Juanma, en una imagen de espaldas.

Juanma, en una imagen de espaldas. EEM

Málaga ciudad

La lucha de un padre malagueño contra el abuso sexual que sufrió su hijo: "No todo acaba con la sentencia"

Su hijo sufrió abusos de un primo adolescente cuando tenía 4 años.

Una década después sigue en tratamiento y él reclama visibilidad como medida de protección para él y su familia.

Más información: Una joven de Málaga presunta víctima de agresión sexual: "Con 3 años vi que mi vida estaba sentenciada"

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Las claves

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Un padre malagueño relata el sufrimiento de su hijo, víctima de abuso sexual por parte de un primo adolescente, y las graves secuelas psicológicas que persisten años después.

La denuncia del abuso generó rechazo y aislamiento por parte de la familia extensa, quienes defendieron el silencio y llegaron a vetar al padre y su hijo de zonas del barrio.

El entorno escolar del joven también ha detectado daños: caída del rendimiento académico y sentimiento de culpa, por lo que recibió apoyo psicológico y seguimiento especial en el colegio.

El padre se ha volcado en el activismo, compartiendo consejos de prevención y concienciación en redes sociales para evitar que otros niños sufran situaciones similares.

Una década después, su hijo todavía se duerme abrazado a él. Es ya un adolescente y sigue llorando casi cada noche, repitiendo una frase que a Juanma se le clava dentro: que la culpa de todo es suya.

Tenía solo 4 años cuando empezó a despertarse temblando, a pedir que lo abrazaran, a perder el control de esfínteres y el apetito. El pediatra no le encontró ninguna dolencia específica y a su familia le preocupaba mucho la situación, llegando a desesperarles.

"Mi hijo estaba sufriendo por algo de lo que yo no me estaba enterando", lamenta ahora Juanma, un malagueño que ha decidido contar la historia de su familia con un objetivo por encima de todo: prevenir, para que ningún niño más pase el calvario de su pequeño.

Con mucha paciencia, decidió sentarse con él a hacerle preguntas sobre qué le pasaba. Así, a su ritmo, con las formas de un crío de su edad y a solas con su padre, el propio niño terminó confesando lo que le ocurría.

Lo que contó, recogido después en una sentencia firme a la que ha tenido acceso EL ESPAÑOL de Málaga, fue que un primo adolescente había abusado de él. Así, explica su padre, lo había convencido de que guardara el secreto. "Le decía que si hablaba se quedaría solo y nadie lo querría", manifiesta.

En 2017, un juzgado de menores condenó a aquel chico, que en el momento de los hechos tenía 15 años, por un delito de abuso sexual y otro de exhibicionismo. Los informes médicos y psiquiátricos que obran en la causa diagnosticaron al hijo de Juanma un trastorno de ansiedad y advirtieron de que necesitaría atención psicológica por tiempo indefinido.

El mensaje de Juanma es directo. El agresor de su hijo, recuerda, era el primo favorito del niño, el que le hacía regalos y le enseñaba a jugar con cartas de Pokémon. "El abusador no tiene un cartel que ponga que es abusador", advierte.

"Suele ser la persona más amable, la más simpática con los niños, la que más regalos hace". Los datos oficiales acompañan esa idea que aporta el malagueño.

Según el informe de Save the Children Por una justicia a la altura de la infancia, en 8 de cada 10 casos de abuso sexual infantil el agresor pertenece al entorno conocido o familiar del menor, en torno al 40 % son familiares, y se calcula que solo el 15 % de los casos llega a denunciarse.

Más allá de una sentencia

Dar el paso de denunciar, relata Juanma, abrió un segundo frente. Es gitano, y describe cómo, cuando contó a su entorno familiar que su hijo lo estaba pasando mal por lo que estaba sucediendo, sus seres queridos abogaron por el silencio por considerarlo, digamos, un asunto deshonroso.

Aceptó en un primer momento. Pero al ver a su hijo cada vez peor, decidió tomar cartas en el asunto, lo que provocó, siempre según su relato, un rechazo en forma de muro por parte del entorno familiar.

Cuenta que llegaron a imponer a su familia la prohibición de pisar la calle de la zona de Cristo de la Epidemia, una de las más amplias y que tiene más movimiento comercial en el barrio; una medida cercana al destierro que les obliga a dar rodeos para llegar a su propia casa. "No hay ninguna orden de alejamiento ni ley detrás. Es una norma gitana. Como cuando te expulsan de un barrio o de un pueblo. A mí me vetaron esa calle", continúa.

Con los años, asegura Juanma, el abusador de su hijo dejó de ser culpable en su entorno para pasar a serlo su hijo, la víctima, al que su propia familia tachó de mentiroso a su corta edad y pese a tener varios informes médicos que corroboran sus daños corporales y psicológicos.

El propio Juanma arrastra desde entonces una depresión crónica y ha llegado a tramitar una incapacidad laboral porque no encuentra fuerzas para poder seguir trabajando con normalidad.

A todo esto hay que sumar que la tensión estalló el pasado 26 de enero. Tras diferentes circunstancias familiares, Juanma sostiene que, decidió acudir a hablar con su hermano y este y otras dos personas acabaron propinándole "una paliza en plena calle" que fue denunciada ante la Policía Nacional.

El parte médico, al que ha tenido también acceso este periódico, recogió dolor en el costado y el cuello, con pronóstico leve y sin lesiones objetivables, y la agresión no llegó a considerarse probada en el juzgado por falta de testigos.

Meses después, el joven que de niño abusó de su hijo, ya mayor de edad, ha presentado contra él una querella por un presunto delito de odio, por los insultos que Juanma reconoce haberle dirigido mientras lo golpeaban.

Al parecer, según reza la denuncia que puso ante la Policía Nacional el propio Juanma, el padre del joven le pidió que perdonara a su hijo, mientras que Juanma le respondió que "tu hijo será una persona normal, pero le gustan los niños chicos". "Uno también pierde la cabeza a veces ante tanto sufrimiento", confiesa.

Este aspecto cuadra con la querella de la otra parte, donde se recoge que Juanma habría llamado al abusador de su hijo “maricón”, “pederasta, que se entere el barrio”. Le reclaman hasta dos años de cárcel por un presunto delito de provocación al odio y violencia por motivos de orientación sexual. La causa sigue abierta.

Daños colaterales

Pero el daño de su hijo asoma también en las aulas. Preocupado por la caída del rendimiento escolar de su hijo, Juanma pidió una tutoría en el centro donde estudia el chico para explicar lo que estaban viviendo en casa. El colegio acordó hacerle un seguimiento de las tareas, valorar su esfuerzo por encima de las notas y ofrecerle apoyo psicológico. En el acta de aquella reunión quedó anotada la misma idea que el adolescente repite por las noches: que se siente culpable de todo lo que está pasando a su alrededor.

Ahora mismo lo único que busca Juanma es visibilidad como medida de protección para él y su familia tras supuestos casos de acoso que están viviendo del primero al último, incluso su pequeña, que nació en plena pandemia y que es "la menos culpable" de todo lo ocurrido.

Esa misma idea lo ha llevado al activismo. Cada día, de lunes a viernes, publica un consejo de prevención en su cuenta de Instagram, @noalabusoinfantil.cm, donde no señala a nadie y comparte pautas que, dice, le habrían servido a él.

Además, prepara un canal de YouTube para contar su historia y orientar a otras familias, y se ha puesto en contacto con asociaciones para sumarse a campañas de concienciación cuanto antes. "Yo no sabía que la mayoría de los abusadores están en el círculo más cercano del niño", admite. "Uno no se da cuenta de cómo va esto hasta que lo vive".

"Ningún niño merece pasar por algo así", dice, y las secuelas, sostiene, no se borran pese a la sentencia firme. "Los daños quedan para siempre y no hay quien los borre", concluye.

Cualquier menor que lo necesite, o cualquier adulto que detecte una posible situación de abuso o maltrato infantil, puede llamar de forma gratuita y confidencial al 116111, el Teléfono de la Infancia y la Adolescencia, disponible las 24 horas todos los días del año.