Fachada calcinada de la Bodega Bernabeleva. Instagram
Juan, el bodeguero que ha perdido casi todas sus viñas en el incendio: vendía 95.000 botellas en 25 países
Desde San Martín de Valdeiglesias, el propietario de la bodega Bernabeleva ha recibido ayuda de hosteleros y mensajes de apoyo de más de 50 países.
Más información: El incendio más grande de la historia de España desde el cielo: las casi 80.000 hectáreas quemadas a vista de pájaro.
Madrid ha visto arder una parte del corazón de la Sierra de Gredos. Allí donde las cepas centenarias trepaban por laderas de granito, el humo recuerda hoy a los bodegueros las pérdidas irreversibles de sus viñas.
Juan Díez Bulnes, alma mater de la bodega Bernabeleva, atiende a este periódico mientras intenta encajar el golpe de un paisaje calcinado que conoce de memoria. Lo que iba a ser la vendimia número 20 de un proyecto emblemático para los vinos de la Comunidad de Madrid se ha transformado en un mapa de cenizas, angustia e incertidumbre.
Pero a su vez, ha vivido emocionado lo mejor del sector hostelero. Ahora, por solidaridad, todo el mundo quiere sus vinos.
"Hay mucho daño y todavía no hemos hecho la evaluación definitiva; hay que esperar a ver si algo rebrota", relata Juan. Un hilo de esperanza vital en medio del desastre, aunque el golpe en el corazón operativo de la casa es fulminante: "Las parcelas de viñedos que pagan el día a día están casi todas arrasadas".
En una zona como San Martín de Valdeiglesias no existen las grandes fincas uniformes. Por la orografía y por su filosofía de trabajo, Bernabeleva maneja más de 50 pequeñas parcelas divididas entre 40 hectáreas propias y 10 arrendadas a pequeños productores.
Al menos 30 de esas parcelas están quemadas, lo que supone un 60% de daño potencialmente irreversible sobre el terreno. "Y no es solo el daño nuestro: es todo el entorno y los vecinos", lamenta Juan pensando en el ecosistema humano que sostiene la viticultura de la zona.
"Eran viñas de entre 70 y 90 años, y la gente a la que comprábamos la uva, ancianos de hasta 90 años que cuidaban la viña que plantó su padre o la que plantaron ellos cuando se fueron a la mili... Ese señor no va a replantar la viña. Hasta dentro de cinco o siete años no vas a sacar ni un kilo de uva de ahí".
La desolación material se palpa en la bodega. En la oficina, arrasada por las llamas, solo han quedado en pie las estructuras de dos sillas: la de Juan y la de su mujer.
El fuego ha destrozado máquinas exteriores, la despalilladora, la depuradora e incluso los cinco depósitos previos de decantación del agua de pozo. Sin embargo, las llamas han dejado pequeñas brechas para el milagro.
La sala de barricas, situada justo detrás de la fachada devorada por el fuego en la planta baja, ha resistido. "Ayer entró la bodeguera y comprobó que la sala estaba a 22 grados, a pesar de llevar tres días sin electricidad", contaba sorprendido Juan.
Y en el campo, el vino estrella de la casa, procedente de Viña Bonita, una parcela centenaria cuyo suelo fue calificado por el Instituto Madrileño de Investigación y Desarrollo Rural, Agrario y Alimentario (iMiDRA) como "no apto para la agricultura" por su pobreza de granito, ha quedado milagrosamente intacto.
Marea de solidaridad
Si el fuego ha sido devastador, la respuesta de la comunidad hostelera y del mundo del vino ha resultado ser una auténtica marea humana de solidaridad. El sector de la gastronomía se ha volcado por completo para salvar la viabilidad económica de Bernabeleva.
"Nos llamó un hombre desde un bar de Barcelona haciendo una transferencia directa para pedirnos que si algún día podíamos mandarle vino, se lo mandáramos, y que si no, no pasaba nada. Nos llegan mensajes desde Filipinas, Canadá, Nueva Escocia y más de 50 países", dice el propietario de la bodega afectada por el fuego.
La red de apoyo arropa cada botella. Sin ir más lejos, el cocinero Alejandro de la Fuente, del restaurante In-Pulso, ha anunciado que venderá en su local de Madrid botellas de la bodega a precio de coste para ayudar a la reconstrucción. Bares y restaurantes de toda España se ofrecen a convertir los vinos de Bernabeleva en su única referencia durante semanas, mientras voluntarios piden ir con sus propias manos a limpiar y replantar.
Hasta desde otras regiones vitivinícolas llega el auxilio. Casas emblemáticas como Pradorey en la Ribera del Duero, a 300 kilómetros de distancia, o elaboradores como Miguel Santiago o el enólogo Marc Isart han ofrecido uva, instalaciones y equipos para que la bodega madrileña no se quede a cero en las próximas elaboraciones.
Y es que la urgencia pasa por dar salida comercial al estocaje que ha quedado a salvo. La bodega prevé comercializar las añadas de crianza de 2024, unas 20.000 botellas, y 2025, alrededor de 55.000, para garantizar que el flujo de caja permita afrontar las pérdidas de cientos de miles de euros. "Lo importante es que no haya ingresos cero mientras reconstruimos".
Para Juan Díez Bulnes, Bernabeleva es mucho más que un balance contable. Es el hilo conductor de una familia vinculada a la tierra de San Martín de Valdeiglesias desde que su bisabuelo adquirió allí una finca en 1939.
Tras el parón de la Guerra Civil y el paso de su madre por la Escuela de la Vid en los años 60, Juan decidió hace dos décadas romper con el modelo de entregar uva a la cooperativa por cuatro duros. Apostó por "unirnos con dignidad" y construir un proyecto autosostenible que embotellara el paisaje y la identidad de las cepas viejas.
Hoy, con una facturación anual superior al medio millón de euros y presencia en 25 países donde distribuyen unas 95.000 botellas anuales, afrontan el mayor reto de su historia. "Siento ser patológicamente optimista", confiesa entre sonrisas al hablar del futuro.
Apoyado por sus distribuidores, sus compañeros de profesión y una hostelería que ha hecho de su causa un emblema, Bernabeleva ya prepara el terreno para que la vida vuelva a brotar de las cenizas.