Tierras raras
La región cuenta con reservas de wolframio, litio y tierras raras que encajan en la nueva agenda europea, pero el reto es construir cadena de valor, no solo extraer mineral. Europa ya no compite únicamente por mercados. Compite por asegurar materiales, procesos, tecnología y capacidad industrial.
La transición energética, la digitalización, la defensa, la electrónica avanzada, la movilidad eléctrica y buena parte de la industria médica dependen de materias primas cuya oferta está muy concentrada y cuya transformación sigue dominada por unos pocos actores globales.
Por eso el debate sobre materias primas críticas ha dejado de ser una discusión sectorial para convertirse en una cuestión de geopolítica industrial, seguridad económica y resiliencia tecnológica.
Una cosa es tener recursos geológicos y otra muy distinta dominar la cadena de valor. En eso China nos lleva la delantera
En ese tablero, las tierras raras son quizá el ejemplo más didáctico y de más reciente actualidad gracias a las constantes declaraciones y devaneos del presidente de Estados Unidos, Donald Trump. No están de moda porque sean las únicas materias críticas, sino porque muestran con claridad el problema de fondo que subyace.
Unos pocos controlan un recurso y toda la tecnología asociada para procesarlo y convertirlo en algo de valor para nuestra sociedad, nuestro bienestar o nuestra industria para la defensa.
Así ponemos encima de la mesa un concepto importante: Una cosa es tener recursos geológicos y otra muy distinta extraerlos, procesarlos, transformarlos y dominar la cadena de valor.
En el caso de las tierras raras (y en muchos otros) China nos lleva la delantera porque ha entendido desde hace mucho tiempo el ciclo completo.
La Agencia Internacional de la Energía estima que, en 2024, China concentró alrededor del 60% de la producción minera mundial de tierras raras para imanes, el 91% del refinado y el 94% de la fabricación de imanes permanentes; además, las restricciones a la exportación introducidas en 2025 evidenciaron hasta qué punto la dependencia europea sigue siendo estructural.
Esa concentración afecta a sectores tan sensibles como la movilidad eléctrica, las turbinas de imanes permanentes, la robótica, la electrónica de precisión y diversas aplicaciones de defensa.
La verdadera oportunidad no está en extraer más sin más. Está en capturar valor dentro del territorio y construir industria.
En respuesta a esta situación, el Reglamento europeo de materias primas fundamentales (denominado en inglés Critical Raw Materials Act), ha puesto cifras y dirección a esa urgencia.
La Unión Europea se ha fijado como metas para 2030 alcanzar, en su propio territorio, al menos el 10% de la extracción, el 40% del procesamiento y el 25% del reciclaje anual de materias primas críticas y estratégicas.
Es la constatación de que la autonomía estratégica europea será inviable si seguimos dependiendo del exterior en eslabones esenciales de la cadena de valor.
España llega a esta nueva etapa con una oportunidad real. El I Plan de acción para la gestión sostenible de las materias primas minerales 2026-2030 moviliza 414 millones de euros, articula 34 actuaciones e incorpora el primer Programa Nacional de Exploración Minera en medio siglo, con 182 millones de euros.
El dato verdaderamente importante no es solo presupuestario: España empieza a asumir que el recurso geológico, por sí solo, no crea soberanía industrial. La crea cuando se combina con cartografía avanzada, permisos previsibles, trazabilidad, restauración, circularidad y capacidad de transformación.
Esa es la diferencia entre vender mineral y construir industria.
En este contexto, Castilla y León no debería contemplarse como un actor secundario, sino todo lo contrario, como una comunidad con una base minera real, un conocimiento geológico acumulado y un potencial relevante para contribuir a esa nueva agenda europea.
La estadística oficial del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico sitúa a Castilla y León en torno al 12% del valor de la producción minera nacional y la coloca entre las regiones con mayor peso del sector en España.
Mi convicción es clara. Castilla y León puede convertirse en uno de los nodos españoles más relevantes de la nueva estrategia europea de materias primas críticas y estratégicas.
Si descendemos a analizar el detalle dentro del territorio, la cartografía y los estudios históricos de la Junta de Castilla y León, y del IGME, confirman que el corredor leonés‑berciano no debe reducirse a una lectura vinculada solo al carbón o a la minería del pasado.
Candín, Campo de Agua y Salientes‑Cuevas del Sil forman parte de una memoria exploratoria y geológica que hoy debe reinterpretarse con herramientas avanzadas del siglo XXI: modelización 3D, geoquímica de alta resolución, geofísica avanzada, geometalurgia, teledetección y evaluación ambiental desde fases tempranas.
La investigación del IGME en Ancares‑Alto Bierzo identificó el siglo pasado tres zonas con indicios de tierras raras: Vega de Espinareda‑Fabero, Noceda y Pico del Rey.
En el área de Benavides, el organismo documentó contenidos de monacita de hasta 1.500 gramos por metro cúbico en campañas de batea. Eso no autoriza a hablar todavía de reservas explotables, pero sí de un indicio serio que justifica atención técnica y estratégica con las tecnologías actuales.
Salamanca representa el caso más sólido de toda Castilla y León cuando hablamos de materias primas estratégicas con cifras publicadas y contrastables. El ejemplo más claro es Barruecopardo: con reservas certificadas bajo estándar JORC de casi 14 millones de toneladas y un recurso mineral total que supera los 21 millones, el proyecto acredita una vida de mina mínima de nueve años.
Son cifras reales, no potencial teórico.
Ese dato es muy relevante por dos motivos: porque el wolframio es una materia prima estratégica para Europa y tiene aplicaciones industriales, energéticas y de defensa de primer nivel, y porque demuestra que Castilla y León no solo posee potencial, sino que puede aportar producción real y conocimiento operativo.
Barruecopardo acredita que la comunidad puede jugar un papel tangible en la nueva geopolítica europea de los recursos, siempre que sepa traducir esa ventaja geológica en política industrial, servicios avanzados y transformación local del valor.
La minería del siglo XXI no puede construirse de espaldas a la sociedad. La licencia social no es un complemento reputacional: es una condición estructural de viabilidad.
Junto al wolframio, Salamanca ofrece otro frente de gran interés: el eje litio‑estaño‑tántalo‑niobio. El proyecto Villasrubias ha completado ya dos campañas de sondeos con resultados positivos y mineralización de litio confirmada en la práctica totalidad de los sondeos.
No equivale todavía a una reserva publicada, pero sí a un proyecto de exploración avanzada con un encaje claro en la agenda europea de materiales para baterías.
A partir de aquí, la discusión decisiva ya no es solo geológica. Es industrial. Castilla y León debe evitar dos errores simétricos. El primero es el del inmovilismo: pensar que la oportunidad pasará sin consecuencias o que bastará con observar lo que hagan otros territorios.
El segundo es el del simplismo extractivo: creer que la solución consiste únicamente en abrir explotaciones sin construir alrededor de ellas una estrategia de procesamiento, reciclaje, servicios tecnológicos, formación, logística y aceptación social.
La verdadera oportunidad no está en extraer más sin más. Está en capturar más valor dentro del territorio generando ecosistemas de innovación industriales sostenibles y resilientes, como los que trabajamos desde la Fundación ICAMCyL.
Eso exige una política de ecosistema, creando condiciones para que la cadena de valor se desarrolle localmente allí donde sea viable. Exige también articular capacidades científicas, centros tecnológicos, empresas, ingeniería, financiación y administraciones. Y exige, de forma muy especial, una conversación honesta con el territorio.
La minería del siglo XXI no puede construirse de espaldas a la sociedad. La licencia social no es un complemento reputacional: es una condición estructural de viabilidad.
Mi convicción es clara. Castilla y León puede convertirse en uno de los nodos españoles más relevantes de la nueva estrategia europea de materias primas críticas y estratégicas. Puede hacerlo desde el wolframio de Salamanca, desde los indicios y objetivos de investigación del norte de León y El Bierzo, desde la exploración de sistemas litíferos y estanníferos, y desde una visión más amplia que incorpore reciclaje, valorización de residuos, tecnología y formación.
Pero para lograrlo debe dejar atrás tanto la nostalgia minera como el titular fácil. Lo que Europa necesita no es solo mineral. Necesita territorios capaces de transformar recursos en industria, conocimiento y resiliencia.
*** Santiago Cuesta-López es el director general de ICAMCyL (Centro Internacional de materiales avanzados y materias primas de Castilla y León)