El expresidente de la Fed, Alan Greenspan.

El expresidente de la Fed, Alan Greenspan. Reuters

Opinión

La exuberancia irracional era usted, señor Greenspan

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Tres meses después de cumplir 100 años y pocos días después de celebrar el primer Comité de Mercado Abierto de la Reserva Federal (Fed) su epígono Kevin Warsh, Alan Greenspan ha fallecido.

Uno de los economistas más importantes del último medio siglo al que se le atribuyeron poderes cuasi taumatúrgicos, calificado en numerosas ocasiones como “oráculo”, “gurú” o “mago”, pero que, en realidad, no dejó de ser un producto de su época y quedó atrapado por la servidumbre de la política al querer llegar a lo más alto a lo que un economista puede llegar que es presidir la Fed.

La mayoría de los éxitos que se le atribuyeron a la gestión de Greenspan al frente de la Fed –y de los que ha vivido muy bien las últimas dos décadas– fueron, en realidad, méritos de terceros. En primer lugar, la solución a la gran crisis inflacionista de principios de los ochenta (que tardó casi 6 años en embridarse) no fue obra de Greenspan sino de su predecesor Paul Volcker.

A Greenspan le correspondió finalizar el trabajo de Volcker cuando llegó a la presidencia de la Fed en 1987, no sin sustos de envergadura como la crisis bursátil de octubre de ese mismo año. Después de bajar tipos de interés para sostener la caída del mercado, los subió una vez terminada la crisis hasta 1989. Probablemente el único momento de su carrera en Washington donde ligeramente se separó el interés del nuevo Gobierno federal de Bush padre y la actuación de la Fed.

La titánica labor de Volcker –hasta el punto de subir los tipos de interés al 19% en junio de 1981– nunca fue comprendida por Greenspan porque nunca creyó en el endurecimiento de la política monetaria para acabar cuanto antes con el shock inflacionista de los setenta, con independencia de cuál fuera su origen y/o su catalizador.

A Greenspan le correspondió finalizar el trabajo de Volcker cuando llegó a la presidencia de la Fed en 1987, no sin sustos de envergadura como la crisis bursátil de octubre de ese mismo año

Siete años antes, en 1974 tras la dimisión del presidente Nixon, Greenspan ocupó la presidencia del Consejo de Asesores Económicos de la Casa Blanca durante el mandato de Gerald Ford. Durante este tiempo, Greenspan defendió la postura de su tutor de curso de doctorado en Columbia Arthur Burns, a la sazón presidente de la Fed.

La postura era muy simple: ir a remolque de las circunstancias, subiendo los tipos de interés lo justo y necesario porque ambos, Burns y Greenspan, entendían que la crisis del 73 era energética (por eso siempre la hemos conocido como el shock del petróleo), una cuestión que hoy diríamos geopolítica (guerras, dictaduras frente a democracias, extensión de la Guerra Fría…) y cuya solución pasaba por una moderación del consumo interno tanto privado como público.

Ni entonces ni después, Greenspan supo ver que aquella crisis tenía un origen monetario, que debía combatirse con instrumentos monetarios (como sí hizo Volcker, no exento de retrasos y dudas al inicio de su mandato) y que los eventos energéticos o geopolíticos no eran más que el canario en la mina o la gota que colmó el vaso.

En segundo lugar, precisamente gracias al ejemplo de su antecesor, supo que para mantenerse en el poder tenía que dar al poder político lo que precisaba en cada momento, sugiriéndoles ciertas medidas para que la Fed no tuviera que intervenir.

El caso más significativo fue la política fiscal de la administración Clinton, una verdadera estabilizadora de la macro norteamericana que, al igual que lo anterior, no se lo reconocieron a Clinton sino a Greenspan. El éxito en la trayectoria de la inflación y el empleo se completó con el mayor superávit presupuestario desde el final de la 2ª Guerra Mundial, el cual duró entre 1998 y 2001.

Ni entonces ni después, Greenspan supo ver que aquella crisis tenía un origen monetario, que debía combatirse con instrumentos monetarios y que los eventos energéticos o geopolíticos no eran más que el canario en la mina o la gota que colmó el vaso

En aquellos años en que el crecimiento era robusto, la inflación controlada, la Administración pública embridaba férreamente el gasto y los mercados financieros subían, es cuando surge la expresión más famosa de Greenspan (la “exuberancia irracional”), la cual no quería decir lo que prácticamente todos han entendido en ella cada vez que la utilizan.

Fue en la recepción del premio Francis Boyer que le otorgó un 5 de diciembre de 1996 el American Enterprise Institute (AEI) cuando Greenspan, en un discurso titulado El reto de la banca central en una sociedad democrática dijo: "¿Cómo podemos determinar cuándo la exuberancia irracional ha inflado indebidamente los precios de los activos, dejándolos expuestos después a correcciones inesperadas y persistentes? ¿Y cómo debe incorporarse ese diagnóstico a la política monetaria?"

Automáticamente, buena parte de los asistentes y la repercusión posterior (y la leyenda que el propio Greenspan se encargó de agrandar en los años siguientes tal como lo atestigua la mención del miembro del FOMC Lawrence B. Lindsey en el comité posterior a aquella cena a mediados de diciembre) asimilaron “exuberancia irracional” con “comportamiento irracional”, “codicia” o “burbuja especulativa” en los mercados financieros.

Una especie de “motor invisible” de la economía, el cual, mientras que no exagerara demasiado, sería una ayuda para que las cosas económicamente fueran bien. Sin embargo, la lectura del discurso completo ofrece varias claves muy distintas.

Desafortunadamente para muchos, Greenspan no se refería a los mercados de capitales ni a la codicia. Se estaba refiriendo exactamente a la política (la fiscal y, también, la monetaria) y a las consecuencias que tiene su intervención sobre la economía, especialmente, cuando por las razones que sean se generan sobrerreacciones o burbujas especulativas.

Greenspan no se refería a los mercados de capitales ni a la codicia. Se estaba refiriendo exactamente a la política (la fiscal y, también, la monetaria) y a las consecuencias que tiene su intervención sobre la economía

Greenspan reconoció la enorme dificultad práctica de identificar una burbuja en tiempo real y, sobre todo, de determinar qué debe hacer la política monetaria frente a ella. En un ejercicio de sinceridad muy escaso en su vida pública, Greenspan defendió el control de la cantidad de dinero en el mercado como fórmula de estabilidad financiera con un banco central que, sometido al control del Congreso, actuara de forma independiente del Gobierno. Justo lo contrario a su labor al frente de la Fed.

Finalmente, en tercer lugar, los años finales de los noventa y principios de los 2000 fueron escenario de tantos factores jugando de manera simultánea que Greenspan convenció a todos de que lo mejor era bajar los tipos de interés hasta un mínimo histórico del 1% a mediados de 2003 como solución a los males internos y externos que aquejaban a la economía norteamericana saliendo de una recesión de casi un año en 2001, con los atentados del 11-S muy recientes, un plan fiscal desastroso de Bush hijo y con varios frentes bélicos.

Una enorme burbuja inmobiliaria y financiera se encargó de hacer el resto hasta los primeros síntomas en 2006 (justo cuando toma posesión su sucesor Ben Bernanke) y el estallido definitivo en 2008. Aquí tampoco el mérito fue de Greenspan sino de una economía dopada sin fundamentos reales.

No es de extrañar que buena parte de las reacciones a la muerte de Greenspan señalen las contradicciones en sus discursos, su vida y su acción pública, no sin un halo de misterio y complejidad que lo han acompañado a lo largo de las décadas. Hay que atribuirle el indudable mérito de haber sido capaz de cautivar a generaciones enteras de economistas, clientes (fuera en su consultora, la cual le hizo millonario, aunque quebraran clientes como la famosa Lincoln Savings and Loan Association) y políticos, hasta incluso llegando cuando era joven al círculo más íntimo de Ayn Rand.

Un “maestro” tal como lo llamó Bob Woodward, el famoso periodista del “Watergate”. Pero quizá quien mejor lo definió fue el editorialista del The Wall Street Journal en octubre de 2005: “flexible en sus planteamientos, pero también difícil de descifrar”. Todo un monumento a la exuberancia irracional.

*** Javier Santacruz es economista.