Hace unos días, mientras escuchaba el discurso de Bernardo Quintero en su investidura como doctor honoris causa por la Universidad de Málaga, me di cuenta de cuánto me identificaba con sus palabras. Habló de la educación pública, de cómo fue la base sobre la que construyó su carrera y de lo importante que es que siga siendo un ascensor social para tantos jóvenes con talento.
Y pensé: yo también soy hija de la educación pública. También crecí en esa Málaga en la que parecía que, si querías llegar lejos, lo normal era marcharte. También estudié en una universidad pública. Y también he vivido en primera persona cómo esta ciudad ha pasado de ser un sitio al que volver en vacaciones a convertirse en un lugar donde desarrollar una carrera con ambición internacional.
Porque Málaga ha cambiado. Durante años, el plan lógico para muchos era estudiar fuera, trabajar fuera y, con suerte, volver en verano. La idea de un proyecto empresarial global o de una educación de primer nivel para nuestros hijos parecía reservada a otras ciudades. Pero, poco a poco, Málaga ha ido transformándose hasta convertirse en un imán de talento, inversión e innovación. Lo veo cada día en mi trabajo: empresas de Estados Unidos, Francia o Reino Unido que no vienen solo a tantear el terreno, sino con la decisión firme de establecerse aquí.
Este cambio no ha sido casualidad. Ha sido la suma de muchas piezas bien encajadas: una apuesta decidida por el talento, la visión de las instituciones, la llegada de empresas que han abierto camino y la determinación de quienes creyeron en Málaga incluso antes de que los grandes nombres pusieran los ojos en ella.
El Málaga TechPark ha pasado de ser un parque tecnológico regional a convertirse en un ecosistema internacional con compañías como Oracle, Dekra o Vodafone. Google ha instalado aquí su único centro de excelencia en ciberseguridad en Europa. Y, ahora, el IMEC, el mayor centro europeo de investigación en microchips, ha elegido Málaga como una de sus bases internacionales.
Pero lo realmente interesante no es solo quién ha llegado, sino lo que todo esto ha generado a su alrededor: empleo cualificado, talento que decide quedarse, eventos y conferencias que hace unos años solo veíamos en Madrid o Barcelona… El otro día hablaba con unas amigas y nos dábamos cuenta de la cantidad de actividades que hay en Málaga. Ya no es necesario coger un AVE para estar en el centro de lo que está pasando.
Y este Málaga Dream no solo se vive en los despachos. Se ve en los colegios internacionales que cada vez tienen más demanda, en las universidades y escuelas de negocio que están alineando su oferta con lo que exige el mundo de hoy: visión global, idiomas, digitalización. Universidades privadas como la francesa ESSCA o la Universidad Europea han puesto el foco en Málaga porque han entendido lo que muchos ya sabemos: que esta ciudad tiene todo para convertirse en un polo de conocimiento y formación de primer nivel.
Queda trabajo por hacer, por supuesto. La clave ahora es seguir creciendo sin perder el alma, asegurando que Málaga siga siendo un lugar accesible para todos, apostando por una vivienda asequible, por una movilidad eficiente y por un desarrollo sostenible.
Pero si hay una inversión que realmente garantiza el futuro de esta ciudad, es la educación pública. No solo por justicia social, sino porque nunca sabemos dónde está creciendo el próximo Bernardo Quintero, la próxima gran científica en biomedicina o el inventor de la vacuna contra el cáncer. Lo que sí sabemos es que la educación pública es la mejor herramienta para encontrarlos. Y para asegurarnos de que, cuando llegue su momento, no tengan que irse lejos para cumplir su sueño.