Crespi posa para EL ESPAÑOL de Málaga.
Crespi, Chupete de Oro 2026: “Quiero que la Murguita sea siempre el primer recuerdo de carnaval de mis niños”
Ana Belén Rodríguez Crespillo ha recibido la máxima distinción de la cantera del carnaval de la mano de su padre, Rafael Rodríguez, que lo consiguió en 2012. Fue ella misma la que propuso la vuelta de esta distinción sin imaginar que ella sería la premiada.
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Quedamos a las seis y media en un bar de Teatinos y en una tarde de preliminares cualquiera, con el reloj ya corriendo en contra porque en un rato tiene que marcharse a ensayar con Los Desamparados, la murga que dirige y a la que, finalmente, ha logrado colar en semifinales gracias al esfuerzo de sus jóvenes murguistas.
Ana Belén Rodríguez Crespillo, Crespi para todo el carnaval, llega acelerada, con los ojos brillantes de ilusión y lamentando que no ha podido contestar todos los whatsapps que le gustaría a sus amigos. "A otras personas les agobiarían estos días, pero yo reconozco que he elegido el carnaval como forma de mi vida, me encanta y no me puedo quejar", sostiene con sinceridad.
El Carnaval de Málaga 2026 está siendo uno de los más especiales de su vida, ya que la Fundación Ciudadana del Carnaval de Málaga, y más concretamente, las agrupaciones infantiles, han decidido otorgarle la máxima distinción de la cantera, el chupete de oro, por tantos años sacando a la murguita inculcando el carnaval a niños y niñas.
Este galardón no se otorgaba desde 2012, cuando lo recibió su padre, Rafael Rodríguez, por lo que fue él el que se lo entregó el pasado 1 de febrero en la gala infantil, lo que le hizo aún más ilusión.
La noticia le llegó sin aviso. Estaba en la peña de Renfe montando la puesta en escena de la murga infantil, forrando con tela negra los “altaritos”, unas cajas de cerveza forradas con plástico negro donde este año se han subido los componentes de su murga infantil, Nos falta uno pal' coro, con disposición de coro góspel. Era un día de ensayo caótico. Algunos no querían ensayar. El local no estaba pedido. Iba y venía gente.
De pronto empezaron a aparecer personas que no cuadraban con la tarde, pero que a veces pasan por allí, por lo que tampoco se extrañó. Su hermano. Sus padres. Amigos de siempre. Componentes de la murga adulta y juvenil... “Yo estaba liada y pensando: dejadme en paz, que tengo cosas que hacer”.
Hasta que alguien le enseñó el móvil con la publicación oficial del Carnaval de Málaga, con su foto y el anuncio del Chupete de Oro. “Yo decía que eso era mentira. No sabía si era verdad o no. Me daba más vergüenza que alegría”.
No lloró. No se emocionó en el sentido clásico. Se quedó bloqueada. “Era como estar inerte. Algo tan grande, tan inesperado… no sabía qué sentir”. Para ella, el Chupete de Oro tiene un valor enorme. “Para cualquier carnavalero será un premio cualquiera, pero para mí es como el Pito de Oro, la máxima distinción del carnavalero. O más. Para mí es más”.
Aquella tarde terminó con tarta, con un chupete hecho a mano por su madre y con todo el mundo sabiendo algo que ella aún estaba asimilando. “La sorpresa fue que me lo dieran así. Eso fue muy guay”.
La sorpresa que le hicieron.
En cuanto lo supo, decidió comprar un montón de minichupetes de color dorado que ir repartiendo entre la gente que está a su lado cada carnaval. Porque si algo está disfrutando de un año tan bonito para ella, es compartirlo con todos. "Vivir esto sola no tendría sentido; me da mucha ilusión compartir la alegría tan grande que me han dado".
Trayectoria
Su trayectoria en el carnaval empieza oficialmente en 1992, cuando tenía once años, aunque insiste en que no recuerda un solo momento de su vida sin carnaval. Sus padres tenían un grupo de amigos que lo compartía todo. Playa, feria, presentaciones...
Entre ellos estaba Paqui Prieto, icono de nuestra fiesta que introdujo tanto a ella como a su hermano en el Carnaval de Málaga. "Nos sabíamos sus coplas antes incluso de que saliéramos en carnaval. Mi primer año fue en la calle, porque les dijo a mis padres que ya que me sabía todo por estar allí ayudando, que tenía que salir", explica.
"Y así fue como me la liaron", dice entre risas. Aquello fue el principio de ir hilando agrupaciones un año tras el otro. Pero tras una etapa "tontilla", donde aparecen los primeros amores, la vergüenza adolescente... Hubo un parón y un cambio de rumbo. Pasó a ayudar más que a salir. A vivir el carnaval desde fuera del escenario, aunque siempre cerca. Hasta que en 2003 volvió a subirse a las tablas tocando el bombo en En el fondo nos han echao, más conocida como la murga de los Buzos.
“Yo dije que sabía tocar el bombo a mis amigos. No lo veían claro. ¿Una tía tocando el bombo? Eran otros tiempos…” Y al final salió. Por aquellos años también empezó su relación con Alberto Salas, el amor de su vida, director de aquella agrupación, y también su otra mitad carnavalera, que le ayuda en la actualidad con la murga infantil. El carnaval, en su caso, mezcla vida personal y escenario sin fronteras claras.
Crespi, con una copia del chupete de oro que va repartiendo a sus amigos.
La verdadera revolución llega en 2015, ya con hijos. Rocío, su hija, le hizo una pregunta sencilla. “¿Por qué yo no salgo ahí?”. A partir de ahí, Crespi decidió montar una murga infantil. Sin pensar en concurso. Para la calle. Para acompañar a los niños. Para no tener que elegir entre carnaval y familia y que todos se dividieran cuando tocaba ensayar.
Pero los invitaron a la gala infantil aquel año en el que iban de lacasitos. Y cuando pisaron el teatro por primera vez, sin telón ni puesta en escena, más allá de unos bonitos botes de lacasitos gigantes hechos por Álvaro Siles, 'El Primo', por sorpresa; se dio cuenta de que aquello iba en serio. “Ahí descubrí el carnaval de verdad y que mis niños iban a estar sobre las tablas”.
Los lacasitos, en aquella gala infantil.
Desde entonces, su día a día está lleno de ensayos con normas tan estrictas como los de los adultos. "Quiero que se tomen en serio el carnaval", asevera. Silencio cuando toca silencio, gracias a la palabra mágica: "cremallera". Fila cuando toca fila, nada de carreras. Aprender a respetar al compañero.
Por eso los suele cambiar de sitio en los ensayos, para que todos se conozcan y hagan amigos a través del carnaval. Como profesional de la educación infantil (tiene una escuela infantil), reconoce que el carnaval es una gran ayuda para avanzar, sobre todo, en lo que a hablar en público se refiere. "Quita vergüenzas", reconoce.
Además, confiesa que cuando se ponen penosos, trata de no dar importancia a sus supuestos problemas. “Son cincuenta niños. Tienen que aprender que no siempre son el centro; tienen que aprender a vivir en grupo”. Crespi sabe cuándo están de verdad cansados, aunque a veces haga como que no lo oye.
Crespi reconoce que cada vez que el telón se abre, vive una ola de adrenalina. "Nunca se sabe lo que te vas a encontrar aunque te hayas hartado de ensayar". El otro día, cuando se celebró un minuto de silencio en las preliminares por el fallecimiento de un componente de la murga de Albox (Almería), su grupo estaba colocándose tras la cortina y aquello... "fue dificilillo", confiesa partida de risa. "A todos le dio por querer toser, reírse... Pero aguantaron hasta que el público aplaudió".
También le enorgullece ver cómo muchos de ellos se crecen en las tablas, como Cristian, de dos añitos, hijo del carnavalero Raúl Berrocal. "Es un obsesionado de la guitarra, va a ser un genio. Pero el otro día en el escenario lo cantó absolutamente todo, muchos hacen en el escenario cosas que no logran en los ensayos. Es impresionante", sostiene.
Este año, más allá de recibir el Chupete de Oro, Crespi ha vivido algo que considera irrepetible y que le emociona casi igual que esta distinción. Ver a su grupo pasar por infantil, juvenil y adulta. “Eso no lo ha conseguido nadie, yo se lo digo siempre”. La murga Los Desamparados, que concursa este año en adultos, ganó el primer premio el pasado año en juveniles, con Los de Despeñaperros pa'bao, y han crecido en las faldas de la Murguita Infantil de Crespi y Alberto.
Una imagen del ensayo general.
Recuerda como un momento inolvidable el final del popurrí del pase de preliminares de Nos falta uno pa'l coro, donde los niños de este 2026 le cantan a sus ídolos, a aquellos que crecieron en la Murguita y que ahora regalan carnaval a Málaga en febrero... “Yo no lloro nunca. Y ese día estaban todos llorando. Fue muy bonito”. Aunque ve muy difícil una final, está muy orgullosa de que la murga ha conseguido calar en el público, con un humor y una vocalización muy trabajada.
También es crítica. Le incomoda el bienquedismo. Quiere que le digan los fallos que le ven al grupo de Marta Berdugo, Manuel Padilla o su hija Rocío Salas y muchos más chavales que quieren aprender para seguir creciendo en el carnaval. “Si nadie te dice lo que falla, no mejoras”. Defiende una crítica constructiva que haga avanzar al carnaval, no que lo adorne.
Cuando le pregunto qué le gustaría que recuerden los niños de ella dentro de unos años, lo tiene claro. “De mí, nada. Que recuerden su murga”. Quiere que recuerden el paso del camerino al escenario, con los adultos aplaudiendo. Esa sensación de estar haciendo algo importante. Que cuando alguien les pregunte por su primer recuerdo de carnaval digan, sin pensarlo, que este fue en "su Murguita".
El bar ya cierra y queda poco para que comience su ensayo, camino del teatro para hacer unas fotos, Crespi reflexiona sobre cómo el carnaval es su vida. "No soy de las que escucha carnaval en el coche en pleno junio como muchos otros jartibles. Pero no concibo mi vida sin carnaval. Mi salón sin mi mesa para ir inventando cositas para los tipos. Mi mes de diciembre sin estrés de organización... El carnaval es mi vida: la vida que hemos elegido mi familia y yo".