Este domingo conocimos que un tercio de los ceutíes se ha planteado abandonar la ciudad. La encuesta de Sigma Dos para El Mundo, con casi 600 entrevistas, sitúa la cifra en el 33,4%, y el desglose por edad, que es el que de verdad me importa ahora, revela que entre los jóvenes de 18 a 29 años, la proporción sube hasta el 40-50%. Uno de cada dos jóvenes se quiere ir, según esta encuesta. Podría pensarse que la muestra es insuficiente, que no se puede extrapolar.

Pero creo que no es un dato aislado ni una ocurrencia pasajera de comienzo de curso. Da pie a la semana en que 13.000 alumnos ceutíes tienen que volver a las aulas escoltados por Policía Nacional, Guardia Civil y seguridad privada, con asociaciones de familias advirtiendo de absentismo y madres que reconocen, sin matices, que sus hijos lloran antes de salir a la calle.

¿Qué significa ese 33% y que no significa todavía? No es, de momento, una fuga real. El INE no recoge ningún dato posterior a julio, y el que sí existe, el saldo migratorio interior de Ceuta con el resto de España, publicado en la Estadística de Migraciones y Cambios de Residencia, es modesto, saldo negativo de -362 personas en 2023 y de -199 en 2024, sobre una población de unos 84.000 habitantes. Nada que sitúe a Ceuta entre las ciudades con peor saldo del país.

Lo que tenemos, por tanto, es una intención declarada muy superior al comportamiento migratorio efectivo, y esa distancia es, en sí misma, el primer dato que no hay que pasar por alto.

Albert Hirschman explicó esa distancia hace más de cinco décadas en Exit, Voice, and Loyalty. Según este autor, ante el deterioro de una institución, quien depende de ella tiene dos respuestas disponibles, no una. Puede irse (exit) o puede quedarse y protestar, exigiendo que la institución se corrija (voice).

Ceuta no está exportando mano de obra cualificada en busca de mejor salario

Lo que ha ocurrido en Ceuta este mes de agosto es, sobre todo, la opción voice: la campaña de firmas para retrasar la apertura de los colegios, la federación de familias FAMPA Cuatro Culturas reclamando seguridad, los sindicatos docentes denunciando falta de personal, las manifestaciones frente a los centros, y las protestas en toda España.

El 33% de la encuesta no es gente haciendo las maletas, que sería la opción exit; es gente que todavía cree que merece la pena reclamar antes de marcharse. Ese margen, el que separa la queja de la salida, es exactamente el que el Gobierno tiene por delante para evitar que la intención se convierta en padrón.

Porque si se convierte, el coste no se reparte de forma simétrica. Jagdish Bhagwati y Koichi Hamada lo formularon en 1974 a propósito de la fuga de cerebros: quien emigra se lleva su capital humano y su capacidad fiscal futura, pero quien se queda pierde más de lo que el emigrante gana, porque se queda sin la base impositiva, sin los servicios que esa persona sostenía, sin la masa crítica que permite que una ciudad pequeña siga funcionando como tal.

Ceuta no está exportando mano de obra cualificada en busca de mejor salario, que es el perfil clásico del brain drain, pero el mecanismo de pérdida asimétrica es el mismo si lo que se va, en los próximos años, son las familias jóvenes con hijos, precisamente las que sostienen la natalidad de una ciudad que ya arrastra un saldo vegetativo negativo y una proyección del INE, anterior a esta crisis, de perder más de 6.000 habitantes en 15 años.

Lo más grave de todo es que este argumento no está anclado sólo en el presente. El economista ganador de un Nobel de Economía en 1995, Robert E. Lucas, demostró en 1988 que la productividad de cada persona no depende solo de su propio capital humano, sino del capital humano de quienes la rodean. Lucas explica que hay un efecto de derrame, una externalidad, que hace que una comunidad con menos formación y menos población activa genere, a su vez, menos formación y menos oportunidades para los que se quedan. El típico bucle de retroalimentación de una sociedad compleja.

Ningún refuerzo policial de este septiembre revierte el trauma que ya se ha grabado en un niño de siete años que llora antes de salir de casa

Aplicado a Ceuta, esto significa que la pérdida no se detiene en quien se va. Se multiplica sobre quienes permanecen, porque cada familia que se marcha reduce ligeramente la capacidad de la ciudad de generar el tipo de entorno que retiene a la siguiente.

¿Y los niños que esta semana han cruzado la puerta del colegio flanqueados por policías? Ellos no están en ninguna encuesta ni en ningún saldo migratorio.

No tienen capacidad de irse aún porque no deciden dónde estudiar, ni dónde trabajar, ni dónde formar una familia ahora mismo, pero sí están formando, en este mismo curso escolar, la idea de si Ceuta es un lugar seguro en el que quieren construir su vida adulta.

Esa aspiración se fija ahora; la capacidad de actuar sobre ella llegará dentro de diez años, cuando elijan universidad, y más tarde cuando decidan dónde trabajar.

Ningún refuerzo policial de este septiembre revierte el trauma que ya se ha grabado en un niño de siete años que llora antes de salir de casa. Y esa pérdida es inconmensurable. No aparecerá en estadísticas, pero lastrará el futuro de la ciudad, y sabemos quiénes son los responsables.

Lo que hagamos o dejemos de hacer por Ceuta en las próximas semanas no es, en el fondo, una cuestión de gestión de una crisis puntual. Más allá de qué hacer ante una invasión civil, está la decisión sobre si esta ciudad tiene una generación que la sostenga dentro de veinte años.

Una generación que no vota, no emigra todavía y no aparece en ninguna estadística del INE. Solo va, esta semana, escoltada al colegio.