Mikel Merino, jugador de la selección española de fútbol.
Como tantos españoles, vi el partido en familia y con amigos. Aprovechamos las pausas de hidratación para dar buena cuenta del jamón que trajo Luis, de las gambas de Javier, de la empanada de Cristina y, por nuestra parte, de una picaña asada en la barbacoa a fuego indirecto, con algunas de esas enseñanzas que uno va recogiendo por Hispanoamérica y que luego intenta aplicar en casa.
Todo iba bien hasta que, viendo una jugada sin aparente peligro, oímos cantar gol a nuestros vecinos y amigos de la terraza de al lado. La jugada se transformó en ocasión, y la ocasión en gol para nosotros.
Lo celebramos como correspondía y, cuando ya empezábamos a sentarnos de nuevo, llegó una tercera celebración: otros vecinos de la urbanización de enfrente cantaron el mismo gol con más de veinte segundos de retraso.
Hubo un tiempo en el que todos veíamos el fútbol a la vez. No era perfecto, claro. Siempre estaba quien escuchaba la radio y se adelantaba unas décimas a la televisión, pero la sensación general era que compartíamos el mismo instante. La alegría llegaba más o menos al mismo tiempo, y también la decepción.
Ahora cada casa parece vivir en su propio pequeño horario digital. La señal llega antes o después según la plataforma, la conexión, la aplicación o el dispositivo.
Y eso no sucede solo con el fútbol: también ocurre con las noticias, con las conversaciones públicas y con la manera en que interpretamos lo que pasa a nuestro alrededor
Y algo tan sencillo como celebrar un gol juntos acaba convertido en una celebración por turnos, primero en una terraza, luego en otra y después en la de más allá.
La anécdota tiene gracia, aunque también resulta incómoda porque dice algo de nuestro tiempo. La tecnología nos conecta más que nunca, pero no siempre nos permite compartir las cosas al mismo ritmo.
A veces vemos la misma realidad con unos segundos de diferencia, o desde distancias que ya no se miden solo en tiempo. Y eso no sucede solo con el fútbol: también ocurre con las noticias, con las conversaciones públicas y con la manera en que interpretamos lo que pasa a nuestro alrededor.
Esa falta de simultaneidad no afecta solo a la celebración. También alcanza a los momentos de dolor compartido. Antes de que el árbitro pitara el inicio del partido, ni siquiera pudimos vivir al mismo tiempo el minuto de silencio por las víctimas del voraz incendio de Los Gallardos.
Procedían de distintas nacionalidades, entre ellas la de nuestro rival deportivo, que en realidad es también un país hermano dentro de esa Europa que nos une y que, quizá, no siempre cuidamos como merece. Víctimas concretas de una tragedia concreta, pero también víctimas de un mundo cada vez más interdependiente.
Y un paso más allá, son víctimas —como todos nosotros— de otro de los grandes cambios que definen esta transición de época: el calentamiento global. Sus efectos ya no pertenecen a un futuro lejano ni a una conversación académica.
Se manifiestan en sucesos climáticos extremos: inundaciones, incendios, olas de frío y de calor, desertización y desplazamientos humanos que no deberíamos interpretar como movimientos caprichosos, sino como migraciones forzadas y sufridas.
También hemos visto en este Mundial cómo la nueva política internacional se asoma al fútbol con una naturalidad sorprendente. La imagen es llamativa: la máxima autoridad institucional de un país que, durante décadas, simbolizó el liderazgo del mundo libre y del orden basado en reglas llama al presidente de la FIFA para intentar negociar una tarjeta roja.
Puede parecer una simple anécdota, pero seguramente no lo es tanto. El fútbol sigue siendo un espacio común, quizá uno de los pocos que todavía convoca a millones de personas al mismo tiempo, pero cada vez refleja con más claridad las tensiones del mundo en el que vivimos.
En definitiva, no se trata solo de que cada uno encuentre la manera de arreglárselas en medio de tantos cambios. También necesitamos cuidar aquello que nos permite vivir mejor juntos, porque una persona no se desarrolla plenamente en soledad, ni una sociedad se sostiene solo con individuos conectados pero aislados. Hacen falta confianza, vínculos, estabilidad y la conciencia de formar parte de una misma historia.
Demasiados cambios como para afrontarlos cada uno desde su propio universo tecnológico. Por eso, aunque parezca una petición menor, no estaría mal empezar por algo sencillo: que podamos volver a cantar los goles al mismo tiempo.
*** Enrique Martínez Cantero es profesor de la UFV y exdiputado de la Asamblea de Madrid.