Mientras la política anda como los cangrejos, hacia atrás y despistando, la innovación tecnológica se mueve como los canguros, a saltos y llevando dentro sus criaturas.

En las dos se plantean dilemas éticos complejos.

La diferencia es que en la política los dilemas son tan viejos como el ser humano y existen conceptos para ayudar a resolverlos.

En cambio, en el uso de la tecnología cada día aparecen nuevas circunstancias sobre las que hay pocas experiencias.

Trimestre a trimestre hay una nueva aportación técnica con nuevos desafíos. Los expertos tratan de seguir esa carrera incesante, pero cada día resulta más difícil.

La IA es parte de lo que los programadores iniciales hacen

Por eso lo importante no es conocer la última innovación, sino acostumbrarse a trabajar con la Inteligencia Artificial (IA) como es: cómo un instrumento en evolución permanente y aprendizaje constante.

La IA no es como una máquina que necesita de la intervención humana para cambiar. Mas bien es como un ser vivo que evoluciona a la vez que es utilizado. Como un animal al que se le enseña, a la vez que aprende de sus experiencias. Y, como los animales domesticados, no siempre responden a lo esperado, pueden dar sorpresas.

No en balde León XIV en una de sus alusiones a la IA en la encíclica Espléndida Humanitas define la construcción de la IA como un "cultivo". No todo lo que se desarrolla dentro del algoritmo está conscientemente planificado por el ser humano que lo construye y le ayuda a desarrollarse.

La IA es parte de lo que los programadores iniciales hacen. Pero sobre ello se añaden características que dependen de las experiencias a las que se ve sometido el algoritmo.

A la vista de ello se están desarrollando dos modelos de trabajo con la IA. Para trasmitirlo, como siempre, nada mejor que una o dos parábolas.

La clave de la inteligencia será formular bien las preguntas

Las dos formas se pueden definir como: la del centauro y la del cyborg.

En la forma centauro, el ser humano y la IA tienen funciones separadas y complementarias.

Como el animal mitológico, el centauro, la parte animal (el caballo) obedece a la humana. En este modelo la persona domina las decisiones; la IA actúa bajo su criterio.

La persona se reserva cuatro funciones básicas. Funciones que no delega en los algoritmos. Son las de: liderar o dirigir; juzgar; crear (en el sentido más genuino y original de esa palabra); y empatizar.

Por otra parte, el algoritmo ejercerá funciones propias de: predecir en base a datos; iterar; tramitar; y adaptar las decisiones mecánicas en función de esos datos.

Las personas trabajarán con los algoritmos para entrenarlos, explicar su utilidad y arreglarlos cuando lo necesiten o, incluso, desconectarlos si se estropean (sesgan) demasiado.

Los algoritmos permitirán a las personas: ampliar su capacidad de análisis, de comunicación e, incluso, aumentar sus habilidades físicas.

En la forma cyborg, típica de la IA generativa, la persona trabajará directamente con el algoritmo de manera iterativa.

La combinación de las potencialidades de la persona y el algoritmo multiplicarán la capacidad de razonamiento humano.

Eso supone aprender una nueva forma de trabajar. La memoria de la persona tendrá menos importancia que hasta ahora. La clave de la inteligencia será formular bien las preguntas. Mientras que la información y los datos, la memoria, la aportará la IA.

En el modelo centauro el conflicto ético está más o menos resuelto porque la persona se reserva las decisiones, mientras la IA actúa de instrumento.

En el modelo cyborg la confusión puede dar lugar a conflictos éticos mayores ¿Dónde está el límite de la decisión?

¿Deben los cálculos probabilísticos, típicos de la IA generativa, dirigir las decisiones? Es definir la ética como los utilitaristas del siglo XIX; el criterio decisivo sería considerar el mayor bien, para el mayor número de personas, sin tener en cuenta los "efector colaterales". Ese es el peligro.

Porque si se parte de la dignidad intrínseca de la persona, el dilema ético está en defenderla en cualquier caso y para cada persona.

De manera que la corrupción que hemos vivido en la política se puede quedar pequeña en el uso de la IA, sobre todo de la IA generativa. Será una corrupción conceptual y, por tanto, aceptada. Ese será su mayor peligro.

** J. R. Pin Arboledas es profesor del IESE.