El pasado domingo me acerqué al quiosco donde Carlos Rodríguez Braun y José Ramón Iturriaga firmaban ejemplares de su flamante libro Ahora, ahorra (LID, 2026). Se trata de un ensayo fácil de leer, bien documentado, amable y sólido al tiempo.
Con el profesor Rodríguez Braun al cargo de la parte más teórica y José Ramón Iturriaga al frente de la parte más práctica, que conoce tan bien, es un libro que te enseña y te hace pensar acerca de uno de los adelantos económicos de mayor trascendencia de la humanidad: la capacidad del ser humano para elegir consumir mañana en lugar de hoy.
Ya sé que, así dicho, resulta simplón y barato. Pero pensemos dos veces sobre esta idea. Decidir guardar para mañana implica ser consciente de los efectos de la posible escasez mañana y de la relativa abundancia hoy.
Es la victoria de la corteza prefrontal sobre el sistema límbico. Aguantamos el impulso de buscar la recompensa inmediata y elegimos la previsión. En una sociedad en la que los boomers nos quejamos de la permanente y exagerada búsqueda de recompensas inmediatas de nuestros jóvenes, no estaría mal enseñarles a ahorrar desde pequeños para entrenar su contención.
Hay muchas lecciones encerradas en apenas 146 páginas, pero me gustaría señalar unas cuantas que creo que, enmarcadas en un contexto político y económico como el español, son, a mi entender, especialmente relevantes.
El ahorro y la inversión son la base del progreso económico
Rodríguez Braun recorre desde el rechazo al ahorro por determinados pensadores hasta los casos tan actuales de las pensiones y la vivienda. Por su parte, Iturriaga, entre otras cosas señala algo muy básico que marca la diferencia: el dinero es un instrumento al servicio de nuestras necesidades.
Primero fue un instrumento para combatir la escasez, y a partir de ahí aprendimos a relacionarnos con él, desarrollamos instrumentos financieros y, finalmente, al alcanzar la “madurez financiera” aprendimos a utilizar el dinero para vivir con propósito. Porque el patrimonio estático, la mera acumulación, es estéril.
Esa lección ya nos la adelantó Adam Smith quien desmintió el concepto de riqueza mercantilista centrado en el stock de metales preciosos y habló de la cantidad de bienes que se llevan al mercado para ser intercambiados.
Iturriaga afirma que la respuesta natural al dolor suele ser el aprendizaje. Y es cierto.
Siempre que quien provoca el dolor sea el que lo padece y el que responde. Pienso en el despilfarro de nuestras administraciones y en la corrupción, que se lleva por delante miles de millones de euros.
Quienes ven esfumarse ese dinero generado por ellos es la ciudadanía. Quien provoca el descalabro no es la ciudadanía. Quien responde a ese robo a mano armada tampoco.
¿O sí? ¿Son las elecciones cada cuatro años el instrumento adecuado para penalizar a los partidos políticos que consienten la corrupción? ¿Son los representantes elegidos democráticamente fieles al mandato de sus votantes?
¿Se somete el gobierno a la supervisión del Parlamento y de la justicia sin intentar sobornar, interferir en sus decisiones y manipularlas? Y yendo un poco más allá, porque estoy de acuerdo con Iturriaga, ¿Qué aprendizaje estamos sacando los españoles?
Otra idea, que también parece muy obvia, pero es una carga de profundidad contra la línea de flotación del gobierno, no sólo español, es la idea del profesor Rodríguez Braun de que es una falacia defender que el ahorro perjudica el consumo y por tanto es una rémora para el desarrollo.
Esta idea, sostenida por algunos pensadores no sólo antaño, sino también ahora, no tiene en cuenta que no se trata de una única producción la que se reduce para ahorrar, por lo tanto, no se producirá un colapso de toda la economía.
Además, continua Rodríguez Braun, se trata de canalizar el ahorro hacia la inversión tanto de los ciudadanos y las familias como de las empresas. Efectivamente.
Permitir que cada cual elija donde pone a rendir su dinero, ese que tanto cuesta ganar. El ahorro y la inversión son la base del progreso económico. La historia económica no ha dejado de ofrecernos pruebas de ello.
Pero ¿cuál es la alternativa? Como mencionábamos al principio, la otra opción es prestar atención exclusivamente al hoy y no a la posible escasez futura. Eso implica abandonarnos en los brazos del destino y esperar que, cuando surja una crisis propia, global, un evento inesperado o un simple cambio de ciclo, no tendremos manera de levantarnos por nosotros mismos.
Ya vendrá alguien a salvarnos. Los fondos europeos, por ejemplo. Es una actitud que suele presentarse en los mismos partidos políticos que defienden que el capitalismo es egoísta. Toda una paradoja.
Lo que me lleva a la tercera idea que sobrevuela el libro: si no ahorras y no quieres renunciar a tu nivel de consumo, ante cualquier eventualidad vas a tener que endeudarte.
Y, seas un país o un ciudadano, para afrontar una deuda, o te sacrificas y ahorras, solamente para quedarte como estabas al principio, o te endeudas para pagar la deuda y caes en una espiral infernal.
Y esa es la deriva de nuestro país. Especialmente tras tres años consecutivos, 2024, 2025 y ahora 2026, operando con las cuentas de 2023 prorrogadas, según recoge Funcas, sin que esa foto fija de hace tres años nos diga cuánto de más estamos gastando realmente. Mientras tanto, la tasa de ahorro de los hogares españoles ha caído al 12% de la renta disponible, según el INE, más de dos puntos por debajo del 14,4% de la eurozona que mide Eurostat.
Solamente sabemos que no se deflactan los impuestos para guardar las apariencias y que el ciudadano medio está asfixiado. Sería un avance que nuestros políticos se dieran cuenta de que, aunque no sea una idea muy populista, lo opuesto del ahorro es la dependencia, no el gasto.
Quiero terminar con una frase del prólogo de Santiago Satrústegui: el ahorro es una virtud privada con consecuencias públicas benéficas. Ojalá libros como estos calen en la población y sepamos sacar las lecciones necesarias.