Beltrán, junto a su Virgen.
Beltrán, de hombre de trono a nazareno: "No debe verse como un premio de consolación, al final sigues estando con Ella"
Recién jubilado de los varales, el malagueño inicia una nueva etapa en la Expiración convencido de que la verdadera esencia cofrade reside en aportar desde cualquier puesto, sin complejos ni jerarquías.
Más información: Mila, mujer de trono de la Trinidad: "Me aterra la juventud actual; hay más machismo y sumisión que nunca"
Entrar en la Expiración con José Antonio Beltrán es como verlo caminar por su propio salón. Se mueve sin prisas y explica con cariño cada detalle que cuelga de las paredes de la casa de hermandad de esta archicofradía perchelera. Saluda a varios compañeros del que un día fue su varal, se detiene con la mujer que custodia el columbario y bromea con los hijos de algunos de los amigos que ha hecho durante su camino de la mano del Santísimo Cristo de la Expiración y María Santísima de los Dolores Coronada. Han pasado tres décadas desde que aquel chaval de 18 años que llegó sin saber muy bien qué se iba a encontrar en la Expiración cruzó estas puertas y, aun así, sus ojos se le siguen poniendo vidriosos cuando mira a sus titulares.
La historia de Beltrán comienza tras cumplir con su deber en la mili como voluntario especial de la Guardia Civil. Una etapa que, reconoce, terminó de acercarle a la cofradía. Llegó a ella con la idea fija de formar parte del cortejo del Señor, pero fue la Virgen la que terminó marcando su camino. "Yo venía buscando al Cristo, pero a través del Hijo, como siempre digo, llegué a la Madre", resume. Durante un tiempo no hubo hueco. Iban pasando las páginas del calendario y nada. Un año, otro, y otro más.
Hasta que llegó el año 1996. En aquel entonces comenzaban a desaparecer, cuenta el malagueño, "los pagos a los hombres de trono" y se abría el varal a los hermanos que así lo desearan. Aquel movimiento le dio su sitio bajo el trono. Tenía apenas 18 años cuando le ofrecieron entrar directamente a la mesa del trono, pero no de la Expiración, sino de su "Lola". Aceptó. Después, al ver aquella mole por dentro, le asaltó la duda. "Dije: ¿pero yo estoy seguro de lo qué he hecho?", recuerda ahora, con media sonrisa, mientras recorre los varales con la punta de sus dedos.
Aquella decisión, sin embargo, le cambió la vida. Pasó veinticuatro años en la mesa, cuatro en uno de los varales externos, y otros cuatro como capataz de cola. Más de una treintena de Miércoles Santos como hermano que es incapaz de describir solo con palabras. "Aprendí mucho desde el inicio, nadie tiene ni idea cuando llega a un trono de qué debe hacer, pero cada año deja una enseñanza distinta en la forma de levantar, de andar, de colocarte... Vas ganando experiencia", sostiene.
En los años en la mesa, disfrutó "como un enano". Relata que cuando levantas la mirada y la ves a Ella a través de una pequeña trampilla te quedas sin palabras. "Cuando me la encontré la primera vez de frente... A mí me robó el corazón", recuerda. Desde entonces, Beltrán no entiende un Miércoles Santo sin estar a su lado. De hecho, el pasado 2025 se jubiló de los varales al llegar a los cincuenta años de edad y, aunque lo habitual es que se dé el paso para verla desde fuera del cortejo, él lo tuvo claro desde el principio: "Siempre dije que iba a seguir siendo nazareno, abriéndole camino. Yo no era ni soy hombre de trono de la Virgen de los Dolores. Era de ella. Da igual en qué punto de la procesión", sostiene con rotundidad.
Cree que no debe entenderse la jubilación como una "despedida", sino como "una transición" que ya tenía más que asumida. Sobre todo porque, a su parecer, el cuerpo y la edad te van marcando unos ritmos que no se deben forzar. "Pero no concibo un Miércoles Santo con la Virgen en la calle y yo fuera", insiste. Esa idea es la que le lleva ahora a la fila nazarena, un lugar que reivindica sin complejos, ya que le duele que alguien lo vea como "un premio de consolación". "Creo que hay una visión equivocada en torno a ello, porque ya ponen al nazareno en un segundo plano, no tiene sentido. No creo que se deba ver como un paso atrás porque el vínculo con tu titular permanece intacto", subraya.
Beltrán reza a su "Lola".
"Todo el mundo es necesario en una procesión", defiende. Habla de los músicos, de las comisiones externas, de quienes sostienen el cortejo desde distintos lugares, más o menos cerca de las imágenes. "El nazareno disfruta de una vivencia íntima. Ellos no tienen conversación, solo pensamiento durante horas y debajo de su capirote. Te quedas tú con ella. Es una manera diferente", relata.
Si hay un momento que explica todo este proceso, Beltrán lo tiene claro. Su último Miércoles Santo en el trono coincidió con el primero de su hijo. Un niño que llegó al mundo con complicaciones, que pasó meses en una incubadora del Hospital Materno y que estuvo acompañado desde el principio, dice, por una estampa de la Virgen de los Dolores. Poder despedirse del varal con él, vestido de nazareno, convirtió aquella jornada en algo extremadamente difícil de explicar. El principio y el final se hicieron de carne y hueso."Fue muy especial", reconoce, visiblemente emocionado.
"Yo cierro una etapa, pero es que probablemente la comience un chaval como el que era yo cuando llegué. Igual que mi hijo seguirá creciendo como nazareno. Si no les damos hueco nosotros, ¿quién lo va a hacer?", explica. Recuerda perfectamente cómo aquel grupo de jóvenes que llegó sin conocerse, acabó convirtiéndose en una familia bajo la Virgen de los Dolores. "Me di cuenta de que la mesa no era un medio para salir, era un fin. Era estar con Ella", explica.
Durante esos años, la vinculación con la archicofradía fue mucho más allá del Miércoles Santo. Habla de cultos, de quinarios, de encuentros que se repiten año tras año por diferentes motivos. "Hay quien cree que esto va solo del Miércoles Santo. Esto no es solo sacar un trono un día. Es todo lo que hay alrededor, todo lo que se vive durante el año", sostiene, convencido de que ahí está la verdadera esencia de ser cofrade.
En ese camino de más de tres décadas también se han quedado compañeros que ya no están. Nombres, rostros y preciosos recuerdos que aparecerán de forma inevitable cuando eche la vista atrás este Miércoles Santo. Los encontrará en la mirada de Ella. "Son muchos años, muchas historias. Gente que empezó contigo y que ya no puede estar. Eso también forma parte de lo que somos", reconoce, bajando ligeramente la voz.
Por eso insiste en que hay que "abrir la mente" y probar. Que no se trata de elegir entre una cosa u otra, sino de entender que todas forman parte del mismo concepto y tienen, por supuesto, la misma importancia. "Igual que yo llegué aquí por los varales, hay gente que llegará por otro sitio. Lo importante es quedarse", resume.
En su caso, ese vínculo es ya inseparable. Lo demuestra incluso fuera de la Semana Santa. En su cartera siempre lleva estampas de la Virgen y del Nazareno de los Pasos, del Rocío, cofradía a la que también pertenece, al igual que a la del Señor de la Clemencia. Y no hay partido en La Rosaleda al que acuda sin ellas, como buen malaguista. "Al final, si lo piensas, de lo poco que nos queda verdaderamente nuestro en Málaga son las cofradías y el Málaga", dice, con una sonrisa.
"Cuando no pueda caminar como nazareno, ya veré donde estaré, pero encontraré un sitio donde pueda aportar y haga falta", añade. Ese "ya veré" se pronuncia desde una certeza de que, sea donde sea, estará con su Lola. De hecho, hasta bromea con lo que vendrá después de la muerte, cuando todo termine. "Mi mujer se ríe, pero yo siempre digo que no sé si el día de mañana estaré aquí en el columbario de la Expiración o si me echarán en La Rosaleda. Pero creo que estaré aquí, cerca de ellos. Con la suerte que tengo, mis cenizas se echan en La Rosaleda y al día siguiente dicen que el estadio se construye en otro lado y me quedo entre los escombros", concluye entre risas.