Lo sé, empiezo mal. Para ser mi primer artículo (quizás el último), hablar de fluidez en tiempos de objetivos, KPIs, analítica y datos no parece muy sensato. Quizás sea estúpido, pero también lo es vivir al ritmo y la presión de la vida de hoy.
Si, además, le añades que acabo de volver de la India como invitado de la Fundación Vicente Ferrer, creo que todo esto merece una reflexión. Cuando uno vuelve de un país tan fascinante como hipócrita, donde la riqueza y la pobreza extrema conviven, regresa con el corazón tocado. En mi caso, me siento pleno y agradecido en general.
La Fundación Vicente Ferrer logra cosas increíbles. Su objetivo es transformar la sociedad, reconstruir la esperanza y conseguir la dignidad de la mujer. Empezamos fuerte, sobre todo en un país donde las castas y otras circunstancias dividen las clases sociales de una forma que nosotros no podemos entender.
Los objetivos de Vicente y su equipo nunca fueron fáciles, y los resultados seguro que no llegaron en el orden, el momento o las circunstancias que él hubiera querido. Construir dos hospitales, colegios para niños sordos, ciegos y con sida, orfanatos y centros de mujeres, y un gran etcétera, desde luego, no fue un camino sencillo.
Tuvimos la oportunidad de hablar con Anna y Moncho Ferrer, y ambos aludieron a la paciencia, al carisma, a la atracción, a la ilusión y a la certeza de que algunas cosas van a ocurrir. Este pensamiento es importante porque así se evitan frustraciones. Y lo dicen en boca de Vicente Ferrer, quien se plantó hace 55 años en la zona más pobre de la India y empezó una fundación desde cero en un país en el que no lo querían.
¿Cuántas veces los planes de Vicente no fueron lo que él pensaba? ¿Cuántas veces tuvo que respirar y pensar: "Confía en que esto va a suceder"?
En este viaje recordé que todos somos iguales, que estamos condicionados por dónde nacemos y cómo nos enseñan, y que tenemos que relativizar. Que ni todo es tan importante ni se nos tiene que ir la vida en ello. Pasas de un país donde hay gente que todavía vive debajo de un plástico, a otro donde estamos al borde del infarto por lo que no debería. Es ridículo, realmente ridículo.
En el mundo empresarial, como es lógico, estamos enfocados y obsesionados con alcanzar objetivos, estamos aquí para ganar dinero. Pero ojo, se trata de entender que los objetivos no pueden estar por encima de las personas. Algunas cosas ocurrirán, otras no, y está bien así. La vida sigue y, en un abrir y cerrar de ojos, otros estarán aquí con los mismos problemas que hoy creemos únicos e irrepetibles. Dejar un legado personal es responsable. Bajo mi punto de vista, aquél que no lo haga se arrepentirá más adelante.
Si algo he aprendido en este viaje es que lo pequeño también transforma. No es cuestión de cantidad, sino de intención. Apadrinar a un niño ciego por apenas 21 euros al mes no cambiará el mundo, pero cambia una vida. Y con una sola vida que cambie, ya hemos ganado.
Compromiso, esfuerzo, transformación, coherencia, convencimiento. Eso es lo que deja huella. Porque los números caducan, pero las personas trascienden.
¿Y tú, qué legado quieres dejar?