Málaga

Enric González (Barcelona, 1959) es una de las voces más lúcidas del periodismo español actual. Su padre dejó de ser un próspero abogado de propiedad intelectual para dedicarse de lleno al oficio con 40 años. Él empezó mucho antes, con 17, en la Hoja del Lunes y después ha desarrollado la mayor parte de su carrera en El País. Sin olvidar su paso por El Mundo varios años antes de regresar a su casa. 

El columnista se ha curtido en corresponsalías de medio mundo con El País donde ha desplegado siempre una mirada crítica, ácida, culta y divertida. Entre los destinos han estado ciudades emblemáticas como Londres, París, Nueva York, Washington, Roma, Jerusalén y Buenos Aires. También probó a hacer reporterismo en Ruanda, cuyo conflicto le hizo ver montañas de cadáveres, y a escribir sobre fútbol. 

El escritor, afincado en Madrid, visitará este jueves el Congreso de Periodismo de la Fundación Manuel Alcántara. Al poeta y periodista malagueño no lo conocía (si llegó a saludarlo una vez), pero lo leía desde que empezó a escribir sobre boxeo. "Admiraba que siguiera tomándose Martinis y que fuera un tío tan estupendo", señala durante una conversación con EL ESPAÑOL de Málaga.

¿Cree que este oficio se fue a la mierda cuando pusieron los cabezones al lado de la firma en los periódicos?

No sé. Sospecho que las cosas ocurrieron un poco antes. La irrupción de internet, el todo gratuito, la absorción de publicidad por parte de grandes plataformas como Facebook, la desorientación de las empresas, que optaron por las peores estrategias posibles. Es la tormenta perfecta. De momento, en España no se le ve salida. En otros países hay medios que ya han superado esto y tienen un buen presente y un buen futuro. Pero aquí seguimos en ese embrollo del que hemos hablado tantas veces. No sabría decirte si fue primero el huevo o la gallina. Internet mató el negocio tradicional y las empresas no han sabido adaptarse al nuevo negocio. 

Muchos se las dan de estrellitas, pero lo periodistas no dejan de ser obreros.

Completamente de acuerdo. Soy lector del Economist desde hace más de 30 años y en este medio nadie firma. Eso es extremadamente satisfactorio. A mí la firmitis siempre me ha abrumado un poco. Encima que te pongan el careto ahí... ¿Para qué? Y sí, en el oficio hay gente que se ha creído que tiene una relevancia más allá de lo que pueda aportar cada día con su trabajo y no. Una redacción es mucho más que la suma de individuos y un medio es mucho más que la suma de las personas que trabajan en él. Al menos debería ser así.

Un compañero de profesión concibe la redacción como un equipo: todos suman.

Sí. No sólo es que se nos haya olvidado, es que hemos perdido la noción de cómo funciona una redacción. La toma de decisiones, el proceso que sigue cada uno para redactor una historia... Uno nunca está en perfectas condiciones y comete errores. Todo es imperfecto. Se supone que una redacción debe tener además de los mecanismos para corregir los errores del individuo, un sistema de debate abierto. De ahí la palabra redacción, mesa de redacción. Una mesa donde se junta todo el mundo y escucha. Este es el origen de todo. La redacción es el caldo de cultivo de lo que se va a hacer y ahí nacen una serie de mecanismos para mejorar lo que hace cada periodista. Se han perdido los correctores y los demás mecanismos de rectificación en caso de error antes de la publicación. Y también se ha perdido las observaciones. El comunicarse telemáticamente no favorece un debate como el que se hace a viva voz, en persona, e idealmente con una copa de alcohol en la mano.

Investigó la trama de Banca Catalana en los años 80. ¿Le pusieron muchos obstáculos?

Lo normal. Esa era la época donde Pujol y el pujolismo iniciaban un auge formidable. Hurgar en sus asuntos era prácticamente convertirse en un enemigo del pueblo. La situación llegó a ser tan complicada que no podía ir a ruedas de prensa de la Generalitat ni hablar con nadie allí. Finalmente me trasladé a Madrid para trabajar en El País. Quien hizo ese trabajo no fui yo solo. En el libro famoso (Banca Catalana, más que un banco, más que una crisis) estaba Jaume Reixach y Francesc Baiges. Hubo otra personas que en esa época intentaron remar a contracorriente. Pero no había nada que hacer. La Generalitat con fondos públicos compraba todos los ejemplares de cada edición. Se convirtió en un libro clandestino.

¿Cómo asiste a la deriva nacionalista en Cataluña?

Es un conflicto inevitable. El nacionalismo siempre necesita más. Aunque Artur Mas no hubiera hecho esa tontería... Ya que no nos dan dinero porque lo hemos muy mal pues ahora pedimos la independencia. Habría acabado ocurriendo algo así. No veo que el conflicto pueda solucionarse a corto plazo. Todo el mundo está frustrado por una razón o por otra.

Dijo en una columna que charnego ya no es un insulto, lo es español. Cuénteme…

Charnego corresponde a una época en la que fermenta la xenofobia en Cataluña. La llegada de inmigración del resto de España es tan grande y tan numerosas que es traumática. Cambia completamente el paisaje y muchas cosas de repente. Son los años 60. Surge lo del charnego, una cosa completamente peyorativa del recién llegado que no habla catalán. Ahora la palabra ya no se utiliza. El independentismo se nutre en gran medida de los hijos de los que eran llamados charnegos. 

Qué paradoja...

Es así. Para integrarte antes te hacías del Barça y ahora hay que creer en la patria catalana y la independencia. El independentismo tiene muchos canales de expresión y está muy presente en la calle. Es activo. Los que teníamos el statu quo somos reactivos. Ellos han creado el nuevo marco de debate y ahí ser español, o sea ñordo en la terminología indepe, es el insulto ahora.

¿Le da miedo hablar abiertamente de sentirse español con sus amigos?

A mí personalmente, como he vivido tantos años fuera, todo esto me resbala un poco. Cualquier diálogo es un diálogo de sordos. Una vez niegas la evidencia (es que Cataluña está tan conectada con España), cuando rascas un poco no hay mucho más que hablar. La ensoñación nacionalista tiene eso. Es como la España autárquica de Franco. La gente se lo creía. Este tipo de ensoñación toca poco la realidad. 

Eduardo Mendoza me dijo que Barcelona había pasado de ser una ciudad referente a repelente. ¿Está de acuerdo?

El caso de Barcelona es el caso de una ciudad que muere de éxito. Apuesta por el modelo turístico y este la devora. La Cataluña interior y nacionalista siempre ha operado contra la Barcelona cosmopolita, un puerto más o menos abierto. Durante unos años se mantuvo el equilibro y luego con el triunfo del nacionalismo, Barcelona entra en la fase de convertirse en algo completamente distinto. Aplica un modelo que funciona demasiado bien. La ciudad se ha convertido en un gran vestíbulo de hotel donde todos van con maletas, en bañador. Es una ciudad en la que no te reconoces.

Ha sido corresponsal en Londres, París, Nueva York, Washington, Roma, Jerusalén. Buenos Aires. ¿El terruño tira más que otra cosa?

No. A mí el terruño no me tira y la prueba es que vivo en Madrid. De España añoras siempre cosas. Si vives en Buenos Aires añoras el pescado porque allí no se come. Si vives en Jerusalén, añoras otras cosas. La patria es la infancia, los recuerdos, el gusto por equis sabores, por nuestros paisajes, una lengua. La mía es la catalana. Yo trabajo en castellano, pero el idioma con el que hablo con mi madre es el catalán. Soy frío respecto a estos asuntos. Si alguien me hubiera dicho que me quedara en Nueva York porque me pagara bien y para el resto de mi vida, me hubiera quedado en Nueva York o en cualquier otra sitio. No soy nada nostálgico.

¿De qué le ha valido tener una foto con Guardiola en la cartera?

Hay gente que tiene una foto con Messi. En ciertas situaciones comprometidas, una foto así te ayuda. No hablo de una situación comprometida con la Hacienda española. Hablo de estar en la frontera africana, en un punto caliente, o que te pare un camión militar y te pregunte. No les interesa nada quien eres tú, pero saben quién es Guardiola. Y si tú tienes una foto con él pensarán: "Este tipo es alguien". Eso ayuda. Me ha pasado varias veces. O por ejemplo, la casualidad de hablar un idioma que alguien aprendió de forma rara y que esa persona simpatice contigo. Si te vas moviendo por el mundo, acumulas sorpresas.

Quería preguntarle por la historia del Málaga, el jeque que enamora a toda una ciudad y que se marcha de golpe. ¿Cabe el romanticismo en el fútbol moderno hoy día?

Cuando estaba en París me enamoré del Red Star Football Club, un equipo de tercera división para el que no rigen las normas profesionales. Se puede beber cerveza en la grada y el estadio tiene capacidad para 200 personas. El romanticismo se ha quedado ahí, en los niveles más aficionados. El fútbol profesional es ahora cosa de empresas y sinvergüenzas. El caso del Málaga es el cuento de la Cenicienta que acaba mal. No es el único. En el fútbol profesional las cuestiones sentimentales nos las inventamos nosotros. Pero ahora los aficionados no deciden nada, ni siquiera los clubes. Esto es un negocio como cualquier otro. 

Mira lo que ha pasado con Messi...

Tener al mejor jugador del mundo es una bendición y una maldición. Le paso al Real Madrid con Di Stéfano y al Santos con Pelé. El día en que se va esa persona descubres que has estado pagando un sueldo exagerado a la gran estrella y a los que tienen que acompañarla. También descubres que se te ha quedado un vacío enorme y que las cosas van mal. 

¿Alguna vez escribió con pseudónimo femenino?

Nunca se me ha ocurrido escribir con pseudónimo masculino ni femenino. Escribo lo menos posible. Escribo porque me obligan (ríe). No es algo que me guste mucho. Me parece que lo del Premio Planeta es una cosa que tiene bastante que ver con el comercio y el marketing. No es como George Sand. Esas cosas que ocurrían en el siglo XVIII, que una mujer para hacerse oír tenía que ponerse un nombre masculino. Unos señores pensaron que les iría mejor la vida si firmaban con un nombre femenino. Las mujeres de forma natural quieren leer libros firmados por mujeres. 

Esto dice mucho del mundo en el que vivimos...

Vivimos en un mundo en el que el mercado manda. No eres nadie si no vendes, sea un producto o a ti mismo. Y si volvemos a la cuestión del careto, ¿qué aporta tu cara que la gente te reconozca? No lo sé. Debe tener alguna repercusión en el mercado. Las redes sociales potencian esto. Es el turbo que se ha impuesto en el capitalismo. Todos estamos hiperventilando, acelerados y no sé cuál será el desenlace de esto.

En una columna suya habla de "la política como fábrica de conflictos". ¿Con qué político incendiario se tomaría una copa: Ayuso, Trump, Iglesias?

Yo me tomaría una copa con cualquiera. Hay incendiarios con más gracia que otros. Santiago Abascal no me parece que tengan ninguna gracia y en cambio Ayuso, con la que no me identifico para nada, tiene una gracia por el populismo que le sale solo. 

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