La reciente escalada de la inflación en Estados Unidos, que alcanzó el 3,8% interanual en abril de 2026 —la tasa más alta desde mayo de 2023—, ha sido recibida con la habitual letanía de justificaciones coyunturales por parte del mainstream económico y las autoridades políticas. Se atribuye el fenómeno, casi en exclusiva, al choque petrolero derivado del conflicto con Irán, señalando que los precios de la energía subieron un 17,9% interanual. Esta explicación es incompleta y, en última instancia, engañosa.
El conflicto geopolítico es sólo un catalizador de precios relativos; es el "fósforo" que enciende una hoguera cuyo combustible ya estaba acumulado. La causa del alza de la inflación en USA no reside en los pozos de petróleo, sino en la Reserva Federal.
Como sentenció Milton Friedman, "la inflación es siempre y en todas partes un fenómeno monetario": un aumento persistente de la cantidad de dinero en circulación por encima del crecimiento de la producción real de bienes y servicios. Sin un exceso de liquidez previo, el shock energético habría provocado un ajuste en otros consumos, pero no una subida generalizada del IPC.
La Reserva Federal, como otros bancos centrales, ha cometido un grave error: abandonar el seguimiento de los agregados monetarios y otros indicadores de liquidez. Ha sucumbido a una suerte de "neokeynesianismo de modelos" que prioriza el deflactor del consumo privado (PCE), las encuestas de empleo, complejos algoritmos de predicción y otras variables, despreciando la relación entre la masa monetaria y la inflación.
Esta arrogante complacencia ha privado al instituto emisor estadounidense de una brújula esencial y ha permitido que el exceso de liquidez se acumule en las cañerías del sistema económico.
El Estado gasta lo que no tiene, los bancos financian ese gasto y la Fed valida la operación manteniendo la liquidez necesaria
Los datos respaldan este diagnóstico. En diciembre de 2025, los depósitos en los bancos comerciales estadounidenses ascendían a unos 18.555,4 millardos de dólares; para marzo de 2026, esa cifra se situó en los 18.945,5 millardos. Ello supone una tasa de crecimiento anualizada cercana al 8,7%.
Dado que estos depósitos constituyen el componente dominante de la oferta monetaria amplia (M2), el mensaje para cualquier observador objetivo es inequívoco: el mantenimiento del ritmo actual de expansión monetaria es incompatible con el objetivo oficial de inflación del 2% (referencia: Institute of International Monetary Research, Monthly Updates, April 2026).
La M2 en su conjunto ha mostrado un rebote significativo, pasando de niveles cercanos a los 22,353 billones de dólares en diciembre de 2025 a los 22,686 billones en marzo de 2026, con tasas interanuales situadas entre el 4,5% y el 5,5%. Aunque estas cifras no alcanzan los delirantes excesos de la era post-COVID, superan el ritmo de crecimiento del PIB real, que apenas roza el 2%. Esta brecha es la que alimenta la inflación subyacente.
Ese crecimiento monetario se combina con un déficit fiscal crónicamente elevado que el Tesoro financia, en gran medida, mediante deuda absorbida por el sistema bancario y los fondos del mercado monetario. Estos fondos, otro pilar fundamental de la M2, experimentaron un estancamiento relativo en lo que va de 2026 tras registrar crecimientos explosivos en 2025, con tasas anualizadas que oscilaron entre el 15% y el 25%.
Este canal se ha convertido en el vehículo principal para la monetización encubierta del déficit: el Estado gasta lo que no tiene, los bancos financian ese gasto y la Fed valida la operación manteniendo la liquidez necesaria. El resultado es una distorsión macroeconómica donde un mercado de valores boyante y precios de activos inflados conviven con presiones inflacionistas latentes que terminarán estallando ante cualquier contratiempo de la oferta.
La inflación representa un fracaso moral de la política pública
El abandono de los agregados monetarios suele justificarse por la supuesta inestabilidad de la velocidad de circulación del dinero. Se argumenta que, como la relación entre la M2 y el PIB nominal es volátil, el dinero ya no "importa". Este argumento ignora que dicha inestabilidad es con frecuencia endógena a la propia política discrecional del banco central.
Cuando se inyecta abundante liquidez de forma artificial, la velocidad tiende a caer de modo temporal porque el dinero se queda "aparcado" en activos financieros o saldos de precaución, pero se recupera con una fuerza inusitada en cuanto las expectativas inflacionistas se desanclan. En ese punto, el dinero empieza a "quemar" en las manos de los consumidores, acelerando la transmisión de la masa monetaria al IPC.
Y es preciso recordar siempre algo básico. La inflación representa un fracaso moral de la política pública. Es un impuesto regresivo, el verdadero “impuesto de los pobres”. Los hogares de rentas bajas y medias destinan una proporción mucho mayor de su presupuesto a bienes esenciales —alimentos, energía, vivienda— cuyos precios suelen ser los primeros en dispararse y los más difíciles de sustituir.
Mientras las clases más acomodadas disponen de mecanismos para proteger su patrimonio —invirtiendo en activos reales, acciones, oro o instrumentos financieros indexados—, los trabajadores ven cómo sus salarios ajustan siempre con un rezago doloroso. Se produce el denominado Efecto Cantillon: los primeros receptores del dinero recién creado (el Estado y el sector financiero) se benefician de su poder de compra antes de que los precios suban, mientras que los últimos en recibirlo (los asalariados) ya encuentran un mercado encarecido. Es una redistribución masiva e injusta de riqueza desde el sector privado productivo hacia el Estado y desde los ahorradores hacia los deudores privilegiados.
Los indicadores actuales son inquietantes. Anticipan una inflación en USA que puede estar más cerca del 4-5% que del deseado 2% en los próximos trimestres, incluso si la tensión en el Estrecho de Ormuz se relaja y el shock energético se modera.
El exceso de dinero persiste en el sistema, los balances fiscales siguen desequilibrados y, lo más preocupante, las expectativas de inflación de los agentes económicos muestran signos claros de no estar ancladas.