Carlos Cuerpo

Carlos Cuerpo EP

Opinión

Dos décimas de guerra, cuatro de fe

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Hay una ley que ningún ministro de Economía cita en rueda de prensa y que, sin embargo, gobierna casi todo lo que dice. La formuló en 1975 el economista británico Charles Goodhart y dice que, cuando una medida se convierte en objetivo, deja de ser una buena medida.

En cuanto un indicador pasa de termómetro a meta política, alguien empieza a empujarlo. El crecimiento del PIB lleva décadas siendo el termómetro favorito de los gobiernos y creo que conviene leer las décimas con esa sospecha puesta.

El Consejo de Ministros aprobó este lunes el cuadro macroeconómico que servirá de base a unos Presupuestos que, todo apunta, no llegarán a aprobarse. Y lo hizo elevando cuatro décimas la previsión de crecimiento para 2026, hasta el 2,6%, justo después de incorporar por primera vez al escenario la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán.

El conflicto, sostiene Economía, restará apenas dos décimas, una merma que la economía española absorberá con holgura, hasta el punto de quedar compensada por una pujanza interna que el propio Gobierno celebra. La paradoja la firmaba esta misma mañana el INE pues el indicador adelantado situaba la inflación de junio en el 3,2%, con la subyacente todavía por encima (INE, junio de 2026), tensionada por los carburantes que la guerra encarece.

Que un shock geopolítico que aprieta los precios coincida con una revisión al alza del crecimiento no es imposible. Es, sencillamente, infrecuente, y lo es más cuando la revisión llega en el mismo acto en que la guerra se reconoce por primera vez. El termómetro sube en el preciso instante en que se le acerca el fuego.

Un repunte del crudo o una prolongación de las hostilidades bastarían para que las dos décimas se quedaran cortas

Aquí entra Goodhart. El cuadro macro no es un pronóstico desinteresado, sino el cimiento aritmético de unas cuentas públicas: a mayor crecimiento proyectado, mayor recaudación esperada, menor déficit sobre el papel y más margen político para el gasto.

El PIB ha dejado de ser una medida para convertirse en un objetivo, y desde el momento en que es objetivo, la tentación de redondear al alza deja de ser una hipótesis para volverse un incentivo.

El contraste con quienes no tienen Presupuestos que defender resulta elocuente. El Banco de España proyecta un 2,3% y advierte de que el difícil acceso a la vivienda puede limitar el crecimiento (Banco de España, junio de 2026); el Fondo Monetario Internacional se queda en el 2,2% y BBVA Research en el 2,4%. El Gobierno se sitúa por encima de los cuatro.

Cuando un solo pronosticador, y encima parte interesada, abandona el consenso por arriba, la pregunta no es por qué yerran los demás, sino qué necesita demostrar el que se descuelga. La respuesta sería que el indicador ya no mide la economía, mide la necesidad presupuestaria de quien lo publica. No hay aquí mala fe contable, sino el funcionamiento previsible de un incentivo que es quien fija el objetivo y a la vez se examina de él tiende a aprobarse con holgura.

El propio gesto de integrar ahora la guerra, tras meses de resistirse pese a las críticas del Banco de España, y de hacerlo con la hipótesis más amable posible (desescalada inmediata, energía contenida, impacto acotado), confirma que el escenario se ha elegido por su conveniencia tanto como por su probabilidad.

Tito Livio cuenta que los augures romanos examinaban las entrañas de las víctimas antes de cada batalla para leer la voluntad de los dioses, y que el augurio rara vez contrariaba los planes del general que pagaba el sacrificio. Catón el Viejo, escéptico de raza, decía no entender cómo dos arúspices podían mirarse a la cara sin reírse.

Veinticinco siglos después seguimos sacrificando la res y leyendo en sus vísceras lo que ya habíamos decidido emprender. El cuadro macro es nuestro augurio: un rito solemne, presentado con cifras de aspecto científico, cuyo desenlace casualmente coincide con lo que conviene a quien encarga el vaticinio. La diferencia es que los augures romanos no fundaban sobre el presagio la recaudación de un ejercicio entero.

Nada de esto niega que la economía española crezca por encima de la media europea, sostenida por el turismo, la inmigración y un mercado laboral más sólido de lo que muchos auguraban. El reparo no es el dato de hoy, sino la costumbre de estirarlo hasta 2029 ignorando la productividad estancada, una inflación que no se doblega y una deuda pública anclada sobre el 100% del PIB.

Un repunte del crudo o una prolongación de las hostilidades bastarían para que las dos décimas se quedaran cortas y el 2,6% se revelara como lo que probablemente es el techo de un escenario vendido como su centro. La previsión que importa no es la que adorna un Consejo de Ministros, sino la que sobrevive doce meses después.

Y las cuatro décimas de más tienen toda la traza de promesa destinada a corregirse a la baja, en silencio, cuando ya no haya Presupuestos que justificar. Por lo tanto, la res está sacrificada y solo faltan los augures que se atrevan a mirarse sin reírse.

*** Fernando Pinto es profesor Titular de Economía Aplicada de la URJC.