José Cárdenas, en el mostrador.
El obrador Cárdenas, uno de los vecinos más antiguos del Cautivo en La Trinidad: "Aquí dentro está toda mi familia"
En la estrecha y empinada calle Ventura Rodríguez hay un lugar donde parece que el tiempo se detuvo hace décadas. Se trata de un pequeño negocio cuya historia comenzó a escribirse en el año 1948.
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En la estrecha y empinada calle Ventura Rodríguez hay un lugar donde parece que el tiempo se detuvo hace décadas. Se trata de Cárdenas, un pequeño obrador familiar cuya historia comenzó a escribirse en el año 1948. Me guía hasta él Javier Díaz, hombre de trono de la mesa de la Virgen de la Trinidad. Es compañero de varal de José Cárdenas, el actual responsable del obrador, donde, asegura, "se hacen los mejores roscos de vino de toda Málaga".
Quedamos con él en la puerta del establecimiento, que esa tarde está cerrado por "descanso". Entre comillas, porque tras la persiana, Cárdenas no para en ningún momento. Siempre tiene alguna tarea por realizar. Mientras llega a la puerta, tras avisarle de que habíamos llegado, Javier y yo plantamos la mirada en una pegatina que está en la fachada del obrador. Es la mirada de la Virgen de la Trinidad. "La hicimos el año pasado y ahí sigue", dice Javier. Una simple pegatina dice mucho. La Virgen de la Trinidad y el Cautivo están hasta los rincones más insospechados. Da igual el rincón que mires en La Trinidad. Siempre están en alguna parte.
La pegatina.
Solo al abrir la persiana, un olor a dulce nos embriaga y además del propio Cárdenas, nos reciben decenas de carteles de La Trinidad. También una exposición fotográfica que el propio Javier se encargó de repartir por los comercios de toda la vida para llevar a la hermandad hasta el momento más cotidiano, como en el que los vecinos hacen la compra. Porque el Cautivo y la Trinidad... están en todas partes.
Fue de Díaz la idea de que EL ESPAÑOL de Málaga se sumergiera en el obrador Cárdenas. Dice que es un sinónimo de resistencia ante los golpes que la gentrificación da a un barrio que fue hogar en su día, precisamente, del gremio del panadero. "Ante tanto Airbnb y esas cosas, aquí seguimos", dice con una sonrisa algo nerviosa Cárdenas. No está acostumbrado a hablar con la prensa y mucho menos, dice, "de él mismo".
Nos ofrece un par de taburetes y nos lleva hasta el corazón del obrador. Hasta la mesa donde de niño él descubrió que su futuro estaba en el negocio familiar. "Esta máquina puede ser de los setenta perfectamente. El horno antiguo era espectacular, se me estropeó y compré uno nuevo que ya, en unos pocos años, me está fallando. Ya nada es como era", dice.
El obrador fue fundado por sus abuelos, Luis y María, allá por 1948. "Ellos venían del campo", cuenta José, que recuerda que a su abuelo "le expropiaron la casa que tenía en aquellos años" en El Perchel y acabaron recalando en el barrio de la Trinidad. El lugar, sin embargo, no parecía el más adecuado para levantar un negocio. "En una cuesta y, como tú verás, no es una calle muy comercial, sigue sin serlo. Los comienzos, por ende, no fueron muy allá del todo", recuerda.
Un rincón de su tienda.
José sitúa aquellos comienzos en una Málaga de penuria pura. "Prácticamente era la posguerra", resume. Y al hablar de aquella época salen imágenes muy concretas, muy de otra España: "No había nada. Todo lo que se comía era gracias al contrabando, al estraperlo". Lo recuerda a través de historias que escuchó en casa, como la de aquel amigo guardia civil que conseguía sacar harina blanca, la "buena" entonces, cuando podía. "Ahora, tan de moda el pan negro, el pan integral... Eso no lo quería nadie. Lo que no era harina blanca, para el mundo no existía. Me hace mucha gracia cómo evoluciona todo", dice.
El obrador, además, no era entonces un obrador como lo conocemos en la actualidad. Era literalmente una casa. "Antiguamente se despachaba en el salón", recuerda. "Era un salón, con una mesa, un aparador... y los dulces se sacaban en un carro". José lo describe señalando el espacio como si siguiera viendo la casa antigua debajo de las reformas. "Esto eran dos habitaciones, esto de aquí era otra habitación y esto era el salón", sigue señalando.
La puerta de entrada al obrador sigue siendo la antigua. Le tiene puesto una campana que finge el sonido que recuerda que hacía esta cuando alguien accedía a comprar algo. También mantiene los azulejos de entrada y algunas fotografías de sus abuelos. En el fondo, si se dedica ahora mismo a su obrador, es porque ellos lucharon en su día. "Todos, hasta antiguos clientes, me dijeron que mi abuela María era la que tiraba del carro. Tengo en mente ponerle un logo al obrador y quiero que sea dedicado a ella, a la jefa", dice con una sonrisa.
"Tú puedes tener un producto muy bueno, pero si no sabes vender, chungo". Y su abuela sabía. "Esa mujer era única". En unos años durísimos, añade, "tenía una capacidad superior" y una mentalidad de crecimiento poco común en aquella época. "Ella quería seguir, quería crecer... Igual ahora mismo no seguiríamos en el mismo local, quizá hubiera conseguido más cosas".
Después de sus abuelos llegaron sus padres y sus tíos. Luego vino una crisis en los años 80 y, con ella, una ruptura en el marco del familiar. "Eran tres hermanos. Uno de ellos quiso salir del negocio. Hubo una pelea familiar, que en todas las casas pasa y tiraron por caminos diferentes". Al final, se quedaron al frente su padre, Luis, y su otro tío, Juan. Y con ellos, poco a poco, fue metiendo la cabeza en el que sin saberlo iba a ser su proyecto de vida.
Una pared del negocio.
"Yo llevo toda mi vida jugando aquí. En esta casa", dice. Primero jugando, luego ayudando y después trabajando ya de forma profesional desde los 18 años. Tiene 51. "Yo de chico jugaba aquí. Me daban un trocito de masa y cogía el molde del arroz o el molde de lo que sea y me ponía a hacer como si estuviera haciendo algo". Empatizaba mucho con el oficio de su padre, hasta el punto de que siendo muy pequeño, no se quedaba dormido hasta que no volviera a casa muy tarde.
Ese apego temprano explica muchas cosas de su vida actual. José tiene más hermanos, pero estos decidieron tirar por otros caminos en lugar de seguir el negocio con él. Uno de ellos, Luis, aunque le gustaba, tenía claro "que el fin de semana no iba a trabajar". El pequeño, ingeniero de caminos, se estudiaba los cuadrantes del obrador para convencerse de que quería otra vida. "Él estudiaba con los estadillos de aquí y decía: yo no me quiero ver haciendo esto como mi padre o como está mi hermano, yo me pongo a estudiar".
Total, que entre unos y otros, José se quedó al mando del proyecto. Mira su negocio mientras habla con cierta admiración. Javier, presente en la conversación, agradece que aún queden pequeñas empresas familiares que mantengan tanta autenticidad como la de este obrador.
No es un camino fácil el del autónomo en España. Mucho menos cuando eres una empresa diminuta. Pero José tomó la decisión sabiendo perfectamente lo que iba a suponer todo. "Un negocio es menor de edad, esto es como un niño chico. Es un negocio que siempre estás con él y para él". Hay rachas donde la cabeza "se hace un nudo", donde las máquinas fallan... donde el trabajo invisible viene un poco cuesta arriba. "La gente piensa que tú tiras el cierre por abajo y te vas a tu casa. No".
Ahora sostiene el negocio casi en solitario, aunque siempre tiene apoyo de las personas que le quieren. "Mi mujer me ayuda. Profesionalmente no se dedica a esto, pero me ayuda afuera atendiendo". Javier se ríe escuchándolo. "Ella es la jefa real, es un pie fundamental en ese mostrador", dice, mientras José se ríe y asiente con la cabeza.
José, en el mostrador.
El trato humano es clave en su éxito. Hoy en día hay tiendas donde no te miran a la cara cuando te venden algo. Frente a eso, José reivindica el trato directo, el nombre propio y la conversación. "Yo gracias a los clientes sigo aquí, que menos que devolverles eso con compañía".
Cuando se le pregunta qué tiene de especial Cárdenas para que tanta gente siga yendo a menudo en La Trinidad, él responde sin titubeos: "El rosco de vino". Coincide con la recomendación de Javier. Para Cárdenas, es el producto estrella de la casa, de lejos. "De hecho, el obrador se mantiene por el rosco de vino. Yo te puedo asegurar que el 80% o el 90% del tiempo funciona por eso". El éxito ha sido tal que un dulce típicamente temporal ha acabado convirtiéndose en reclamo durante todo el año. "Lo sigo elaborando durante todo el año porque hay clientes que pueden venir de vacaciones a Málaga y vienen a por eso, da igual la época".
Aun así, aunque mantenga el rosco de vino, José no es hombre de quedarse quieto. Le gusta estar inventando cosas nuevas a cada rato. "Aunque te parezca mentira, la parte que más me gusta hacer son roscos de vino", cuenta. Pero enseguida añade que él no se encasilla. "Hay momentos que tú dices, pues voy a hacer esto.Y me da por hacerlos, pero igual otro día hago más pan o hago una tarta de cierta forma con algún cambio respecto a la anterior...". Su mujer, cuenta entre risas, se lo reprocha a menudo: "Ahora, ¿qué va a inventar?", le dice constantemente.
Ese impulso creativo convive con una mirada muy amarga sobre la transformación del barrio. José habla de La Trinidad con amor, pero también con dolor, al igual que Javier. "Es un barrio de trabajadores, un barrio de gente humilde, gente trabajadora". Y enseguida suelta una frase que resume bien el tono de todo lo que viene después: "Ahora yo paseo por aquí y no lo conozco".
Lo dice al hablar de la pérdida de identidad, de los pisos turísticos, del cambio del paisaje humano y comercial. "Yo jugaba ahí, en esa calle de ahí, o jugaba aquí fuera. Salíamos a la calle y jugábamos". Ahora, en cambio, siente que todo eso se ha ido borrando. "A mí me llama mucho la atención que ponen un cartel y dice ‘está prohibido que los niños jueguen a la pelota’. Y luego dicen ‘no, es que están los niños así con la pantalla’. Normal. Si no quieren que jueguen...".
Recuerda con cariño cómo el mismísimo Chiquito de la Calzada solía apostar por su negocio para comprar pasteles. "Adoraba los pasteles de crema y los barquitos de canela". José lo cuenta con una mezcla de cariño y gracia, porque de niño, confiesa, lo veía tan charlatán que le decía a su padre: "Vámonos ya, que este tío es muy pesado".
Dulces.
Por el obrador, como Chiquito, ha pasado mucha gente a lo largo de estas décadas. Vecinos, clientes de toda la vida, gente que ya no vive en La Trinidad, pero vuelve una o dos veces al año para comprar, saludar o recordar. "Hay veces que te dicen: ¿y tu padre? Y yo les digo: mira, mi padre ya falleció". Son clientes antiguos, desconectados del día a día, pero unidos todavía emocionalmente a este negocio. "Piensan que aquí seguimos todos los que un día estuvieron tras el mostrador".
Y de la familia, inevitablemente, la conversación va a parar a la Semana Santa. En casa de José, como la de cualquier trinitario, se ha vivido siempre con intensidad, sobre todo por su madre. "Mi madre ha sido muy cofrade, le ha gustado mucho la Semana Santa". Él también. Aunque no fue inmediato.
A los 17 años le dijo a su padre: "Yo me quiero apuntar al Cautivo". Y ahí empezó una historia que sigue marcándole la vida a día de hoy, cuando ocupa un puesto de la mesa de la Virgen de la Trinidad como Javier. Cuando se le pregunta por cómo son sus Lunes Santo, se emociona y rompe a llorar como un niño.
Para mí el Lunes Santo es muy... Uy, me ha tocado fibra", dice. Ahí aparecen de golpe el padre, la madre, las abuelas, los compañeros y, en resumidas cuentas, el barrio entero. "Yo salía de aquí y siempre iba a casa de mis padres. Siempre". Ahora su padre ya no está, pero él mantiene el ritual. "Mi madre siempre... escúchame, el abrazo que me da mi madre siempre... Ella tiene alzhéimer y por algún motivo siempre dice si voy a ver a la Virgen". No termina del todo la frase. No hace falta.
Cárdenas, en el obrador.
José se define como "muy llorón, muy sentimental". Cuando algo le emociona, le emociona mucho. Y eso permite percatarse fácilmente de hasta qué punto el Cautivo está metido en su casa. Relata, por ejemplo, un incendio de la casa familiar hace años tras el que un almanaque con la imagen del Señor se salvó casi milagrosamente. "Se quemaron las hojas, pero no se quemó el dibujo". Ahora lo tienen enmarcado en el patio de su casa. "En el grupo de WhatsApp de los hermanos la imagen es esa, la del calendario".
Cuando intenta explicar qué es el Lunes Santo en La Trinidad, reconoce que es muy difícil ponerlo en palabras. "Es complicado". Pero luego, poco a poco, lo va haciendo. Habla de un barrio entero viviendo en la calle, de los reencuentros, de las personas mayores, de las visitas, de los abrazos. "Tú veías a la gente abrazarse por las calles". Admite que ya no es exactamente igual y que el Sábado de Pasión ha ido ganando centralidad en el barrio, pero el Lunes Santo sigue teniendo para él un peso imposible de sustituir. "Recuerdo tantas estampas bonitas en mis Lunes Santo... Me encanta tener memoria fotográfica y que me vengan miles a la cabeza con muchas personas distintas", dice.
Cuando habla de la mesa de la Virgen, vuelve a aparecer una palabra clave: familia. "Lo bonito de las mesas es la familia que se crea bajo ella". José no romantiza en exceso. Sabe que en un grupo hay de todo. "Dentro de un grupo de cuarenta personas hay gente que te cae bien, gente que te cae mal...". Pero eso, debajo del trono, cambia. "Ese día estamos todos unidos", señalan tanto Javier como José. "Si lo ves emocionarse, te emocionas con él. Y si lo ves pasarlo mal, lo pasas mal con él", añade Javier.
En el fondo, el obrador y la mesa tampoco están tan lejos como parece. Ambos son el refugio de Javier, que ahora vive justo encima de su negocio. "Antes vivía en otra parte y cuando discutía con quien fuera, siempre me venía aquí al obrador, mi lugar seguro, mi refugio", sostiene."El mismo sentimiento un poco tengo en la mesa. Esa tranquilidad que tengo ahí, lo mismo me da esto que me da la mesa". Son sus dos lugares. Los dos espacios donde se reconoce. Los dos sitios donde sigue estando, de algún modo, toda su vida.
Por eso cuesta imaginar a José lejos de aquí. Aunque él sabe que algún día llegará el momento. Lo sabe cuando mira el estado del pequeño comercio. "Se está perdiendo esto", lamenta. Y no se refiere solo a la pastelería. Se refiere a lo artesanal, a lo auténtico.
Mientras Málaga cambia, mientras La Trinidad se transforma y mientras muchos negocios bajan la persiana sin relevo, José Cárdenas sigue ahí. Recibiendo junto a su mujer a cada cliente, recomendando productos y llamándolos por su nombre, algo que hoy ya casi parece un lujo. Todo ello con el orgullo de sus antepasados, que siguen presentes en los marcos de fotos que cuelgan de sus paredes y que vigilan, en silencio, que el legado continúe.