El secretario general de la OTAN, Mark Rutte.

El secretario general de la OTAN, Mark Rutte. ERIK LUNTANG

Opinión

La OTAN ante el ocaso del contrato atlantista: última llamada para Europa

La Cumbre anual de la Alianza, que arranca hoy en Ankara (Turquía), se constituye como un examen sobre el futuro de la organización y una reconfiguración a gran escala de la arquitectura de seguridad y defensa occidental.

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Trump no olvida ni perdona. Desde su retorno a la Casa Blanca, el presidente norteamericano convive con una obsesión reiteradamente expresada, tanto en público como en privado: Europa depende y abusa de Estados Unidos.

A su juicio, los tiempos felices de la “ilimitada generosidad” norteamericana en materia de seguridad y defensa deben llegar a su fin.

Si su primer mandato (2017-2021) estuvo marcado por una retórica amenazante sobre la posible salida de Estados Unidos de la OTAN si los aliados europeos no incrementaban su gasto en defensa (algo que hizo saltar todas las alarmas políticas e institucionales), en el segundo, que comenzó hace apenas año y medio, Trump no ha dado tregua y persigue pasar de la retórica a la acción, cueste lo que cueste, con una actitud mucho más beligerante e imprevisible (si cabe).

La Cumbre de la Haya del pasado año se cerró con una tensión palpable, en la que el debate giró en torno a la necesidad de rubricar una declaración por la que los 32 países de la Alianza Atlántica se comprometían a elevar el gasto en defensa al 5% del PIB hasta 2035 (con España como verso discordante).

Sin embargo, atendiendo a cómo han evolucionado las circunstancias geopolíticas en los meses posteriores, puede que aquella cita pase a la categoría de ‘dulce recuerdo’.

Muchos países han hecho los deberes en este tiempo. De hecho, los aliados europeos y Canadá aumentaron en 2025 un 20% el gasto de defensa respecto a 2024 (el mayor incremento anual desde 1953), según fuentes de la propia OTAN.

Sin embargo, la Cumbre de Ankara, que se celebrará del 7 al 8 de julio, se vislumbra como una de las más críticas para la Alianza Atlántica en sus 77 años de historia. ¿Por qué? Una brecha de lealtad, gestada durante la guerra contra Irán, que Trump no puede digerir.

Ni el presidente norteamericano ni ninguno de los altos cargos de su administración (incluyendo a los máximos dirigentes del Pentágono, sede del Departamento de Defensa, rebautizado como Departamento de Guerra) aprueban la falta de apoyo de los aliados europeos.

Poco les importan las alegaciones sobre el derecho internacional o el hecho de que no consultaran ni informaran de la ofensiva militar coordinada con Israel contra el régimen de los ayatolás.

Lo consideran debates arcanos y sin trascendencia. Una falta de apoyo de los europeos que en Washington se ha leído en clave de abandono y como una gran muestra de deslealtad.

El intento frustrado de completar con éxito la fabricación de un caza netamente europeo (FCAS) envía una mala señal

Las consecuencias han sido inmediatas: Trump anunció en mayo que retirará 5.000 soldados estadounidenses de Alemania. Asimismo, ha cancelado la venta de 400 misiles Tomahawk de largo alcance al país germano, precisamente por el desgaste de su arsenal en la guerra de Irán.

Por otra parte, el presidente norteamericano ha amenazado con cerrar bases militares (incluidas las de Morón y Rota, en España) y se ha explayado, verbalmente y por escrito, con improperios de todo tipo contra sus aliados y todo aquel que ha osado cuestionarle: a Meloni la ha tildado de “cobarde”, a Merz de “ignorante” y a Sánchez de “completo desastre”. De hecho, incluso el Papa ha recibido “halagos”, al tildarle de “débil con los delincuentes”.

Además, a la OTAN la ha llegado a denominar “tigre de papel” y ha amenazado con redoblar la coerción económica y comercial contra la UE vía aranceles, dejando al desnudo al bloque comunitario frente a la amenaza rusa.

Toda esta amalgama de circunstancias constituye el caldo de cultivo perfecto para una Cumbre de alto voltaje.

El propio Pete Hegseth, máximo representante del Pentágono, anunció hace apenas unos días en Bruselas, en presencia de todos los ministros de Defensa de la OTAN, que Estados Unidos se dispone a iniciar un proceso de revisión de seis meses de sus alianzas y de la propia OTAN, con una reordenación significativa de su presencia militar en el Viejo Continente.

La realidad es que, pese a los reiterados órdagos trumpistas, el Congreso de EEUU aprobó una ley en 2023 (Ley de Autorización de Defensa Nacional) que impide a cualquier presidente abandonar la OTAN de forma unilateral sin el consentimiento explícito de dos tercios del Senado.

Ahora bien, al margen de la viabilidad legal, la convulsa e incierta situación geopolítica deben concitar una reflexión profunda entre los países europeos sobre el futuro de su propia seguridad y defensa.

Durante casi ocho décadas, el vínculo transatlántico descansó sobre un consenso implícito: Estados Unidos garantizaba la seguridad europea y Europa contribuía a sostener un orden liberal basado en reglas, comercio y cooperación. Ese equilibrio nunca fue altruista, sino mutuamente beneficioso. Hoy ese contrato ya no puede darse por descontado y presumir que Estados Unidos seguirá velando por nuestra seguridad es un ejercicio de alto riesgo.

Asimismo, aunque Trump ha exagerado muchas veces el diagnóstico, sí ha puesto el foco sobre una vulnerabilidad real: hoy por hoy, Europa no se puede defender por sí misma y el problema no es exclusivamente de gasto e inversión, sino de capacidades críticas.

Al margen de los cazas, bombarderos, portaviones o submarinos lanzamisiles, la precisión de la arquitectura de recopilación espacial, la inteligencia de señales o la fusión de datos estadounidenses, por ejemplo, no son remplazables en el corto plazo

Aunque la guerra es un escenario incómodo para la UE, pues contraviene las esencias de su propio ADN fundacional, la realidad es que el mundo ha cambiado mucho desde entonces y la lógica de la fuerza ha ganado terreno (Ucrania, Gaza, Venezuela, Irán o Groenlandia son buena prueba de ello).

En consecuencia, convendría ver esta crisis como una ventana de oportunidad para avanzar hacia una verdadera Unión de la Defensa - no como una vía de avivar la escalada bélica, sino como mecanismo de disuasión y preservación de la paz, la seguridad y las libertades conquistadas ante un futuro cada vez más hostil e impredecible.

En este sentido, el intento frustrado de completar con éxito la fabricación de un caza netamente europeo (FCAS) envía una mala señal, pues era el proyecto comunitario más ambicioso en una UE que dice querer aumentar su gasto militar y coordinarlo para desarrollar tecnología, programas y modelos de defensa conjuntos.

Un proyecto avalado por Francia y Alemania, con la participación de España, que ha fracasado por las desavenencias entre las empresas involucradas y las lógicas e intereses nacionales, que se han antepuesto sobre la unidad y visión estratégica europea, nuestra única vía de salvación.

Sería injusto, sin embargo, ignorar los avances registrados en los últimos años. Instrumentos como el Fondo Europeo de Defensa, el nuevo programa SAFE, destinado a financiar adquisiciones conjuntas y reforzar la industria militar europea, el muro antidrones del flanco oriental o los proyectos impulsados en el marco de la Cooperación Estructurada Permanente (PESCO) evidencian que la Unión ha comenzado a recorrer el camino de una mayor integración en materia de seguridad.

Aún queda mucho por hacer, pero por primera vez desde el final de la Guerra Fría, parece abrirse paso la conciencia de que la autonomía estratégica no será el resultado de discursos, sino de inversiones, capacidades compartidas y voluntad política.

Sea cual sea el devenir de esta Cumbre, la nueva etapa de la OTAN debería conducir también a una renovada posición de la Unión Europea como actor geopolítico en la escena internacional. La cuestión ya no es si Estados Unidos seguirá dispuesto a proteger Europa, sino si Europa estará finalmente dispuesta a protegerse a sí misma.

Como advirtió Jean Monnet, "los hombres solo aceptan el cambio cuando se enfrentan a la necesidad, y solo reconocen la necesidad cuando la crisis está sobre ellos".

Si aspiramos a seguir defendiendo un orden internacional basado en normas, deberemos empezar por garantizar que disponemos de la capacidad necesaria para protegerlas. De lo contrario, corremos el peligro de vernos diluidos entre gigantes y ser el eslabón débil de la emboscada geopolítica.

**Alberto Cuena es periodista especializado en asuntos económicos y Unión Europea.