Un carguera pasa por el estrecho de Ormuz.
Han pasado casi tres meses desde el inicio de la guerra en Irán, y seguimos con la incertidumbre sobre cuando se reabrirá al tráfico marítimo el estrecho de Ormuz. La cumbre que mantuvieron EEUU y China hace un par de semanas, si nos basamos en los hechos, parece que, al menos hasta ahora, ha servido de poco en este ámbito y continua la disrupción en el suministro petrolero global y, en consecuencia, el precio del petróleo sigue disparado.
La Agencia Internacional de la Energía avisa que las reservas existentes se agotarán en cuestión de semanas. Además, con el verano el inicio de la temporada de viajes y de siembras harán que aumente el consumo, tanto de combustibles como de fertilizantes. Esto podría tener un impacto importante en el precio de los alimentos y, en consecuencia, en la inflación.
Ya se perciben algunas señales de un nuevo brote inflacionario: en EEUU el índice de precios al consumo ascendió al 3,8% interanual en abril; y en España, los recortes generalizados de impuestos energéticos han permitido relajar un poco la presión, pero sin esos recortes, se estima que el IPC de abril se hubiera incrementado también un 3,8% en términos armonizados e interanuales.
Las consecuencias se percibirán en un menor consumo e inversión, rebajándose las expectativas de crecimiento económico. El Fondo Monetario Internacional ya ha advertido de que la economía mundial atraviesa un momento crítico y ha reclamado a los ministros del G7 medidas coordinadas para mitigar el impacto económico de la guerra.
La Eurozona, área muy dependiente energéticamente, está en peligro de estanflación. En España, según el reciente panel de previsiones de los diferentes servicios de estudios que elabora Funcas, se recorta el crecimiento del PIB al 2,2% para 2026.
En EEUU, la rentabilidad de los bonos del Tesoro a dos años ha subido al 4,08%, un nivel no visto desde marzo de 2025
Las perspectivas de una mayor inflación también han impactado en las cargas financieras de la colosal bola de deuda pública que se acumulado en el mundo. Los mercados exigen una rentabilidad más elevada para comprar bonos soberanos, ya que anticipan más inflación y políticas más restrictivas de los bancos centrales, con vueltas de tuerca en los tipos de interés.
En EEUU, la rentabilidad de los bonos del Tesoro a dos años ha subido al 4,08%, un nivel no visto desde marzo de 2025, mientras que la de los bonos a 10 años ha aumentado hasta cerca del 4,59%, el nivel más alto en aproximadamente un año. Los rendimientos de los bonos del Estado japonés a 10 años han superado el 2,7%, el nivel más alto desde junio de 1997.
Japón, además, tiene un peso especialmente importante en el mercado de deuda mundial, con fuerte presencia de inversores japoneses en títulos de deuda de otros países, especialmente la estadounidense.
Por ello, el aumento de los rendimientos de los bonos japoneses, combinado con cualquier fortalecimiento significativo del yen japonés frente al dólar estadounidense, podría llevar a los inversores japoneses a reasignar capital de los bonos del Tesoro de EEUU hacia los bonos japoneses y otros activos de renta fija en Japón.
En Europa, el bono de referencia, el bund alemán a 10 años ha visto cómo su rendimiento escala hasta el 3,16% mientras los rendimientos de la deuda pública francesa e italiana se han acercado al 4%.
El enquistamiento de la situación en Ormuz está agravando cada vez más la situación económica en sus diferentes vertientes
Por su parte, en España, el bono a 10 años supera ya el 3,6%. Y el rendimiento de los bonos soberanos de Reino Unido (gilts) a 10 años ha subido más de 10 puntos básicos hasta el 5,18%, situándose en máximos desde 2008.
Considerando los elevados niveles de deuda pública de las economías desarrolladas, y la presión sobre el gasto en defensa que se ejerce a través del planeta (algo que sin duda redundará en más deuda), el repunte de los rendimientos de los bonos globales resulta inquietante desde el punto de vista de la sostenibilidad de la hacienda pública.
Así es como un precio del petróleo elevado de forma prolongada y persistente puede ser agravar significativamente la situación fiscal de las economías. Hace un par de semanas, Fitch alertaba de que la deuda de EEUU superará el 120% del PIB en 2026 con un déficit del 7,9%. En Italia superará el 138% de su PIB, en Francia el 118% y en España está por encima del 100%.
Con todo ello, el déficit público crecerá. No sólo por el menor crecimiento y recaudación, sino también, por las presiones de las tensiones geopolíticas sobre el gasto público y el mayor gasto financiero derivado de esa deuda -tanto por el aumento del rendimiento de los bonos soberanos como por el mayor volumen de deuda-. En España, el déficit de las administraciones públicas se estima que se eleve este año hasta el 2,5% del PIB.
El horizonte no se presenta halagüeño. El enquistamiento de la situación en Ormuz está agravando cada vez más la situación económica en sus diferentes vertientes. Esto precisamente es lo que alienta la esperanza de una reapertura del estrecho de Ormuz en el próximo mes de junio, y con ello la recuperación paulatina del tráfico marítimo y la vuelta a la normalidad de las cadenas de suministro globales.
Nos queda agarrarnos a ese escenario, aunque sólo sea porque el impacto sobre los precios y las economías puede ser muy significativo si la crisis se prolonga, ante unos tipos de interés más elevados y un margen fiscal menor que en la crisis inflacionaria provocado por la guerra de Ucrania. Esperemos la razón económica se imponga, porque el coste de mantenerlo cerrado sería demasiado alto.
*** Mónica Melle Hernández es profesora de Economía de la UCM.