Los imperios siempre se han embarcado en guerras de anexión, hasta que su propio gigantismo frena su capacidad militar y decaen. Ha ocurrido desde los faraones egipcios. Ningún imperio ha sido eterno. Ni China, que ha pasado por diversas dinastías y periodos de expansión y decadencia.
En este siglo hay imperios con ansias expansionistas. Al menos tres: USA, Rusia y China. Por ello hacen la guerra o se preparan para ello. USA y Rusia guerrean en estos momentos, China espera que, de alguna manera, Taiwan caiga en su zona de dominio.
Pero la guerra del siglo XXI, tecnológicamente avanzada, tiene características específicas.
En la teoría militar clásica la victoria traía consigo “la ocupación del terreno” y “la explotación del éxito” (Clausewitz). Sin estos dos pasos la batalla no estaba terminada.
Pero ahora “la ocupación del terreno” es una condición difícil de conseguir.
China quiere un acuerdo con Taiwan pero sin batalla terrestre
El intento inicial de invasión por parte del ejército ruso a Ucrania fue una fracaso y sus tropas están bloqueadas en una zona del este ucraniano; zona que ya era pro-ruso antes del ataque.
USA no ha tenido ni la más mínima intención de que sus soldados pise el suelo iraní.
China quiere un acuerdo con Taiwan pero sin batalla terrestre.
Sólo Israel sigue ocupando terreno, pero poco a poco y a un coste económico, social y humano enorme. También sujeto a una pérdida de imagen internacional, a costa de un desgaste tremendo y con el riesgo de un cambio en su contra en cualquier momento. Con todo su poderío militar, Israel es incapaz de asegurar una paz sensata y permanente.
Todo esto es debido al desarrollo acelerado de la tecnología.
Una vez ocupado el terreno se establecían impuestos y se explotaban sus recursos para pagar al ejército invasor y su metrópoli
Las armas nucleares de unos y otros se neutralizan. Nadie se atreve a utilizarlas para evitar una catástrofe que sería dantesca.
Por otra parte, las armas convencionales se han sofisticado de tal forma que la batalla cuerpo a cuerpo es suicida. Los avances de los soldados terrestres se paran y los frentes se estabilizan para evitar bajas humanas.
Con los frentes estabilizados se pone en juego el ataque aéreo. Pero no mediante la aviación convencional. Su uso es demasiado caro y la pérdida de cada aviador es un coste inasumible que, por otra parte, cuesta mucho formar.
Así que los contendientes se dedican a lanzarse todo tipo de proyectiles, unos a otros, misiles y, sobre todo, drones.
Drones que son más baratos y efectivos, porque de lo que se trata es de crear un clima psicológico de vulnerabilidad.
De manera que la guerra del siglo XXI se estabiliza en un intercambio de agresiones aéreas por encima de las líneas de trincheras estables de cada uno de los contendientes.
Se ha visto en Ucrania y en Irán. En las últimas semanas, es menos peligroso estar en el frente que bajo el bombardeo de los drones en ciudades lejanas.
Además, el uso de los ataques aéreos no convencionales no derrumba los cimientos de ningún régimen político. En Irán el régimen ayatolá aprovecha la agresión para reprimir a sus ciudadanos en defensa de la “soberanía nacional”.
Así que, si se ocupa parte del terreno, tarde o temprano se colapsa la guerra. Se estabilizan los frentes. Si no se ocupa, si no hay guerra terrestre, igual.
Pero una guerra, como siempre, requiere financiación.
Los imperios antiguos la obtenían de los territorios conquistados. Una vez ocupado el terreno se establecían impuestos y se explotaban sus recursos para pagar al ejército invasor y su metrópoli.
Pero en estas guerras del siglo XXI, se tienen que financiar directamente por las metrópolis.
Tarde o temprano esas metrópolis se descapitalizan y sus opiniones públicas se cansan. Eso lo sabe China que espera con sabiduría oriental “ver como pasa por delante de su casa el cadáver de su enemigo” para que Taiwan caiga en sus manos como fruta madura.
Así que Trump, Putin y Netanyahu acaban visitando a Xi Jinping y pidiendo ayuda. Porque sólo el Estado Vaticano es tan antiguo y paciente como la milenaria China; antes imperial y ahora comunista.
** J. R. Pin Arboledas es profesor del IESE.