En septiembre de 1960, cinco países, Irán, Irak, Kuwait, Arabia Saudí y Venezuela, firmaron en Bagdad el acta fundacional de la Organización de Países Exportadores de Petróleo, la OPEP.
Su objetivo era recuperar capacidad de decisión sobre su principal recurso frente al poder de las grandes petroleras occidentales. Lo que nació como un instrumento de soberanía económica se convirtió, trece años después, en un arma geopolítica.
Cuando Egipto y Siria atacaron a Israel desencadenando la guerra del Yom Kippur y Estados Unidos respondió con un puente aéreo de armas al ejército israelí, los países árabes de la OPEP decretaron un embargo sobre el petróleo dirigido a Washington y sus aliados. El precio del barril se cuadruplicó en semanas.
En la memoria colectiva de quienes vivieron aquellos momentos está el cierre de las gasolineras alemanas los domingos y las fotos de los ciudadanos holandeses circulando en bicicleta para ahorrar gasolina. Era la primera vez en la historia que el petróleo actuaba como arma geopolítica a escala global, y las consecuencias económicas fueron traumáticas y difíciles de remontar.
En esos momentos había un mapa geopolítico muy claro. La línea divisoria coincidía con la de la Guerra Fría. Por un lado, estaba el bloque occidental, con EEUU, Europa, y Japón; y por el otro, estaba el bloque soviético, que respaldaba militarmente a Egipto y Siria. Ese mapa ya no existe y su desaparición es tan importante para entender la crisis actual como el propio cierre del estrecho de Ormuz.
Abu Dabi lleva años considerando demasiado bajas sus cuotas de producción dentro de la OPEP
Cuando el pasado 28 de febrero, Estados Unidos e Israel atacaron Irán con el objetivo declarado de destruir su programa nuclear, la Guardia Revolucionaria iraní, en represalia, cerró de facto el estrecho de Ormuz, el paso de 34 kilómetros de ancho por el que circulan habitualmente unos 20 millones de barriles diarios, aproximadamente el 20% del comercio marítimo mundial de petróleo. Los precios del crudo se dispararon, los flujos comerciales del Golfo se redujeron al mínimo y los países productores de la región vieron comprometida su capacidad exportadora.
La diferencia con 1973 no está solo en la magnitud del shock, sino en las reacciones. Estados Unidos ya no tiene aliados tan claros. El canciller alemán y el ministro francés de Exteriores, entre otros, han cuestionado el ataque a Irán, apelando al derecho internacional.
Pero la fractura viene de antes, de los aranceles de Trump, de la exigencia del 5% del PIB en defensa, de la percepción europea de que Washington decide guerras en Oriente Medio sin consultar a sus socios, pero luego les pasa la factura energética. La sombra de una inflación desatada sobrevuela nuestras cabezas.
Sin embargo, el nuevo tablero geopolítico también abre una grieta de alivio. Porque esta semana, Emiratos Árabes Unidos ha anunciado que dejará la OPEP y la alianza ampliada OPEP+ a partir del 1 de mayo de 2026, poniendo fin a 59 años de membresía. Si la salida de Emiratos marca el principio del fin del control del cártel sobre la oferta mundial, más producción fuera de sus cuotas significa más competencia, y más competencia significa, a medio plazo, menos poder para fijar precios al alza.
La razón expuesta por el ministro emiratí de Energía es que se tomó la decisión tras analizar las políticas a futuro relacionadas con el nivel de producción. Abu Dabi lleva años considerando demasiado bajas sus cuotas de producción dentro de la OPEP. El país producía antes de la guerra unos 3,4 millones de barriles diarios y es el sexto país en reservas petrolíferas.
Emiratos, Qatar y una Arabia Saudí en plena transformación representan el polo del capitalismo árabe modernizador que prefiere ser nodo del capitalismo global antes que líderes de una causa tercermundista
Pero, además, durante la guerra con Irán, Emiratos fue el país más atacado por Teherán, sufriendo impactos en infraestructuras civiles, y Abu Dabi ha reprochado a sus socios del Golfo no haber hecho lo suficiente para frenar a Irán.
Finalmente, está la reorientación geopolítica a largo plazo. Emiratos ha firmado los Acuerdos de Abraham, ha normalizado relaciones con Israel y ha comprometido inversiones en energía en territorio estadounidense de hasta 440.000 millones de dólares. Para Abu Dabi, la OPEP ha dejado de ser una identidad y ha pasado a ser un corsé. A largo plazo, el precedente podría persuadir a otros países a seguir su camino.
Y esto apunta a algo muy interesante, porque las diferencias respecto a 1973 no se circunscriben al lado occidental. La identidad de la OPEP se ha fragmentado en direcciones que ya no son compatibles entre sí.
Emiratos, Qatar y una Arabia Saudí en plena transformación representan el polo del capitalismo árabe modernizador que prefiere ser nodo del capitalismo global antes que líderes de una causa tercermundista. En el polo opuesto está Irán, miembro de la misma organización cuya acción militar está destruyendo la capacidad de exportación de los otros miembros.
La OPEP sobrevivió cincuenta años porque sus miembros compartían un interés económico, aunque no compartieran una visión política. El cierre de Ormuz ha demostrado que cuando ese interés económico también diverge, ni siquiera el mínimo común denominador aguanta.
El papel de China como principal comprador de crudo del Golfo en este nuevo equilibrio de poder merece un análisis propio, pero lo que ya es visible es que la organización que en 1973 dictaba los precios al mundo, hoy no puede ni garantizar la coherencia entre sus propios miembros.
La crisis de Ormuz nos está enseñando que un cártel funciona mientras todos sus miembros temen más el caos fuera que el acuerdo dentro. Emiratos acaba de demostrar que ese cálculo ha cambiado. Los demás miembros lo saben.