Antonio Soler y Agustín Rivera, en el Centro Andaluz de las Letras de Málaga.

Antonio Soler y Agustín Rivera, en el Centro Andaluz de las Letras de Málaga. Samuel Baeza

Cultura

Antonio Soler, una vida dedicada a la literatura sin cronómetro: “Mi horizonte es cada vez más amplio”

El autor malagueño desgranó las claves del oficio de escribir en el Centro Andaluz de las Letras.

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Las claves

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Antonio Soler considera la literatura y la lectura como necesidades vitales, especialmente tras dejar el atletismo por un accidente.

Para Soler, el contexto y el entorno social son fundamentales en la formación de un escritor, aunque el texto es siempre lo más importante.

El escritor afirma que cada novela tiene un proceso único, marcado por intuiciones y pulsiones, y rechaza seguir modas literarias.

Soler defiende la independencia creativa frente a la inteligencia artificial y opina que los grandes premios literarios deberían servir para apoyar a los escritores.

“En la literatura no hay cronómetros; quien los usa es un fantasma”, sentenció Antonio Soler este jueves en el Centro Andaluz de las Letras de Málaga. La escritura y la lectura son necesidades fisiológicas en su vida, sobre todo después de que un accidente de tráfico le apartara del atletismo.

Desde entonces, amamantó la literatura y es tradición anotar cada libro que lee junto a la fecha: “Es algo placentero y cotidiano, no sé en los últimos 55 años cuántos días habrán pasado sin leer nada. Lo que sea, cinco, diez páginas”.

En el marco de la sexta sesión del ciclo Andanzas y aventuras del oficio de escribir, patrocinado por el Ministerio de Cultura y titulada Escribir en Málaga: Antonio Soler, el escritor malagueño reconoció junto al periodista Agustín Rivera que escribir en Málaga “tiene un aspecto íntimo” y que lo que más marca la diferencia es el contexto y el estamento social: “Eso es lo que nos forma como personas y como escritores”.

En alusión a Marcel Proust y su ensayo Contra Sainte-Beuve, destacó que lo que importa es el texto, con independencia de dónde se haya escrito.

El juicio final literario viene por el texto, dependiendo de los condicionantes, pero es importante saber de dónde procede. No es lo mismo un autor nacido en una tribu que el que se ha desarrollado en una gran ciudad”, señaló Soler.

En sus comienzos no conocía a casi nadie. Su referencia eran autores como Juan García Hortelano. Al publicar sus primeros textos y obtener el premio Ateneo de Valladolid, el alcalde le dijo a Pedro Aparicio que había un escritor joven con interés. Lo llamó y le presentó a Rafael Pérez Estrada y Manuel Alcántara; pero no fueron sus maestros literarios, sino vitales porque en su entorno no había nada a lo que pudiera aspirar.

“Unos libros me interesan más, otros menos, pero con cada uno aprendo algo. La curiosidad es algo que no decae con el tiempo, al menos en mi caso. Para otros escritores, la curiosidad muere, pero mi horizonte es cada vez más amplio e inabarcable”, aseguró Soler.

Además, ha explicado que ha regresado a libros que abandonó en su día, como El túnel, que ahora ve con otros ojos y no con los del Soler de 18 o 20 años.

A diferencia de cuando leía a esa edad, ahora la lectura ya no le parece un punto de fuga, sino una inmersión introspectiva en la mente de quien ha escrito ese texto y en la arquitectura de lo que ofrece, aunque algunas partes del andamiaje la parezcan acertadas y otras no.

Es un autor planificador, pero con el tiempo se ha dado cuenta de que el orden se cae por su propio peso: “Puedo saber el ritmo habitual de escritura, antes lo hacía con un cuadrante y un calendario; si empezaba el día 1, el 30 tenía que tener 63 páginas. 63 exactas, no 58”.

Soler escribía en hoteles, aeropuertos, en el AVE… Lo dejó no por concentración, sino porque se lo merecía. Ahora comprende que acabar un libro un mes u otro da igual.

El estilo y la maquinaria del lenguaje no se pueden prever. Distinto es la batalla de los personajes, pero el día a día se va imponiendo y la novela juega una vida que no se puede planificar”, según Soler.

Su segunda novela la reescribió 11 veces. El resto ha sido una prolongación de la musicalidad de la segunda página. Publicar una obra no significa dominar el oficio; pero los años de experiencia dotan al autor de una armadura intelectual que antes era invisible.

Para el escritor “no existen pautas detrás de cada novela. Cada una es diferente y está marcada por pulsiones, intuiciones que se van concretando y poco a poco se ve la posibilidad de que tenga carne propia, unos personajes principales y un hilo conductor”. En todo momento, cada obra que escribe es un sedimento largo al que también hay que dejar reposar.

La moda y la literatura no casan para él, ya que ha “visto a autores que empezaron con un afán exigente desde el punto de vista literario y acaban imitando el estilo de Lorenzo Silva porque domina bien las novelas de guardias civiles”. Perseguir una moda, ni mucho menos, es sinónimo de triunfo; de hecho lo más probable es no llegar a la meta de esa carrera.

Soler no dudó en pronunciarse sobre el polémico premio Aena, que este año ha sido para Samanta Schweblin: “Me parece desmedido, se quería crear un gran premio desde el sector público, que hubieran dado mejor 150.000 o 200.000 euros para estimular la vida del novelista”, y bromeó al respecto: “Los escritores, después de todo el día creando historias, hablan de dinero o de fútbol cuando se reúnen”.

Tampoco dejó atrás la IA: “Ni sé ni me importa lo que hacen los autores que la usan. Estoy en una senda de la que no me va a sacar nadie”. No es una cuestión de refugiarse en el pasado, sino un desafío que no va con él porque nunca le faltan argumentos ni ideas.