Asesoría
La herencia era un error de cálculo
Si la incertidumbre sobre nuestra longevidad se reduce, también lo hace el margen de error sobre el que hemos construido el ahorro, los seguros y la idea misma de herencia.
Hay algo profundamente humano en la forma en la que planificamos el futuro: lo hacemos con prudencia, con cierta ansiedad y, sobre todo, con una enorme falta de información.
No deja de ser paradójico que las decisiones más importantes de nuestra vida como cuánto ahorrar, cuándo retirarnos o qué riesgos asumir se tomen, en gran medida, desde la incertidumbre. Y, sin embargo, durante décadas no hemos tenido otra opción.
Esa combinación de prudencia e incertidumbre ha dado lugar a una escena que se repite, casi sin ruido, en millones de hogares: vidas construidas con esfuerzo que, al llegar a su final, dejan tras de sí un excedente inesperado.
Una herencia que, en muchos casos, no fue pensada como tal. No como un objetivo, sino como una consecuencia.
Hace años, el economista Franco Modigliani formuló una idea que sigue siendo tan provocadora como vigente: “La herencia es, en muchos casos, un error de cálculo”.
La economía, los sistemas de pensiones y el propio sector asegurador se construyeron sobre la base de promedios poblacionales
Bajo su teoría del ciclo de vida, las personas tratan de distribuir sus recursos de forma que el consumo se mantenga relativamente estable a lo largo del tiempo. Ahorran durante su etapa productiva para sostenerse en la vejez. Pero, en ese proceso, tienden a equivocarse.
A veces lo hacen por exceso de prudencia, por miedo a quedarse sin recursos en una etapa especialmente vulnerable. Otras veces, simplemente, porque no tienen suficiente información para afinar mejor.
No saben cuánto vivirán. No saben en qué condiciones lo harán. No saben qué costes reales implicará ese tramo final de la vida.
Durante mucho tiempo, ese margen de error fue inevitable. La economía, los sistemas de pensiones y el propio sector asegurador se construyeron sobre la base de promedios poblacionales.
Tablas actuariales, estimaciones generales, patrones históricos. Una lógica razonable en un contexto donde la información individual era prácticamente inexistente. Vivíamos, en cierto modo, a ciegas. Pero esa ceguera no era solo financiera, era, sobre todo, biológica.
Durante mucho tiempo, dejar un patrimonio a la siguiente generación ha sido, en parte, una consecuencia involuntaria
Porque en el fondo, todas esas decisiones económicas descansaban sobre una variable mucho más profunda: la evolución de nuestra propia salud. La longevidad no es solo una cuestión de años, sino de condiciones.
De cómo envejecemos, de qué enfermedades desarrollamos, de cuánto tiempo podemos mantener una vida activa y autónoma. Y, sin embargo, durante décadas hemos tratado esa dimensión como una incógnita difícil de reducir. Hoy empezamos a vislumbrar un cambio.
En los últimos años, la conversación sobre el futuro ha comenzado a desplazarse. Ya no se limita a la economía o a la demografía, sino que incorpora de forma creciente una tercera capa: la capacidad de entender, con mayor precisión, cómo vamos a vivir desde el punto de vista biológico.
Ojo, no se trata de eliminar la incertidumbre, pero sí de reducirla. De hacerla más concreta, más medible, más gestionable.
En ese contexto, la medicina predictiva está dejando de ser una promesa lejana para convertirse en una herramienta cada vez más presente. Compañías como Foreomics trabajan precisamente en ese espacio: analizar datos clínicos, identificar patrones de riesgo antes de que se manifiesten y ofrecer una lectura más precisa de la trayectoria de salud de cada individuo. Lo relevante no es solo la tecnología, sino el cambio de lógica que introduce.
Por primera vez, empezamos a pasar de un modelo reactivo, en el que actuamos cuando la enfermedad ya ha aparecido, a un modelo anticipativo, en el que el conocimiento previo permite intervenir antes.
Y esa anticipación no solo tiene impacto en términos de salud, sino también en la forma en la que organizamos nuestra vida. Porque si sabemos más sobre cómo vamos a enfermar, también sabemos más sobre cómo vamos a vivir. Y eso cambia las reglas del juego.
Cambia, en primer lugar, la forma en la que entendemos el riesgo. El mundo de los seguros, tradicionalmente basado en la mutualización (entendida de manera simple como “repartir el riesgo entre muchos”), empieza a enfrentarse a un escenario donde ese riesgo puede afinarse de manera individual.
Donde la prevención no solo reduce costes, sino que redefine la relación entre aseguradora y asegurado. Pero también cambia la planificación financiera.
Durante generaciones, hemos asumido que había que cubrirse en exceso. Que era mejor pecar de prudente que quedarse corto. Que ese margen adicional, que después se convertía en herencia, era el precio inevitable de no saber.
Hoy, ese planteamiento empieza a ser cuestionado. No porque vayamos a alcanzar una precisión absoluta, sino porque el margen de error se reduce. Porque las decisiones pueden apoyarse en una base de información más rica, más personalizada.
Porque la incertidumbre deja de ser un bloque homogéneo y pasa a descomponerse en riesgos concretos, analizables, gestionables. Este desplazamiento tiene implicaciones que van más allá de lo económico.
Afecta a la forma en la que concebimos el tiempo. A la manera en la que proyectamos nuestra vida. Incluso a la relación que mantenemos con conceptos tan arraigados como la herencia.
Durante mucho tiempo, dejar un patrimonio a la siguiente generación ha sido, en parte, una consecuencia involuntaria. Algo que ocurría porque no habíamos ajustado bien nuestras previsiones. Porque habíamos vivido menos de lo esperado o gastado menos de lo posible.
Pero, ¿qué ocurre cuando esa imprecisión empieza a reducirse? ¿Qué ocurre cuando disponemos de herramientas que nos permiten afinar mejor nuestras decisiones, entender con mayor claridad nuestras necesidades futuras y ajustar nuestro comportamiento en consecuencia?
La herencia, en ese contexto, deja de ser un residuo del cálculo imperfecto para convertirse en una elección más consciente. Y eso cambia su naturaleza.
Ya no se trata únicamente de lo que queda, sino de lo que se decide dejar. De cómo se articula esa transferencia de valor. De qué papel juega dentro de una estrategia vital más amplia, donde la salud, el tiempo y los recursos están mucho más conectados entre sí.
Este cambio no será inmediato ni uniforme. Conviviremos durante años con ambos modelos: el de la incertidumbre estructural y el de la incertidumbre gestionada. Pero la dirección parece clara. Estamos pasando de aceptar que no sabíamos lo suficiente, a asumir que empezamos a saber más de lo que pensábamos. Y eso introduce una responsabilidad nueva.
Porque cuando la información aumenta, también lo hace la capacidad de decidir. Y, con ella, la dificultad de escudarse en la falta de datos. Ya no bastará con decir que hicimos lo que pudimos con lo que teníamos. La pregunta será distinta: qué hicimos con lo que sabíamos.
Quizá dentro de unos años sigamos dejando herencias. Pero será interesante observar su origen.
Si responden a un deseo consciente de construir continuidad, de transferir oportunidades o de proyectar una determinada idea de legado, estaremos ante algo distinto. Si, por el contrario, siguen siendo el resultado de una previsión imprecisa, entonces el cambio habrá sido menor de lo que creemos.
La diferencia es que, esta vez, no podremos atribuirlo únicamente al error.
Porque el cálculo, por primera vez, empieza a tener en cuenta lo más importante: La vida.
*** Jorge García González es directivo del sector asegurador y empresario de la industria sanitaria y de e-Health.