Papa Leo XIV
“Alzad la mirada”: Magnifica Humanitas y la advertencia del Papa ante una sociedad cada vez más avanzada y menos humana
Hace unos años, durante una estancia en Harvard, recuerdo entrar en una cafetería abarrotada de estudiantes que probablemente acabarían dirigiendo algunas de las compañías más importantes del mundo. Lo que más me impresionó no fue el talento que había allí dentro, sino el silencio. Decenas de jóvenes sentados juntos, mirando únicamente sus pantallas. Nadie hablaba. Nadie levantaba la vista.
Aquella escena me produjo una sensación extraña. Era como contemplar una generación hiperconectada y, al mismo tiempo, profundamente aislada.
He vuelto a pensar en aquella imagen leyendo Magnifica Humanitas, la nueva encíclica del Papa León XIV, especialmente ahora que prepara su próxima visita a España bajo un lema tan oportuno como simbólico: “Alzad la mirada”.
Porque quizá ese sea precisamente el gran problema de nuestro tiempo. Hemos bajado demasiado la mirada hacia las pantallas, hacia la inmediatez, hacia el ruido constante y hacia nosotros mismos. Y cuando una sociedad deja de mirar hacia arriba —hacia el futuro, hacia los demás y hacia los grandes valores compartidos— corre el riesgo de perder algo esencial.
La nueva encíclica del Papa no es únicamente un texto religioso. Es también una profunda reflexión sobre el agotamiento moral y emocional de una civilización obsesionada con avanzar cada vez más rápido, aunque no tenga claro hacia dónde se dirige.
La humanidad se enfrenta hoy a la elección entre levantar una nueva Torre de Babel o construir una sociedad verdaderamente humana
Vivimos una paradoja difícil de ignorar. Nunca habíamos tenido tanta tecnología, tanta información y tantas posibilidades de progreso. Y, sin embargo, pocas veces habían crecido tanto la ansiedad, la polarización, la sensación de vacío y la dificultad para encontrar sentido.
Estamos permanentemente conectados, pero muchas personas se sienten más solas que nunca. Tenemos acceso inmediato a cualquier conocimiento, pero cada vez cuesta más distinguir la verdad del ruido. Vivimos acelerados, hiperocupados y distraídos, como si detenernos unos minutos a pensar se hubiese convertido en un lujo o incluso en una amenaza.
En este contexto, el Papa plantea una imagen poderosa: la humanidad se enfrenta hoy a la elección entre levantar una nueva Torre de Babel o construir una sociedad verdaderamente humana, basada en la dignidad, la justicia y la fraternidad.
Y lo inquietante es que la metáfora de Babel parece escrita para nuestro tiempo. Porque la Torre de Babel simbolizaba una civilización fascinada por su propio poder, convencida de que el progreso técnico bastaba para resolver cualquier problema y de que crecer era suficiente, aunque en el camino se perdiera el alma.
A veces tengo la sensación de que eso es exactamente lo que empieza a ocurrirnos. La inteligencia artificial avanza a velocidad vertiginosa. Las empresas compiten ferozmente por captar nuestra atención. Vivimos atrapados en una cultura de la inmediatez donde todo exige respuestas rápidas, resultados rápidos y éxitos rápidos. Sin embargo, mientras aumenta la velocidad, disminuye muchas veces la capacidad de reflexión.
Vivimos una época en la que muchas personas empiezan a experimentar una silenciosa sensación de irrelevancia
Hace tiempo, un profesor norteamericano me dijo una frase que no he olvidado: “Las sociedades no colapsan cuando dejan de innovar; colapsan cuando dejan de preguntarse para qué innovan”.
Quizá esa sea la gran cuestión de fondo que plantea esta encíclica. Porque el problema nunca ha sido la tecnología. El verdadero problema aparece cuando la tecnología deja de estar al servicio de la persona y empieza a convertir a la propia persona en un simple dato, un perfil de consumo o una pieza reemplazable dentro de un sistema cada vez más deshumanizado.
Y esta reflexión afecta directamente al liderazgo empresarial. En mis conversaciones con CEOs y altos directivos detecto una preocupación creciente por cómo mantener culturas corporativas sanas en medio de la presión permanente, la incertidumbre geopolítica y la aceleración constante. Muchos líderes empiezan a comprender que el gran reto de la próxima década no será únicamente tecnológico. Será profundamente humano.
Durante años admiramos sobre todo a líderes agresivos, infalibles y obsesionados con los resultados. Hoy, sin embargo, comienzan a valorarse otras capacidades mucho más difíciles de encontrar: la serenidad en medio del caos, la escucha auténtica, la prudencia en la toma de decisiones o la capacidad de generar confianza en tiempos de incertidumbre.
Porque el verdadero problema de muchas organizaciones ya no es la falta de talento técnico. El problema es el desgaste emocional.
Vivimos una época en la que muchas personas empiezan a experimentar una silenciosa sensación de irrelevancia. El miedo no es únicamente perder el empleo frente a un algoritmo o una automatización. El temor más profundo es perder el propósito, la identidad y el sentimiento de utilidad.
Por eso resulta tan relevante que Magnifica Humanitas insista continuamente en la idea del “desarrollo humano integral”. Es decir, un progreso que no se limite únicamente al crecimiento económico o tecnológico, sino que contemple todas las dimensiones de la persona: la ética, la emocional, la social e incluso la espiritual.
En el fondo, la gran pregunta que plantea el texto es extremadamente sencilla y, al mismo tiempo, profundamente incómoda: ¿de qué sirve construir sociedades más avanzadas si terminan siendo menos humanas?
Baltasar Gracián advertía que “la prisa es madre del fracaso”. Y quizá pocas veces esa idea ha tenido tanta vigencia como ahora. Vivimos atrapados en una cultura que premia más la velocidad que la profundidad, más la apariencia que la autenticidad y más el ruido que el pensamiento.
La consecuencia empieza a ser visible en muchos ámbitos: debates públicos convertidos en trincheras emocionales, relaciones personales cada vez más superficiales y organizaciones llenas de profesionales técnicamente brillantes, pero agotados psicológicamente.
La encíclica introduce además otro aspecto especialmente relevante: la necesidad de recuperar el diálogo y “desarmar las palabras”. No es una cuestión menor. Las sociedades empiezan a fracturarse cuando dejan de escucharse y comienzan únicamente a gritarse. Y eso ocurre también dentro de muchas empresas, donde la polarización, el miedo al error y la incapacidad de discrepar constructivamente deterioran poco a poco las culturas corporativas.
Quizá por eso el liderazgo del futuro no será únicamente el de quienes sepan manejar la inteligencia artificial, sino el de quienes sepan preservar la inteligencia humana en medio de tanta automatización.
Viktor Frankl escribió una frase extraordinaria tras sobrevivir a Auschwitz: “Quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo”. Tal vez el gran vacío contemporáneo provenga precisamente de haber perdido ese “porqué”.
Sabemos cómo producir más, cómo crecer más rápido y cómo automatizar casi cualquier proceso. Pero seguimos teniendo enormes dificultades para responder preguntas mucho más esenciales: cómo vivir mejor, cómo construir sociedades más justas o cómo evitar que el progreso termine vaciándonos por dentro.
Las organizaciones más admiradas del futuro probablemente no serán únicamente las más tecnológicas o las más eficientes. Serán aquellas capaces de combinar innovación con ética, ambición con propósito, resultados con humanidad y tecnología con sentido común.
Porque la historia demuestra que las civilizaciones rara vez se derrumban desde fuera. Lo hacen, sobre todo, cuando olvidan aquello que las hacía verdaderamente humanas.
*** Antonio Nuñez es Senior Partner de Parangon Partners y fundador de la Asociación de Alumni de la Harvard Kennedy School.