. El cambio y la curiosidad nos acompaña desde tiempos inmemoriales, al igual que la capacidad de adaptación.

Y aquí aparece Galileo Galilei y un tubo con lentes. En 1610 hizo un descubrimiento crucial, las lunas giraban alrededor de Júpiter. Aunque tuvo que renegar ante la Inquisición, llegó a sus conclusiones a través de combinar observación con lógica y plasmarlo en fórmulas matemáticas.

Si saltamos a Edison, su contribución fue la idea general de un progreso continuo e inevitable, materializado gracias a las investigaciones de ampliar el horizonte del hombre.

Pero si a ello le sumamos la capacidad creativa, la ecuación empieza a enriquecerse con más variables. Lo mismo Van Gogh pintaba tres cuadros al día o Leonardo, tardaba años. O Händel y Wagner, o Flaubert o Balzac. Cada uno su método y su fin. No hay tiempo para el artista, él mismo crea su tiempo.

En un mundo donde todo es para ahora, procrastinar está prohibido, sentimos a golpe de "likes" y la atención es más baja que la de pez globo. Ni el mismísimo Pavlov hizo tanto por la corriente conductista, como el tándem, redes sociales y pantallas.

Hoy en día, el significado de los datos y las posibles consecuencias, positivas o negativas (derivadas de su uso) puede representar un obstáculo para una decisión consciente e informada. Pero lo que sí hay que saber es que tenemos que estudiar, preguntar y contrastar. De lo contrario, nuestro octavo pecado capital será enseñarle a la IA, los otros siete.

La soberbia, ese pecado con un fondo presuntuoso. Cuando la IA aprenda más allá de nuestros sesgos, ¿seguirá la inteligencia humana siendo clave? La soberbia nos cegó ante Galileo, y nos cegará ante algoritmos que ya no entendamos. Porque expertos de todo y conocedores de nada.

Queremos más, más inmediatez, más velocidad, más comodidad programada. Avaricia. La IA será nuestro espejo, datos para explotarlos hasta la extenuación. Y nosotros, felices de darle más, mientras tanto nuestro raciocinio es tendente a cero. Pura matemática.

Lujuria: estímulos, validación y dopamina fácil. Creamos IA para que nos adule y nos diga lo que esperamos oír. Los algoritmos aprenden tan rápido sobre qué nos seduce durante horas, cómo nosotros a dejarnos llevar. Busca nuestra atención, no nuestra intuición. “La IA nos miente”. No, te mientes tú.

¿Enfadarse con el GPS? ¿Insultado a un asistente de voz cuando no entendía? Ira, tan contagiosa como un virus. Y si la IA no lo sabe, lo aprenderá. No odia, pero ¿aprenderá que el odio genera engagement?

Nunca es suficiente, gula. La IA necesita de los datos. El cómo lo hagamos, es cosa nuestra. Somos nosotros quienes diseñamos sistemas que almacenan compulsivamente, porque en el fondo pensamos que más es mejor.

Queremos la creatividad perfecta, la decisión infalible, el aprendizaje instantáneo. Pero en el fondo refleja nuestras frustraciones y nuestros anhelos proyectados en bits y redes neuronales. Envidia o miedo. ¿Queremos que sea mejor que nosotros?

La pereza está en nosotros. Queremos que los algoritmos piensen por nosotros, no queremos entender. Automatizar para no tener que decidir ni esforzarnos en pensar críticamente sobre sus consecuencias Delegar para no tener que aprender.

Dicho esto, me lo llevo a cualquier ámbito de la vida. Seamos realistas, la pereza y la dopamina digital nos invade en esta era. Como dice mi paisano Joaquín Sabina, "Este adiós no maquilla un hasta luego. Este nunca no esconde un ojalá. Estas cenizas no juegan con fuego (...)". No hay marcha atrás. La digitalización es un hecho, las tecnologías están diseñando el futuro y el conformismo no tiene cabida. Es el momento de transformarnos a nosotros mismos.

El aprendizaje es el movimiento de un momento a otro momento” Jiddu Krishnamurti