Lorenzo en su despacho.

Lorenzo en su despacho. M.B

Sociedad

Lorenzo Navarro, toda una vida dedicada a buscar a herederos de millones: "Tengo 83 años. Si te jubilas, estás muerto"

Tras 60 años ejerciendo, sigue recorriendo árboles genealógicos para localizar a familiares que desconocen que tienen derecho a una fortuna.

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Las claves

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Lorenzo Navarro, de 83 años, lleva seis décadas dedicadas a encontrar herederos desconocidos de grandes fortunas en España.

Su bufete en Madrid cuenta con un equipo de diez abogados y dos genealogistas que reconstruyen árboles familiares para localizar legítimos herederos.

Navarro insiste en el valor social de su trabajo: muchas herencias acaban en manos del Estado si los herederos no son localizados.

A pesar de la digitalización, buena parte de la investigación sigue requiriendo trabajo de campo y análisis minucioso de documentos para evitar fraudes.

En la séptima planta del número 57 de la Gran Vía de Madrid el tiempo parece haberse detenido. Tras una puerta de madera, el despacho conserva el aspecto de otra época: estanterías repletas de códigos civiles, archivadores que acumulan décadas de expedientes y mesas cubiertas de documentos en los que se mezclan árboles genealógicos con escrituras y testamentos.

El bufete ocupa también la cuarta planta del edificio. Entre ambas trabajan diez abogados y dos genealogistas, un equipo especializado en una rama del Derecho de la que apenas se habla y que, en ocasiones, se parece más al trabajo de un detective que al de un jurista.

Al frente continúa Lorenzo Navarro. Tiene 83 años y este año ha cumplido seis décadas ejerciendo la abogacía. Su hijo, Guillermo, dirige ya buena parte del despacho, pero él sigue acudiendo cada mañana a trabajar, revisando expedientes y reuniéndose con clientes. Cuando se le pregunta por la jubilación, la respuesta llega sin necesidad de pensarlo demasiado.

"Si te jubilas pasas voluntariamente a ser una persona muerta. Ya casi nadie cuenta contigo, no eres objetivamente nadie", explica.

Esa manera de entender la profesión explica por qué, con más de ochenta años, sigue dedicándose a una especialidad tan peculiar como desconocida: encontrar herederos que ignoran que lo son.

Personas que un día reciben una llamada inesperada en la que un abogado les comunica que un familiar, a veces al que no veían desde hacía décadas o del que ni siquiera recordaban su existencia, ha fallecido y les ha dejado una herencia.

"La mayoría piensa que es una estafa", cuenta entre risas. "Nos cuesta convencerles de que no queremos venderles nada ni quitarles dinero. Simplemente intentamos explicarles que tienen derecho a una herencia".

Lorenzo en su despacho

Lorenzo en su despacho M.B

Navarro insiste en que su trabajo no consiste en buscar fortunas, sino personas. "Nosotros no somos cazadores de herencias; somos cazadores de herederos".

"Es un trabajo con una parte muy social", explica. "Muchas veces esas personas ni siquiera saben que su familiar ha muerto. Si nadie reclama la herencia, puede acabar en manos del Estado cuando en realidad existe alguien con derecho a recibirla".

En España, explica, el sistema tampoco ayuda demasiado. A diferencia de otros países como Francia, donde los notarios tienen la obligación de investigar quiénes son los herederos y comunicarles la existencia de la herencia, aquí esa responsabilidad no existe.

"Aquí el notario hace el testamento, pero nadie avisa a la familia". El problema comienza, además, mucho antes del fallecimiento. Navarro calcula que una parte importante de los españoles sigue sin hacer testamento, muchas veces por una cuestión casi supersticiosa.

"La palabra testamento da miedo porque recuerda que todos nos vamos a morir", explica el abogado detective.

Cuando comenzó a especializarse en herencias, hace ya varias décadas, descubrir que alguien había fallecido requería una paciencia casi infinita. Cada mañana revisaba las esquelas y los listados de defunciones publicados en los periódicos.

A partir de un nombre comenzaba una investigación que podía prolongarse durante meses. Después llegaban los viajes a pequeños pueblos para consultar registros parroquiales, hablar con vecinos o reconstruir árboles familiares hoja por hoja.

"Antes había que ir personalmente a las parroquias y leer los libros de registros. Ahora casi todo está digitalizado y es mucho más sencillo".

Aun así, la tecnología no ha sustituido por completo al trabajo de campo. El despacho sigue recibiendo avisos de administradores de fincas que detectan viviendas cerradas desde hace meses o de porteros que conocen la historia de vecinos fallecidos cuyos pisos permanecen vacíos.

También revisan anuncios publicados en el Boletín Oficial del Estado y reconstruyen genealogías completas para demostrar quién tiene realmente derecho a heredar.

Porque encontrar a un heredero no consiste únicamente en localizar a una persona. Primero hay que demostrar documentalmente que forma parte de la familia. Para eso entran en juego los genealogistas del despacho, que reconstruyen generaciones enteras hasta acreditar el parentesco.

Esa labor de detective les ha llevado mucho más lejos de lo que cualquiera imaginaría. Uno de los viajes terminó en Alaska. Allí localizaron a un español que había emigrado décadas atrás y que desconocía por completo que su padre había fallecido.

En otra ocasión, la búsqueda acabó en Australia. La distancia nunca ha sido el mayor obstáculo; lo difícil es demostrar, documento a documento, cómo se enlaza una rama familiar con otra.

Navarro recuerda otro caso de una mujer viuda, sin hijos, propietaria de cuatro pisos en Madrid. La noticia de su fallecimiento llegó a través del administrador de la finca y tras una larga investigación localizaron a varios sobrinos que desconocían incluso que su tía hubiera muerto. Parecía una herencia sencilla hasta que comprobaron que no existía ningún testamento inscrito ante notario.

Solicitaron autorización judicial para acceder al domicilio y, entre los papeles de la vivienda, encontraron un testamento ológrafo, escrito completamente a mano por la fallecida. En él dejaba claro que quería que todo su patrimonio pasara a sus sobrinos. Aquel documento cambió por completo el reparto de la herencia y evitó años de litigios.

Durante la conversación rebusca entre los recuerdos hasta detenerse en uno que aún le molesta. Una mujer con alzhéimer había fallecido dejando varias propiedades, pero cuando sus familiares acudieron al despacho descubrieron que prácticamente no quedaba nada a su nombre.

Una asociación que, en teoría, se dedicaba a proteger a personas con esa enfermedad había terminado controlando su patrimonio. Algunos pisos habían sido vendidos y otro había acabado en manos de una persona vinculada a la propia entidad.

"Cuando estudié los documentos vi que algo no encajaba", recuerda. La firma estaba muy bien imitada, pero pequeños detalles llamaron su atención: el uso de las mayúsculas, la puntuación o la forma de redactar no coincidían con otros escritos de la mujer.

Lorenzo en su despacho.

Lorenzo en su despacho. M.B

Después llegaron los movimientos bancarios y aparecieron gastos sin ninguna lógica. "Los contratos falsos cada vez están mejor hechos, pero siempre dejan alguna huella". Aquella investigación permitió demostrar que la documentación había sido manipulada.

Cómo empezó

Navarro nació en una familia humilde de La Mancha y comenzó a trabajar siendo apenas un adolescente. Fue recadero, mecánico y empleado de un taller antes de conseguir una beca para estudiar Derecho con 17 años.

La noticia, lejos de provocar una celebración en casa, preocupó a su madre. "Se llevó un disgusto porque significaba que iba a dejar de aportar dinero a la familia". Vivió interno gracias a aquella beca mientras estudiaba una carrera que, en realidad, no era la que más le atraía.

"Yo quería hacer Filosofía y Letras porque era la carrera bonita", recuerda. "Pero entonces no tenía muchas salidas". También hubo una película que terminó marcando su futuro. Fue a ver Testigo de cargo, la adaptación de la obra de Agatha Christie, y salió fascinado por el papel del abogado protagonista.

Cuando terminó la universidad comenzó como tantos otros jóvenes letrados de la época: aceptando cualquier asunto que llegara al despacho. Desahucios, accidentes de tráfico, pleitos relacionados con la aviación o compañías de seguros. "Antes los abogados éramos generalistas. Hacíamos de todo porque había que ganarse la vida".

La especialización llegó casi por casualidad, cuando empezó a colaborar con una aseguradora de decesos. Allí comprendió que había un enorme vacío porque muchas personas morían dejando bienes, pero nadie se ocupaba de encontrar a quienes tenían derecho a heredarlos.

"Empecé mirando las listas de fallecidos de los periódicos y me di cuenta de que había mucho trabajo porque casi ningún abogado se dedicaba a esto". Seis décadas después sigue convencido de que aquella intuición cambió su vida.

La conversación termina igual que empezó: hablando de la jubilación. Mientras otros abogados de su generación llevan años retirados, él sigue cruzando cada mañana la Gran Vía para subir a la séptima planta de un despacho donde el tiempo parece avanzar más despacio.

Ahí sigue revisando árboles genealógicos, leyendo escrituras y llamando a personas que, la mayoría de las veces, creen que están siendo víctimas de una estafa cuando descuelgan el teléfono.

No sabe cuánto tiempo más seguirá haciéndolo. Dice que eso dependerá únicamente de la salud. Lo que sí tiene claro es que no piensa retirarse por decisión propia. "Mientras pueda trabajar, seguiré viniendo. Jubilarme sería dejar de hacer aquello que me hace sentir útil".