Capa de ozono

Capa de ozono Invertia

Opinión

Y después de salvar la capa de ozono, ¿qué?

María Carrasco Nacarino
Publicada

Hace casi cuarenta años, una generación entera miraba al cielo y contenía la respiración. Y no, no era por un eclipse total de sol.

El agujero de la capa de ozono se convirtió en una de las grandes preocupaciones ambientales del siglo XX.

El agujero sobre la Antártida instaló una sensación de urgencia sin precedentes y, por primera vez, parecía evidente que el deterioro ambiental podía avanzar más rápido que la capacidad política para reaccionar.

La historia de la capa de ozono nos recuerda que los grandes avances ambientales son posibles.

La amenaza era invisible, global y difícil de contener, pero la ciencia consiguió dar respuesta a aquella incertidumbre. En 1987, el Protocolo de Montreal se convirtió en una respuesta política coordinada para hacer frente a esta preocupación.

Décadas después, sus resultados son visibles: la producción y el consumo de la práctica totalidad de las sustancias que agotaban el ozono se han eliminado progresivamente y la capa se encuentra hoy en proceso de recuperación.

Se trata, sin lugar a dudas, de uno de los grandes éxitos de la política ambiental internacional, de esos que permiten mirar atrás y sentir cierto orgullo por una acción colectiva que consiguió cambiar el rumbo del planeta.

Reto de los gases fluorados

Sin embargo, los grandes éxitos ambientales rara vez permiten poner un punto final a la historia. Para sustituir algunas de aquellas sustancias, especialmente los clorofluorocarbonos (CFC), comenzaron a extenderse los hidrofluorocarburos (HFC).

Estos gases los tenemos presentes hoy en sistemas tan cotidianos como nuestros aires acondicionados, los frigoríficos, las bombas de calor, o en inhaladores médicos.

La amenaza era invisible, global y difícil de contener, pero la ciencia consiguió dar respuesta a aquella incertidumbre.

Habíamos conseguido evitar que estos nuevos gases dañaran la capa de ozono, pero la solución traía consigo otra consecuencia: muchos HFC tienen un potencial de calentamiento atmosférico cientos o incluso miles de veces superior al del CO2.

¿En qué se traduce eso? En que una fuga que apenas vemos puede dejar una huella climática enorme.

Un solo kilogramo de algunos HFC puede tener el mismo efecto sobre el calentamiento global que más de una tonelada de CO₂. Y esos gases están dentro de millones de equipos que utilizamos cada día.

Esa nueva realidad obligó a volver a actuar. En 2016, casi treinta años después del Protocolo de Montreal, las partes acordaron la Enmienda de Kigali, que incorporó por primera vez la reducción progresiva de los HFC al marco internacional de protección de la capa de ozono.

La Enmienda entró en vigor en 2019 y este 2026 cumple diez años desde su adopción.

Kigali es, en cierto modo, la segunda parte de aquella historia. No porque el Protocolo de Montreal hubiese fracasado, sino precisamente porque su éxito permitió identificar el siguiente reto y volver a corregir el rumbo.

Aquella acción colectiva en 1987 no solo puso a la capa de ozono en el camino de la recuperación, también significó proteger la salud humana, los ecosistemas y los cultivos frente a una mayor exposición a la radiación ultravioleta.

Y esa historia todavía puede seguir dando resultados: la reducción progresiva de los HFC acordada en Kigali podría evitar hasta 0,4 ºC de calentamiento global de aquí a final de siglo, según datos de la ONU.

El reto, sin embargo, no consiste únicamente en sustituir unos gases por otros.

Necesitamos edificios y ciudades mejor preparados frente al calor y, cuando la climatización sea necesaria, utilizar equipos eficientes y refrigerantes con el menor impacto climático y ambiental posible.

Europa ha convertido parte de ese cambio de rumbo en legislación.

Desde 2024, el Reglamento europeo sobre gases fluorados acelera la reducción progresiva de los HFC y establece un calendario para que los nuevos equipos de refrigeración, aire acondicionado y bombas de calor vayan dejando atrás los refrigerantes con mayor impacto climático.

Lo hace reduciendo progresivamente la cantidad de HFC que puede introducirse en el mercado y restringiendo su uso en nuevos equipos allí donde existen alternativas.

La aplicación del Reglamento es una nueva oportunidad para demostrar que las grandes decisiones ambientales pueden traducirse en mejoras reales para la sociedad como defiende ECODES.

Recuperar esa confianza en nuestra capacidad colectiva para cambiar de rumbo es también parte del reto.

La historia de la capa de ozono nos recuerda que los grandes avances ambientales son posibles cuando ciencia, política y sociedad avanzan en la misma dirección. La recuperación aún continúa, pero hace décadas conseguimos cambiar el rumbo.

Ese es, precisamente, el reto que tenemos de nuevo por delante.

*** María Carrasco Nacarino es técnico de políticas públicas en ECODES (Fundación Ecología y Desarrollo)