Steven Pinker contaba hace poco en una red social que cuando busca en Google cómo desatascar una impresora, no quiere cinco vídeos de un youtuber pidiéndole que se suscriba antes de darle la solución. Quiere un párrafo. A mí me pasa lo mismo.

Pero Pinker admite que somos un caso raro porque la mayoría prefiere ver y escuchar antes que leer. Con la irrupción de los modelos de lenguaje, esa preferencia se ha vuelto todavía más cómoda, la salida facilona.

La IA generativa no es un tenedor que solo sirva para comer, es una herramienta capaz de hacer casi cualquier cosa, y entre esas cosas está evitarle a un adolescente la tarea que menos le gusta, que es leer con atención, aunque para nosotros, los boomers, eso sea como usar el tenedor para rascarse la espalda.

El problema no es que la usen así. El problema es que, mirado con frialdad económica, están haciendo exactamente lo racional.

El síntoma del problema ya está documentado. Según el informe PISA 2022 de la OCDE, la última edición con resultados publicados, España obtuvo 474 puntos en comprensión lectora, 22 puntos menos que en 2015 y tres menos que en 2018.

Adquirir una competencia lectora profunda es una decisión de inversión, es decir, exige esfuerzo presente, verificable y, para muchos adolescentes, aburrido

Uno de cada cuatro estudiantes de 15 años no alcanzaba el nivel 2 de la escala, el umbral que la OCDE considera mínimo para desenvolverse con un texto medianamente complejo.

Pero esto no es una anomalía española. La caída es generalizada en el entorno OCDE tras la pandemia. Sin embargo, hay que recordar que España parte de una posición más débil, y la tentación de explicarlo como un fallo moral generacional, como decir que los chavales ya no leen y que la culpa es de las pantallas, es tan cómoda como imprecisa.

El propio dato agregado esconde algo relevante cuando se desagrega por comunidad autónoma. Castilla y León, Asturias y Cantabria encabezan la comprensión lectora en PISA 2022; Extremadura, Baleares y Murcia cierran la tabla, con más de cincuenta puntos de diferencia entre unas y otras dentro del mismo país, expuesto al mismo entorno de pantallas y a la misma oferta de IA generativa.

Si el problema fuera solo el vídeo o el móvil, la dispersión debería ser mucho menor, el estímulo digital es prácticamente idéntico en todo el territorio. Que no lo sea apunta a que el factor escolar y familiar sigue pesando más que la tecnología disponible, lo cual es, en realidad, una buena noticia porque significa que hay margen de maniobra dentro del sistema, no solo fuera de él.

Lo que hay detrás es más parecido a un fallo de mercado (con perdón) que a un fallo de carácter. Adquirir una competencia lectora profunda es una decisión de inversión, es decir, exige esfuerzo presente, verificable y, para muchos adolescentes, aburrido, a cambio de un retorno futuro que nadie sabe cuantificar con precisión.

Los años de pupitre y presencialidad sin aprendizaje real no generan capital humano

Ni siquiera un adulto puede decirle a un adolescente de quince años en qué se traducirá exactamente, dentro de quince años, la ventaja de comprender bien un texto largo.

Si el propio inversor experimentado, es decir, el adulto, no puede verbalizar la señal de retorno, es previsible que el agente con el horizonte temporal más corto, el adolescente, la descuente a cero. Mientras tanto, el producto sustitutivo sí ofrece una señal de pago inmediata y verificable, con la IA la tarea sale hecha, ahora.

Esta asimetría no es nueva en economía. El infraahorro para la jubilación o la infrainversión en prevención sanitaria obedecen al mismo patrón.

Hay un coste cierto e inmediato, y un beneficio real pero difuso y lejano. La diferencia es que ahí sí existen mecanismos correctores como los planes de pensiones por defecto o las campañas de cribado obligatorio, que compensan el sesgo de descuento excesivo del futuro.

En la adquisición de competencias lectoras no existe nada parecido. No hay ningún dispositivo institucional, educativo o familiar que haga visible, aquí y ahora, el precio que se está dejando de pagar.

Les decimos que quienes desarrollen las habilidades que te proporciona tener comprensión lectora tendrán ventaja, pero no sabemos decirles qué puesto de trabajo va a tenerlo en cuenta cuando la IA esté implantada en la mayoría de los sectores de la economía.

Y el coste de oportunidad, al final, se mide en productividad. La literatura de economía de la educación, como el trabajo de Eric Hanushek y Ludger Woessmann, que es la referencia más citada, muestra que lo que predice el crecimiento a largo plazo de un país no son los años de escolarización, sino las competencias cognitivas efectivamente adquiridas, sobre todo, comprensión lectora y razonamiento matemático.

Los años de pupitre y presencialidad sin aprendizaje real no generan capital humano.

España, con una tasa de graduación universitaria alta pero unos resultados de comprensión lectora estancados por debajo de la media OCDE, encaja exactamente en ese diagnóstico: mucho título, poca competencia verificada.

Nada de esto significa demonizar la inteligencia artificial. Una herramienta capaz de resumir, comparar y generar texto puede usarse como andamiaje para verificar, contrastar, exigir más al usuario, o como sustituto para ahorrarle el esfuerzo por completo. La diferencia no depende del alumno, que actúa de forma razonable ante los incentivos que tiene delante.

Es más bien una llamada de atención a quienes no sabemos hacerles ver a los más jóvenes el coste de no leer, antes de que se convierta, dentro de quince años, en una brecha de productividad que entonces sí figurará en las estadísticas.

O bien, no sabemos imaginar un mundo en el que la comprensión lectora, como ya sucedió con el cálculo mental, ya no sea un activo.